Cultura

El alma del Partido

MA
Por Maricarmen Rizo
Por Javier Brown César. La doctrina es el alma del Partido. Si pensamos en Acción Nacional como un gran cuerpo vivo y organizado, los estatutos son el sistema óseo, los programas y plataformas son los músculos, la militancia es la sangre y el corazón, la inteligencia son los Consejos y las extremidades los Comités. Para Aristóteles el alma era el principio de la unidad y del movimiento del cuerpo organizado, y la corrupción significaba pérdida de identidad: se deja de ser lo que se es para pasar a ser algo diferente, por ello, las deficiencias en el ámbito doctrinal se reflejan en un actuar contrario al bien común. Si por alguna razón se desconoce o se niega la doctrina, el alma del Partido se corrompe.   La noción y la comunicación de la doctrina El término doctrina proviene del latín doceo que significa mostrar, enseñar, instruir o dar lecciones. De ahí la definición clásica de doctrina dada por Carlos Castillo Peraza como: “un pensamiento organizado para ser enseñado”. La diferencia principal entre doctrina e ideología es que esta última representa una serie de respuestas programáticas que atienden a una coyuntura determinada, mientras que la doctrina se basa en postulados que no cambian. Nuestros principios de doctrina son ideas principales y originarias para ser enseñadas, para hacerse llegar a muchos más y para desarrollarse. Son punto de encuentro y lugar de reunión. En otra formulación podríamos decir que los principios son el conjunto de afirmaciones fundamentales, para determinado grupo humano, que pretende ser lo más amplio posible, ya no se discuten. Un Partido con doctrina es una organización política con alma, un grupo de personas que atendiendo a un llamado comparten convicciones comunes y trabajan de forma decidida y perseverante para construir bien común. La doctrina se comunica a través de la acción: es vivencial y testimonial. Su realización concreta es la gestión del bien común desde el poder, la promoción de una sociedad solidaria y subsidiaria, y la defensa determinante de la vida de cada persona y de la vigencia plena de los derechos humanos. El panismo no se expresa en una serie de argumentos convincentes, es ante todo, una actitud que se plasma en acciones y obras, en la constante y perpetua voluntad de generar bien común desde el gobierno y desde la oposición, en la inflexible defensa de convicciones fundamentales que dan luz sobre los grandes problemas de nuestro tiempo. El bien común no es una idea abstracta, es una realidad concreta que se expresa en mejores condiciones de vida, en buenos gobiernos que basan su actuar en el recto ejercicio de la autoridad al servicio de la ciudadanía. Un buen gobierno desarrolla sistemas integrales e integrados, elabora procesos claros y fáciles, y recluta personal competente para el servicio asignándole un salario digno y decoroso; sólo con sistemas, procesos y competencia basada en el mérito y la integridad se logra hacer un frente común contra la corrupción desmedida que atenta contra el alma de las instituciones.   Un Partido en movimiento Un PAN con alma es un Partido en movimiento, que no descansa entre elecciones, ya que su función permanente no es la conquista del poder, sino la formación de una ciudadanía activa y deliberante, que abraza las causas de la democracia y que controla con eficacia a sus gobernantes. Un Partido con alma vive y practica una doctrina que se lleva precisamente en el alma, no en la playera, la credencial o la gorra. Un panismo de credencial y sin principios se desanima y desanima, se paraliza y encierra en sí mismo. Un gobernante del Partido que no vive los principios se aleja de la sociedad que gobierna, se oculta detrás de la oficina y el auto blindado, no es capaz de dar la cara y vive con miedo permanente a la comunidad. Los motivos espirituales de los que hablaba Manuel Gómez Morin son los fines superiores a los que apunta nuestra doctrina: el reconocimiento de la eminente dignidad de la persona humana, la gestión del bien común como fin de la actividad política, la promoción de una sociedad solidaria en la que no tengan cabida la discriminación, las desigualdades flagrantes y la exclusión, y la gestión de un orden subsidiario en el que sean respetadas las comunidades en su ámbito de acción, a la vez que se les ayuda a salir de la injusticia, que es una de las múltiples formas del dolor evitable. Un Partido con alma vive en la acción permanente de cada uno de sus comités y subcomités, en la capacitación continua de su militancia, en la renovación periódica de sus cuadros y en la difusión de sus programas, plataformas y propuestas. Es un Partido abierto y cercano a la ciudadanía que ofrece gobernar en la libertad, la democracia y la solidaridad. Cuando hay alma también hay una vigorosa cultura de la legalidad, apego irrestricto a los estatutos y reglamentos, y la disposición permanente para cumplir con las obligaciones partidistas. Las normas se defienden en todos los espacios de discusión, decisión y acción, como si fueran la columna vertebral de las estructuras partidistas. En un Partido con alma los Consejeros actúan con prudencia, mesura y gran capacidad de reflexión, porque se saben herederos de una noble y sabia tradición; nos honran con su conocimiento de la historia y nos enorgullecen con su actuar diario y con su puesta en práctica de los principios de doctrina. Cuando el Partido tiene alma gana elecciones, porque brilla y hace brillar el medio político, transparenta lo que antes era opaco, abre espacios de claridad, identifica ámbitos de dolor y desarmonía social para actuar con decisión, propone un cambio social y un futuro deseable y viable. Tener alma es alimentar constantemente los motivos espirituales y que no falten, ya que son superiores porque sólo se pueden realizar en comunidad y a través de buenos gobiernos. Cuando el Partido tiene alma mueve almas en torno a su proyecto, genera entusiasmo y ánimo, activa la participación ciudadana en las elecciones e incluso cuando no hay elecciones. Tener alma es tener unidad porque se comparten las convicciones comunes que constituyen nuestros principios de doctrina.
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.