Drogas: rutas, familias, historia
Carlos Castillo.
La ficción y la realidad se entrecruzan y se invaden la una a la otra en diversas facetas de la vida. Hay historias de lo cotidiano que se acercan tanto a la imaginación que en ocasiones lo acaecido resulta complejo de diferenciar respecto de aquello que no ocurrió; los hechos se presentan no pocas veces como surgidos de la fantasía para presentarnos un mundo de situaciones inverosímiles pero ciertas, cercanas, tangibles y que bien podrían haber nacido de la creatividad y la inventiva.
La naturalidad con que las drogas, el narcotráfico y otros hechos relacionados con el tema se incorporan al lenguaje del siglo XXI es una certeza imposible de cuestionar. Asesinatos y atrocidades, personajes y familias, rutas y métodos de producción, tráfico y distribución son todos una madeja compleja de la que, no obstante, es posible extraer una trama que el escritor italiano Roberto Saviano dibuja en su más reciente reportaje, CeroCeroCero. Cómo la cocaína gobierna el mundo, editado por Anagrama en 2014.
Así, en el inicio fue México, plantea el autor, donde la década de los años setenta se vuelve el gran punto de partida de un negocio ilegal, crudo en sus detalles, ambicioso en sus fines y atroz en sus medios. De nuestro país y de Colombia, casi a la par, el salto al mundo anticipa la globalización de la economía para presentar el gran inicio de nuestro tiempo no, como muchos pensarían, con la caída del muro de Berlín, sino más bien con una reunión sostenida en Acapulco donde los cárteles de las drogas, aún incipientes pero ya convencidos y dispuestos a consolidar un imperio, se repartieron entre sí el territorio nacional para sus negocios.
La prosa de Saviano fluye como la expansión del narcotráfico: va creando cauces, va tendiendo puentes, va uniendo destinos lejanos y que podrían parecer inconexos o completamente ajenos salvo por una premisa: la droga se exige, se convierte en modus vivendi, se vuelve el trampolín para que clases sociales que jamás habrían tenido una oportunidad de enriquecimiento, de la noche a la mañana se vean beneficiadas de formar parte de algunos de los eslabones de la cadena productiva.
El mercado y sus leyes: oferta, demanda, y el mundo entero sometido a los pies de la cocaína es el escenario constante de CeroCeroCero. No hay continente o zona habitada del planeta que escape a esa condición; tampoco hay barreras duraderas que impidan a la droga superar fronteras inaccesibles para los hombres, montañas o distancias que se superen con tal de que el producto llegue al consumidor. Desde cultivos enclavados en montañas remotas, laboratorios escondidos entre la selva, hasta la calle de cualquier gran capital del orbe, redes inmensas de complicidades, corrupción y beneficios se suceden para satisfacer una demanda que no decrece sino que, por el contrario, se mantiene y diversifica de manera constante y exponencial.
Mafias brasileñas, italianas, rusas, marroquíes, egipcias, afganas, japonesas y hasta los llamados maras en Centroamérica son los protagonistas principales de una historia que, bajo la pluma de Saviano, cobra tintes inverosímiles en ocasiones, asombrosos siempre, sorpresivos y reveladores en ocasiones, vacíos del amarillismo y el morbo con el que mucha de la literatura en torno al narcotráfico suple la investigación seria, certeros en su objetivo de dar a conocer uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo: ¿cómo frenar lo que está diseñado sobre los mecanismos del propio sistema económico?, ¿cómo detener aquello de lo que tantos, de una u otra manera se benefician?
La incógnita no se resuelve y no obstante, el narcotráfico cobra vidas y destruye poco a poco a una adormilada y cada vez más indiferente sociedad, atónita, que mira a otra parte, que calla para no verse involucrada, que en la omisión y el silencio encuentra un remanso de inocencia, que de vez en cuando –sólo en caso de que la atrocidad supere los cada vez más flexibles límites– reclama pero pronto vuelve a su actividad cotidiana, adoptando como habitual ese entorno, esas historias que ya se relatan como parte del entretenimiento televisivo, que funden lo real y lo fantástico como lo quisiera la gran literatura: de manera natural.
El relato de la droga se seguirá escribiendo, mostrando, narrando, actuando y cantando, no hay duda. Parte ya ineludible, concluye Saviano desde las primeras páginas, de nuestra realidad.
Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.