El Libro de la Vida
Por Mabel Salinas.
Bastante lejos de la animación convencional encontramos El Libro de la Vida (“The Book of Life”), que aunque es una apuesta de 20th Century Fox para la temporada de octubre y noviembre —entiéndase Halloween y el Día de Muertos—, lo cierto es que tiene mucho de mexicano. En primer lugar, es dirigida por el paisano Jorge R. Gutiérrez; en segundo, la produce el tapatío Guillermo del Toro, realizador de Cronos, Hellboy y más recientemente Titanes del Pacífico (“Pacific Rim”).
En tercero… la extravagante manera en que México lidia con la muerte es el leitmotiv del guión escrito por el realizador Gutiérrez al alimón con Douglas Langdale. Hilvana fantasía, folclor y tradición en la construcción del antiguo pueblo de San Ángel, el Mundo de los Olvidados y el colorido y brillante Mundo de los Recordados. En este último yacen las almas de los fallecidos siempre y cuando su recuerdo permanezca en la memoria de los vivos.
Pero para conocer estos sitios antes hay que descubrir la historia de María (Sandra Echeverría), Manolo (Diego Luna) y Joaquín, amigos desde la infancia. Los dos niños siempre han estado inmersos en una sana competencia por la atención de la alocada niña, que tras una magna travesura es enviada a España para convertirse en una señorita.
A su regreso todos son adultos. Joaquín ahora es el héroe de San Ángel y Manolo está a punto de convertirse en el mejor torero que la familia Sánchez ha visto. Sin embargo, su verdadera pasión es la música. Cuando Manolo muere y se altera el plan para el que estaba destinado, su alma llega al Mundo de los Recordados y este es sólo el principio de la aventura, pues anhela volver al lado de María.
Junto a estos personajes también aparecen una hermosa y artesanalmente diseñada Catrina (con voz de Kate del Castillo), Xibalba —una especie de Hades para los mayas, término también aplicado a un mundo subterráneo donde reinan la enfermedad y la muerte— y el Hombre de Cera. A través de ellos conocemos los submundos en donde la atípica animación luce, ya sea sombría dentro de su mismo tono o aprovecha la saturación de colores para recrear un sitio con “fiestas épicas todos los días”.
Con base en todos estos elementos, la película sigue el formato de la historia dentro de la historia. Las peripecias del trío las narra una guía de museo que adentra a un grupo de revoltosos niños estadunidenses en la cultura del país vecino del sur.
Los personajes no son convencionales. Su look es artesanal, como si estuvieran tallados en madera. Claro que cada uno posee un diseño propio acorde con su personalidad y mientras los hombres presumen cuerpos cuadrados, las mujeres lucen más estilizadas. Asimismo, sorprende con una ostentosa cantidad de extras y edificios que visten escenarios originales y novedosos, siempre con sabor mexicano.
Es así que la cultura nacional se expone en diversos detalles, desde la incorporación de toros, guitarras, churros, pan de muerto… hasta la figura de un bigotón país que salta del mapa y es considerado el centro del universo. Esta idea permea en la ambientación de la cinta, en su humor y hasta la musicalización a cargo de Gustavo Santaolalla, colaborador recurrente del mexicano Alejandro González Iñárritu.
El ensamble musical es extravagante y arriesgado, pues el argentino tomó canciones estadunidenses como “Creep”, de Radiohead; “I Will Wait”, de Mumford & Sons o éxitos nacionales como “Más”, de Kinky —empleada en momentos de acción— pero las matizó con arreglos que les dan un “toque azteca”. En algunas escenas esta osadía funciona mejor que en otras, de cualquier modo la música se vuelve en sí misma catalizador de comedia, la cual también radica en los diálogos chuscos y la ocasional irreverencia dentro de la trama.
De hecho, es en el renglón historia donde la película recurre a ciertos clichés. Mientras que en el terreno visual observamos una cosmogonía individual y distinta, que se sostiene por sí misma, el argumento se rige por las fórmulas del triángulo amoroso y la pareja condenada a bifurcarse por las circunstancias. Aun así, insertar todo ello en un contexto regional tan mexicano ratifica la personalidad propia del proyecto del que también se desprenden algunos problemas de doblaje, que por su carácter exagerado llega a sonar pueril.
El Libro de la Vida es un homenaje, una “carta de amor” de Gutiérrez y Del Toro a su país, a sus tradiciones y a sus muertos que resulta en una cinta familiar, entretenida y apropiada para chicos y grandes.