Cultura

Desenmascarando al populismo

MA
Por Maricarmen Rizo
ideas-fuerza Por Javier Brown César. Parafraseando a Tzvetan Todorov podemos afirmar que uno de los más peligrosos enemigos íntimos de la democracia es el populismo, una amenaza que no conoce de izquierdas o de derechas, ya que va más allá de cualquier topografía política. El populismo es un estilo personal de gobernar que se basa en la supuesta superioridad del líder mesiánico y carismático, cuya fuente de legitimidad es el argumento de que su autoridad está sometida a los intereses, necesidades y expectativas del pueblo. A decir de Umberto Eco, el populismo es “un método que prevé la apelación visceral a las que se consideran las opiniones o los prejuicios más arraigados en las masas”. El pueblo es concebido como un grupo relativamente homogéneo, vinculado por el miedo colectivo a ser desposeído y vulnerado. De esta forma, las diversas comunidades devienen en masas amorfas sujetas a un estatus de servidumbre involuntaria, incapaces de ejercer sus derechos políticos, de darse a sí mismas su propia legislación y de luchar por su autonomía. El pueblo masificado se convierte en destinatario de transferencias monetarias escasas o de servicios de mala calidad, y no en sujeto activo de derechos. En su pretensión de hablarle al pueblo, el líder populista eleva el sentido común a dogma, volviéndose intolerante, cerrado al diálogo e incapaz para comprender y apreciar el valor de las prácticas democráticas. De ahí la estrecha simbiosis entre populismo, autoritarismo, verticalismo y cerrazón ideológica. En todos estos casos no se valora el pluralismo y la tolerancia, fomentándose en su lugar la uniformidad y el dogmatismo. El populismo no se atreve a poner en práctica el decir verdadero, la parresía de los griegos, instaurando en su lugar la retórica como estrategia basada en decirle al pueblo lo que éste está ansioso de escuchar; en este ejercicio demagógico, en lugar de escuchar lo que el pueblo tiene que decir, se elige arbitrariamente lo que el pueblo debe escuchar. El líder populista aborrece el diálogo y el debate, y por ello evita la mediación del Parlamento, tal como lo hizo Alberto Fujimori en 1992 al disolver el Congreso de la República ante la incapacidad manifiesta para gobernar sin contar con mayorías absolutas, y de enfrentar un proceso democrático en el que las decisiones toman tiempo y las acciones y decisiones deben ser consensuadas. La necesidad de vivir en la mentira obliga al control de los medios de difusión e impulsa una fuerte inversión en propaganda política, cuyo único objetivo es propagar las bondades y obras del exaltado dirigente. Panegiristas e incondicionales son los tipos ideales de un populismo que ama la adulación y desprecia la verdad. En última instancia, el líder afectado de desbordada megalomanía y enfermo de poder se constituye en candidato permanente o en gobernante vitalicio. El populismo se nutre del miedo y la insatisfacción y por ello los consiente y fomenta. Apela a las emociones, más que a la inteligencia, tal como lo señaló Oscar Wilde: “resulta mucho más fácil suscitar emociones que inteligencia”. Por ello, invoca los temores primarios, los resentimientos primordiales. Transforma la insatisfacción con el momento presente, en lucrativa “cultura” de la protesta y de la movilización. En un intento de congraciarse con las supuestas mayorías, se proponen “soluciones fáciles de entender, pero imposibles de aplicar” (Todorov). El deficiente diseño e instrumentación de las políticas populistas suele provocar desastre rural y urbano: desorden en los asentamientos y la vivienda, transporte público ineficiente, contaminación y basura, inseguridad y miedo, segregación y miseria, corrupción e impunidad. Al pretender tener respuestas fáciles para todo, el populismo programático produce mayores desgracias, siempre disfrazadas de la promesa de realizar, aquí y ahora, las esperanzas de las personas; al prometer el cielo en la tierra construye un “infierno”. A similitud de los faraones egipcios, el mesías populista edifica grandes obras que, a diferencia de los antiguos habitantes del valle del Nilo, no pretenden ofrecer una morada en el más allá, sino la gloria permanente en el más acá. Se trata de obras que sólo benefician a las clases más privilegiadas, pero que son admiradas por propios y extraños, como un glorioso monumento al mesías inspirado e inspirador. El populismo se nutre del resentimiento, por lo que en lugar de enfrentarlo, lo fomenta y lo exacerba. El líder populista es una especie de maestro de ceremonias de un ritual de envidia y odio vuelto contra un enemigo común, usualmente concebido como élite; de ahí, el éxito de enarbolar un discurso anti elitista, en el que se ataca de forma rabiosa a quienes se considera clase privilegiada, poseedores del capital o terratenientes. El populismo es profundamente insolidario: se basa en una sociedad dividida y confrontada, por lo que tiene una raíz xenófoba innegable; inspirado en un nacionalismo excluyente y cerrado, interpreta al pueblo como unidad nacional identificada por una raigambre territorial, que niega en sus bases la posibilidad de una integración mundial y en su lugar propugna por un integrismo racial y étnico supuestamente puro e impoluto. Promueve un indigenismo cerrado, un folclor autorreferente, una cultura que no se abre a las demás, porque se define a sí misma como superior. Así, defiende una cultura supuestamente popular, que se cierra a la pluralidad de un mundo abierto a las diferentes civilizaciones; al negar la diversidad, el populismo niega en sus bases el espíritu democrático. La necesidad de un líder populista carismático responde al más profundo anhelo de un pueblo educado en la mitología revolucionaria, que hizo de los héroes y de los caudillos, de los mártires y de los próceres, los ideales supremos y ejes de toda redención posible. En este culto desmedido a la personalidad, el populista rechaza a las instituciones porque éstas garantizan la permanencia a pesar de las personas, fomentan la democracia y acaban con el populismo. En resumidas cuentas: el populismo atenta contra la dignidad humana, al reducir a la persona a átomo insignificante de un pueblo glorificado; destruye el bien común, instaurando en su lugar el malestar colectivo; devasta la solidaridad intergeneracional, al hipotecar el futuro de las próximas generaciones y al depredar hoy los recursos que son necesarios para las generaciones futuras; y vulnera el principio de subsidiariedad, al generar esclavitud y servidumbre humana. Nada hay más contrario a los principios de Acción Nacional que el populismo, ya que contradice de la manera más brutal y aberrante los ideales de una sociedad más humana, libre, justa y democrática.   Twitter: @JavierBrownC
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.