Cultura

El Aleph digital. Del libro impreso a la lectura total, de Consuelo Sáizar

JU
Por Julio Castillo López · 5 min de lectura

Hay muchas maneras de quedar fuera de una conversación. Una de las menos visibles consiste en vivir donde los libros llegan dos años después. Cuando finalmente podemos leerlos, otros ya los discutieron, encontraron en ellos palabras para entenderse y pasaron a la siguiente pregunta. La desigualdad también se mide en ese tiempo: en los años que alguien debe esperar para participar de su propia época.

Consuelo Sáizar recuerda que, en octubre de 1981, tener entre las manos La guerra del fin del mundo, recién publicada, significó algo más que conseguir una novela de Vargas Llosa. En Acaponeta, su pueblo sin librerías, aquel libro habría tardado quizá dos años en llegar. En la Ciudad de México podía empezar a leerlo esa misma noche. Lo llama “una forma silenciosa de ciudadanía cultural”. A mi juicio, esa expresión contiene una de las ideas más profundas de El Aleph digital: leer es también adquirir el derecho a estar presente.

Consuelo es mi amiga y la conocí cuando estaba al frente del FCE, primero yo como Secretario Técnico de la Comisión Bicameral de Bibliotecas, pero después trabajamos y presentamos juntos el libro El porvenir posible de mi viejo, y el año pasado, con la generosidad que la caracteriza, presentó mi libro en la FIL de Guadalajara. Hay, por tanto, afecto y gratitud en estas líneas. Pero más allá de lo personal, su libro permite acercarse a la historia que precede a la figura pública: la niña de la imprenta, la joven que descubre las jerarquías del mundo cultural, la mujer que encuentra en la lectura una libertad que su entorno no siempre estaba dispuesto a concederle.

“La lectura no me dijo quién era; me mostró que no había una sola manera de serlo”, escribe. La frase merece detenerse. A menudo hablamos de los libros como instrumentos para adquirir conocimientos y olvidamos que también pueden librarnos de una definición impuesta. En Tepic, la nieta de Martín Sáizar se convierte en la pueblerina; más tarde, la capital le ofrece el anonimato y la posibilidad de vivir sin explicarse a cada paso. Entre una experiencia y otra, los libros ensanchan lo que parecía un destino demasiado estrecho.

El relato encuentra su fuerza en la materialidad de los recuerdos. Consuelo aprende a leer con los tipos móviles de la imprenta, con las letras al revés (quizás esto explica un poco su genialidad). El abuelo persigue erratas y publica palabras que incomodan al gobernador; la cárcel forma parte de esa relación entre la tinta y el poder. Alí Chumacero aparece para revelarle que existe un oficio por el que a uno le pagan por leer. Antes de las grandes instituciones están el plomo, las manos, la vigilancia sobre una vocal equivocada. La cultura tiene aquí peso, temperatura y consecuencias.

También tiene voz de mujer. “Mi abuela fue mi primer libro sonoro”, escribe Sáizar en una de las imágenes más hermosas de estas páginas. La frase reúne el tema tecnológico y la memoria afectiva con una naturalidad que ninguna explicación abstracta alcanzaría. Antes del dispositivo estuvo alguien que leyó para nosotros; antes del archivo, una respiración que dio forma a las palabras. Rosario Castellanos llega a través de esa voz. Emma Godoy, después y la lista se va nutriendo.

Esa presencia femenina adquiere otro sentido cuando Consuelo recuerda la celebración del cincuentenario del Fondo de Cultura Económica y advierte las pocas mujeres que había entre los invitados. El contraste permite reconocer una deuda: las mujeres transmitían lecturas, educaban la sensibilidad y sostenían conversaciones, mientras su lugar en el reconocimiento público seguía siendo reducido. Al recuperar sus nombres y sus gestos, Sáizar les devuelve espacio en la memoria cultural.

En esa historia también cabe el amor. La aparición de Julia de la Fuente, editora y bibliotecaria, pertenece al mismo mundo de libros, encuentros y decisiones que organiza la vida profesional. Me parece valioso que Consuelo pueda narrar su deseo dentro de la historia de su vocación. Durante demasiado tiempo se ha pedido a las mujeres que fragmenten su biografía para resultar aceptables. Aquí el oficio, los afectos y la libertad personal pueden habitar la misma página.

El recorrido por Jus (de Juan Landerreche y Gómez Morin), por el Fondo y por la gestión cultural revela, además, cuánto trabajo hace falta para que un libro llegue a otras manos. Editar exige sensibilidad, pero también distribución, administración y continuidad.

Además de las incuestionables aportaciones de Consuelo en el medio cultural, hay lucidez en reconocer sus límites: “la infraestructura abre caminos, pero no garantiza caminantes”. Una biblioteca puede abrir sus puertas sin que nadie encuentre todavía motivos para cruzarlas. La disponibilidad y el deseo son problemas distintos; una política cultural tiene que ocuparse de ambos.

Desde ahí adquiere profundidad la promesa del Aleph digital. El encuentro con el primer libro digital dos décadas antes del Kindle, la digitalización del archivo del Fondo (como urgencia de rescate frente al deterioro y olvido), la guerra de los libros electrónicos y la realidad final: el libro puede cambiar de cuerpo, pero la lectura es el Aleph.

Lo que más me interesa de este testimonio es la manera en que una vida concreta vuelve comprensibles esas preguntas. La imprenta familiar, la voz de la abuela, el amor, las exclusiones y los proyectos culturales forman parte de una misma educación de la mirada. Consuelo ha dado mucho a la cultura mexicana; aquí permite conocer algo de lo que la cultura le dio a ella y de las razones por las que quiso compartirlo.

Vuelvo a aquella joven con una novela recién comprada en Miguel Ángel de Quevedo. Lo extraordinario de la escena es la conciencia de poder llegar a tiempo. Décadas después, entre bibliotecas físicas y universos digitales, esa sigue siendo una medida exigente para nuestra vida cultural: cuántas personas pueden entrar en la conversación mientras todavía está ocurriendo.