El panista que divisó la tierra prometida
Por Héctor Larios Córdova.
Nuestro primer candidato a la Presidencia de la República (1952), Efraín González Luna, meses después de terminar su campaña, escribió como fruto de sus reflexiones: “algún día se entenderá que fuimos construyendo la democracia piedra por piedra, ladrillo por ladrillo, que cada una de esas elecciones de las que salimos oficialmente con las manos vacías, fueron las premisas del gran silogismo de la regeneración de México”.
No sólo las participaciones electorales fueron construyendo piedra por piedra la democracia en México, sino que también creció con aportaciones específicas de personajes que han tenido gran peso en nuestra historia, como fue don Gabriel Jiménez Remus. Seguramente, pronto tendremos los panistas una biografía de don Gabriel, que falleció el pasado 30 de diciembre.
Nació pocos meses después de que se fundó Acción Nacional. Con 10 años más que Efraín González Morfín, sostuvieron una amistad sincera y entrañable que inspiró, junto con el ejemplo de don Efraín, la participación de don Gabriel en Acción Nacional.
Más allá de los datos biográficos y a la espera de los escritos que seguramente realizarán investigadores y quienes más lo conocieron y trataron, quiero resaltar tres grandes piedras angulares que, a mi juicio, don Gabriel aportó a México en el servicio público.
Coordinador dedicado
En primer lugar, don Gabriel creó un estilo como coordinador del grupo parlamentario del PAN. A él le tocó coordinar el último año de los diputados federales de la LV Legislatura (1991-1994), cargo que asumió al presentar su licencia al cargo Diego Fernández de Cevallos, quien buscaba ser candidato a la Presidencia de la República. Posteriormente, le correspondió la coordinación por seis años del grupo parlamentario del PAN en el Senado de las LVI y LVII Legislaturas (1994–2000).
Dedicó su nueva encomienda a un sinfín de labores. Estableció las formas y reglas, rompió paradigmas y diseñó estilos para la dirección de un Grupo Parlamentario. Varias perduran y otras lamentablemente se han perdido. Fue escrupuloso hasta en los detalles, en las formas adecuadas de comportamiento de los empleados y colaboradores del grupo, en la creación de la Fundación Humanismo Político, en el manejo de los recursos públicos, en la disposición de la sala de reuniones en la Torre del Caballito y en Xicoténcatl.
Legislativamente, se abocó a trabajar en términos del artículo 74 de la CPEUM para atribuirle al Senado la facultad de llamar a comparecer al Secretario de Relaciones Exteriores, sin tener que esperar a que el Presidente de la República fuera quien informara una vez por año. Don Gabriel era consciente de la importancia que adquiría el PAN con su presencia en ambas Cámaras, por lo que la comunicación entre los coordinadores de ambas bancadas requirió de sus esfuerzos para unificar criterios en algunas iniciativas y votaciones, dejando precedente de la importancia de votar en libertad. Hablaba de generar “una gran conciliación de criterios distintos”.
Pasión por las Relaciones Exteriores
El Senado despertó su gusto y pasión por las relaciones exteriores. La sala de juntas de los senadores parecía un organismo internacional, lleno de banderas de todos los países con los que el Grupo Parlamentario del PAN establecía contacto, con sus parlamentos o con sus embajadores.
Sus acciones en el exterior le brindaron la oportunidad de tratar a Fidel Castro, ex presidente de Cuba, quien lo impresionó de forma sobresaliente. Fue un auténtico humanista. La relación política que construyó con Fidel devino en una relación de amistad que posibilitó y a la vez facilitó que todo el Grupo Parlamentario viajara a La Habana a sostener una reunión con él.
El ex presidente Vicente Fox lo nombró embajador de México en España. Fue el primer embajador que ratificó el Senado y estuvo en el cargo toda la administración. Disfrutó como nadie del cargo, cumplió a cabalidad sus obligaciones, estrechó relación con José María Aznar y conoció a Manuel Fraga Iribarne, político de primer plano desde los cincuentas hasta 2011.
Tiempo después, el Presidente Felipe Calderón lo nombró embajador en Cuba. Con este encargo sumó 12 años como diplomático, mucho habrá que escudriñar entre quienes lo acompañaron en estas embajadas para sacar las muchas lecciones que sin duda nos dejó y las aportaciones que hizo a nuestra nación.
El año pasado hicimos varios intentos para reunirnos con él y entrevistarlo para esta sección de La Nación, pero ya no fue posible por su enfermedad. Don Gabriel dejó una huella clara y profunda. El tiempo y los esfuerzos de su familia y amigos nos harán llegar los escritos que permitan que su ejemplo se mantenga entre todos los miembros de Acción Nacional.
Don Gabriel, consciente de que la democracia se construye piedra por piedra y que el edificio ya iba avanzado, en una entrevista publicada en el libro Actores y Testigos, finales de los noventa, le comentó a Juan José Rodríguez Prats:
“Desde que entré al PAN siempre divisé la tierra prometida. La veía lejos. En 1982, 1985, la veía lejos, pero ahora la veo más cerca. Muy probablemente yo no llegue a esa tierra prometida intensa, generosa, pero la veo muy cerca. Yo sí creo y espero confiado y con muchas esperanzas que ya mis hijas o cuando menos mis nietos si van a estar plenamente instalados en ella”.
Descanse en paz.
Twitter: @LariosHector, @ExperienciaMex