Cultura

El azar de la huida: Richard Ford  

MA
Por Maricarmen Rizo · 4 min de lectura
Por Carlos Castillo. El arraigo a una determinada zona, a un poblado, a un origen, constituye no sólo la posibilidad de desarrollar un sentido de pertenencia sino, además, la certeza de que existe un lugar en el mundo donde lo familiar, lo que se comparte con otros, lo que se percibe como propio desde el nacimiento, se encuentra a resguardo y siempre abierto para el regreso: una comunidad de afinidades, de lazos y de pasado que se entrelazan para dar forma al propio porvenir. En sentido contrario, la trashumancia que se impone a una familia por circunstancias ajenas a la decisión de los padres genera, entre los hijos, un sentido de abandono, de no poseer un lugar propio o del cual se es parte, falta de raíces que si bien pueden compensarse en un núcleo familiar, dependen exclusivamente de éste para desarrollar personalidad, para generar afinidades estables y, en fin de cuentas, para encontrar un espacio que pueda asumirse como certeza de pertenecer a un grupo humano. Ambas situaciones se asumen por persona de distinta manera, y sus consecuencias para una familia norteamericana, de mediados del siglo XX, son exploradas por el novelista Richard Ford, en su obra Canadá (Anagrama 2013): un recorrido de amarras que se sueltan y con ello atomizan a sus protagonistas, los proyectan hacia el vacío de las grandes llanuras del norte de Estados Unidos y los separan en paisajes tan imponentes que el propio ser se encuentra, en medio de tanto, sumido en su pequeñez, en una insignificancia como la que en el siglo XVIII reflejara la pintura romántica de Caspar David Friedrich. El personaje principal de la historia, tras la decisión de sus padres de asaltar un banco, su consecuente arresto y la tutoría de una amiga familiar que decide llevarlo a vivir a Canadá, es el conducto por el cual se exploran el miedo a lo desconocido, la falta de certezas frente a rostros que se renuevan en cuestión de días y no ofrecen otra alternativa sino la resignación, la aceptación y la forzada decisión de adaptar los días a rutinas nuevas en medio de un mundo que cambia con la prisa que marcan los últimos días del otoño y el paso a un paisaje gélido, desolado y cada vez más vacío. La destreza narrativa de Ford da forma a un espejo en el que los sentimientos humanos se reflejan de manera viva en la naturaleza que rodea a un pequeño de 11 años; la trama, por su parte, detalla por principio a dónde llegará la historia y es asimismo esa capacidad del autor la que va llenando el camino de esa certeza final con un suspenso que no abandona en ningún momento al lector, convencido y con la mente puesta en la conclusión sabida de antemano, pero ávido de descubrir lo que ocurre hasta llegar ahí. La suma de ambas cualidades –la descriptiva y la psicológica– hacen de Canadá una novela de alta literatura donde las constantes huidas, casi siempre consecuencia de lo furtivo, del azar y de razones que sus personajes son incapaces de controlar, acompañan el avance de una historia apasionante, obscura, con breves destellos donde se asoma, sin jamás concretarse, la posibilidad de una aurora. La personalidad que se va formando en esa ruta de altibajos e inestabilidad es la que sin dejarse vencer, resiste, aprende de manera pronta a adaptarse a lo nuevo y encuentra sostén en frases aisladas de una madre encarcelada, que pululan en la memoria e invaden los sueños; en ejemplos de un padre del que si bien poco puede seguirse, determina una imagen que se va librando de defectos para extraer lo que sirva, el recurso que ayude a solucionar los retos; en nostalgia de una hermana perdida que alguna enseñanza fue capaz de legar; en ayudas ocasionales de nombres y rostros pasajeros y fugaces que, no obstante, dejan una impronta asible precisamente por la carencia de modelos o sostén. No hay finales felices pero sí remansos donde la calma es capaz de detener la fuga y construir arraigos. Ninguno de éstos impuesto, todos accidentales y que tienen su origen en el hallazgo casual de la literatura: ahí se refleja lo propio, se descubren similitudes y simetrías, se esbozan soluciones y se puede, en palabras de Vargas Llosa, vivir las vidas ajenas porque al ser humano no le basta con la propia. Para Del, personaje de Canadá, ese puerto de llegada se convierte también en el último engarce con un pasado difuso, borrascoso y nublado; instante donde el amor, la compañía, las soledades compartidas y la estabilidad se entienden como la nueva vida: una capaz de abstraerse, en la medida en la que esto es posible, de los vaivenes tempestuosos de la casualidad.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.