El mapa literario de Latinoamérica: Carmen Balcells
Por Carlos Castillo.
Representar los intereses económicos y editoriales de un autor podría ser la parte obscena de una profesión –oficio, también– poco proclive a entender de ese “aterrizaje forzoso” que significan contratos, cesiones de derechos, cobro de regalías, entre otras labores no sólo importantes por lo que implican para la sobrevivencia del creador, sino además determinantes para construir lo que a la postre se conoce como ESCRITOR, así, con mayúsculas, y definido como aquél que se dedica a y vive de escribir.
Como agente literaria, Carmen Balcells fue todo eso y, a decir de sus representados, también ejerció de tutora, de amiga, de cómplice, de fiadora, de prestamista, de acreedora… Todo lo que hiciera falta para que esas preocupaciones cotidianas que empañan y vulneran el espacio creativo interfiriesen lo menos posible en la labor de imaginar, de escribir, de publicar. Su empeño, y quizá a la postre esto es lo más importante, fue determinante también para presentar la literatura latinoamericana al mundo, en los años sesenta, como aquel fenómeno llamado boom y que hasta nuestros días sigue siendo la máxima cima de las letras del Continente.
Porque Balcells sabía que en la lista de sus autores tenía un diamante en bruto que había que procurar, consentir y atender, en el sentido de que sólo debían dedicarse a lo suyo, a lo que hacían con enorme talento pero que requería un impulso inicial. Así, Vargas Llosa, García Márquez, Camilo José Cela o Pablo Neruda alcanzaron el Premio Nobel de Literatura sin duda por su propia obra, pero si en un principio pudieron dedicarse exclusivamente a la escritura fue precisamente gracias a esta agente literaria fallecida el pasado 20 de septiembre, y que desde 1965 confió y promovió a quienes en ese momento eran auténticos desconocidos.
En ese sacar a la luz la riqueza creativa de Latinoamérica logró también cambiar para siempre el modo en que las editoriales lucraban con sus escritores; su talento negociador y su visión de futuro llevó a finalizar la época de los contratos de por vida y con 50 por ciento de las ganancias para el sello, dividiendo aspectos como las traducciones, las adaptaciones teatrales o cinematográficas, las regalías. Esto hizo que el autor ganara dignidad y mejorara sus ingresos, dándole el lugar primordial que debe tener en una cadena productiva donde es el principal eslabón –por ser justamente el que origina todo el resto– y, además, propició que las casas editoriales se esmeraran en la promoción, difusión y venta de las obras, que ya costaban más caro, que implicaban mayores compromisos, que también exigían nuevas formas de publicidad y presencia en el mapa global de la Literatura.
Esa doble función –de cotizar al alza al autor y de empujar con ello mayor responsabilidad de las editoriales– la hizo artífice crucial, precisamente, del boom latinoamericano, que dio a conocer al mundo, además de los ya referidos, a Carlos Fuentes, a Julio Cortázar, a Juan Carlos Onetti, a Juan Goytisolo, entre otros dignos integrantes de la pléyade literaria universal. Además de las dos funciones, el autor latinoamericano, enfrentado ya a un mercado mundial, dejó de distinguirse por provinciano, por prejuicioso o estático, para volverse versátil, móvil, ambicioso, con una visión mucho más extendida tanto de su obra como de los alcances e importancia que podía adquirir.
No es exagerado afirmar que la labor de Balcells construyó el mapa literario moderno de Latinoamérica: su archivo, parte del cual posee el Ministerio de Cultura Español, cuenta con “liquidaciones de derechos, borradores de obras literarias, originales traducidos y correspondencia con dos centenares de escritores”; el que aún se conserva en su agencia, además, guarda “información sobre unos 200 autores y decenas de editoriales” (El País, 22 de septiembre de 2015). De este modo, con base en ese legado podría si no reescribirse, sí por lo menos añadirse un apéndice crucial a la historia literaria en español, y la trascendencia que puede tener en esos afanes una personalidad generosa, capaz de negociar, de valorar, de impulsar el talento y, sobre todo, dispuesta a confiar.
Su muerte deja un vacío que ya no se llenará nunca, pero también la oportunidad de sacar del olvido a quienes sin el poder de la creatividad, son capaces de encauzar ese talento para extraer de un texto de calidad todo el potencial que éste puede alcanzar. En ello hay también un don, un cariño por el oficio, una dedicación que merece reconocimiento.
Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.