Economía solidaria
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Marco Antonio Adame Castillo.
La reciente firma del Acuerdo Transpacífico (TPP), en el que México participa junto con otros 11 países de la región para crear una extensa zona económica de más de 800 millones de personas y que representa el 40 por ciento del PIB mundial, ha puesto sobre la mesa el debate sobre la cooperación económica y el desarrollo humano en un mundo globalizado que, de manera incesante, busca cada día nuevas formas de integración en medio de grandes contradicciones y de una competencia feroz por los mercados con criterios puramente económicos, hasta conformar regiones enteras de exclusión y dolorosas crisis humanitarias en decenas de países pobres o en vías de desarrollo.
La información difundida sobre el TPP se ha encargado de resaltar las indudables ventajas potenciales que tendrá nuestro país en esta negociación, todas en el orden económico. Se ha omitido mencionar el esmerado trabajo de quienes lo iniciaron en gobiernos anteriores, fue lanzado en 2006, así como los temas pendientes de negociación y que, por cierto, son los más directamente relacionados con una integración más solidaria y más humana, en especial en cuanto al reconocimiento de los derechos humanos y laborales, al fortalecimiento de las pequeñas y medianas empresas, al intercambio de tecnología y al libre flujo de créditos académicos en favor de nuestros jóvenes.
Ante la grave crisis de la economía internacional, notoriamente insuficiente para responder a las demandas más sentidas y escandalosamente marcadas por la hiper concentración de la riqueza, es indispensable recordar que “el aumento de bienes o la mayor facilidad de acceder a servicios”, como afirma Juan Pablo II en Sollicitudo reí sociales, se ha mostrado insuficiente y lleva a una especie de “superdesarrollo” que es inmoral, pues implica el dejar la supremacía al “tener” sobre el “ser” , por lo que un desarrollo basado sólo en aspectos económicos no es suficiente.
Por ello es que se debe recuperar el sentido ético y solidario de la actividad humana, particularmente de la economía, a fin de que dentro y fuera de nuestras fronteras se señalen con claridad las exigencias éticas mínimas, con la máxima determinación, y se acuerden con convicción y compromiso los mecanismos de integración y las políticas públicas que favorezcan el desarrollo integral de las personas y comunidades, en congruencia con la dignidad humana y la legítima aspiración al bien común.
Frente al desencanto de los reiterados intentos de crecimiento y los diversos planes, campañas y acuerdos para el desarrollo, notoriamente insuficientes en la medida en que responden al afán de ganancia exclusiva, por una parte, y por otra a la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad, es conveniente y necesario incorporar, desde una renovada visión antropológica, humanista y solidaria, valores y principios de aplicación universal que garanticen el respeto a las libertades y los derechos humanos. Al mismo tiempo, que velen por un desarrollo equilibrado, justo y equitativo, lo que se contradice con la proliferación de prácticas monopólicas y de corrupción que están agotando las reservas de confianza y credibilidad en las instituciones y en las reglas del juego económico y político.
El TPP puede ser conveniente para el país. Un acuerdo económico de este alcance es una oportunidad para revisar y replantear los criterios fundamentales del crecimiento y el desarrollo. De aprobarse, conforme a nuestras leyes, nos presentará nuevos retos de legislación, de productividad, competencia y de acceso a recursos para la inversión pública y privada. Se exigirá mayor eficacia y eficiencia en los procesos productivos, lo cierto es que esto sólo será admisible si se acompaña de condiciones de humanización y decencia en el mundo del trabajo como lo plantea la Organización Internacional del Trabajo (OIT), así como de condiciones de estabilidad y credibilidad en las operaciones comerciales del sector privado y en el desempeño transparente de las instituciones públicas como lo exige la sociedad.
Al final, lo relevante es reconocer que al tiempo que se globaliza el intercambio de bienes y servicios, se globalice la solidaridad para aliviar las desigualdades en México y en el mundo, para aliviar el dolor evitable de la insolidaridad que hoy predomina ante una economía sin rostro humano.
Marco Antonio Adame Castillo es coordinador de la Comisión de Relaciones Internacionales e integrante de la Comisión Nacional Permanente del PAN. Twitter: @MarcoAdame