El daño económico está en el sentir de los mexicanos
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Por Sergio Rodriguez
Por Beatriz Zavala Peniche.
Desde la perspectiva económica, el año 2015 no ofrece buenos augurios. Organismos internacionales y el Banco de México han anunciado que el Producto Interno Bruto no superaría, en el mejor de los casos, el 3.5 por ciento y de las reformas estructurales, particularmente la hacendaria, ha significado el deterioro del aparato productivo.
El año 2014 fue dramático en muchísimos aspectos. En lo económico sólo concluyó con un dólar cercano a los 15 pesos por unidad; en la acelerada pérdida de reservas del banco central y en la desaceleración económica, al grado de guardar la sensación de que estábamos viviendo una recesión, entre otros asuntos. A lo anterior, hay que sumarle los aumentos a los compromisos gubernamentales con la banca, mediante mayores préstamos, para sostener el presupuesto federal, los cuales nos hicieron pensar que estábamos viviendo de nuevo la década de los noventa.
El mayor impacto de la política económica se da, sin lugar a dudas, en la gente. La concentración del daño económico está en la población que mayores necesidades tiene, en esas personas que siendo trabajadores formales cobran un salario mínimo que no les alcanza ni para cubrir el costo de la canasta básica. Este es un problema que se acrecentará, ya que el aumento a los minisalarios no fue suficiente y porque las alzas de precios continúan.
Hasta ahora no le ha sido posible a los encargados de la economía nacional establecer un argumento verosímil, que pueda exponerle a la gente por qué las cosas están en tan mala situación y por qué razón la mejora en la economía norteamericana no está impactando con suficiencia a la mexicana.
Me referiré al impacto social de estas situaciones económicas. La gente viene resintiendo la pérdida de su poder adquisitivo y que no aparecen medidas que realmente puedan equilibrar las condiciones cada vez más complicadas.
Para el sistema que hoy gobierna, obtener premios por una serie de reformas es mucho más atractivo que palpar el sentir social. Viven en una burbuja que parece aislarlos del acontecer de la gran mayoría de los mexicanos, particularmente de los más de 50 millones que se encuentran en situación de pobreza y de pobreza extrema.
Consideran que su respuesta social a la política económica es el reparto de objetos, en hacer que a todos les toque algo con el sello del gobierno. Es así como la cultura del cobertor, de la lámina de cartón, de la despensa, del bote de pintura, de la chamarra, de la mochila para la escuela y hasta de zapatos o cualquier otro objeto entregado a manera de “regalo del gobierno”, viene a sustentar la apuesta de que la gente pueda sentirse “compensada” por los grandes golpes económicos y que la queja acabe balanceada con el obsequio.
Esto no sólo es grave por su uso conceptual, sino por el impacto que tiene en la manera de cómo ven la vida las actuales y siguientes generaciones.
“Que a mí me toque algo”, que llegue a un domicilio es mucho más importante a que la comunidad pueda ser transformada. Tiene mucho más impacto el regalo individual que alguna obra o proyecto de carácter colectivo; esa cultura no sólo es equivocada sino perversa, porque tiende a mantener a las personas en la misma situación de pobreza, que sirve de justificación para seguir destinando recursos públicos no para ayudar a la gente a salir de su condición, sino para que permanezca en ella.
Por muy trascedente que pueda aparentar ser una decisión de política social, la realidad nos ofrece otra visión. Tenemos el caso del cambio de las señales de televisión que abandonan el espacio analógico para entrar al digital. La iniciativa era en el sentido de apostarle a que la gente pudiera acceder a la digitalización en toda la extensión de la palabra, lo cual significaba la inclusión al internet.
Es así como nació el plan de entregar televisores digitales a las personas más pobres, a los beneficiarios de Prospera. No se cuestionó la medida en su justa dimensión. Tampoco hubo quien se preguntase si la gente realmente necesitaba o estaba en condiciones de usar los aparatos. El resultado de este impacto fue la adquisición de televisores que no acceden a internet y que se entregan a personas cuyas condiciones de pobreza les hacen pensar que es mejor vender o empeñar su tele digital que utilizarla. Pero la sensación de recibir el regalo, que parece ser el fin de esta estrategia, queda como remanente de la acción y esto es lo que parece ser lo que a final de cuentas se busca: “te tocó” y te lo dio el gobierno.
Entonces esta forma de gastar el dinero público es fiel reflejo de cómo se plantean las situaciones económicas. No cumplen el objetivo original que en el caso expuesto era inclusión digital con internet, ni pretenden solucionar las cosas, como en el caso de la incorporación fiscal.
¿Alguien se ha planteado qué ocurrirá al tercer o cuarto año de tributación, cuando el subsidio al ISR no sea suficiente y el pago a los nuevos impuestos estatales, en algunos sitios llamados “cedular”, se mantenga?
En general, la política es clientelar y no tiende a mejorar las condiciones, ni económicas, ni sociales. El objetivo parece ser exclusivamente sostenerse en el poder, curiosamente con el respaldo de los más pobres, a quienes va dirigida la cultura de la dádiva.
