Cultura

Democracia, diálogo y debate

MA
Por Maricarmen Rizo
Por Javier Brown César. A decir del filósofo francés Michel Foucault, la democracia ateniense tenía como características principales el nomos, la isonomía, la isegoría, la parrhesía y la eleuthería, términos griegos de gran complejidad que significan respectivamente: la existencia y vigencia de reglas (nomos), que garantizaban que las leyes se aplicaban de manera igual para todos (isonomía), que además se posibilitaba el derecho de todos a hacer uso de la palabra (isegoría), de tal forma que las personas tuvieran el valor de decir la verdad (parrhesía), en un ambiente de plenas libertades (eleuthería). Los griegos consolidaron el ágora como el lugar del espacio público en el que la ciudadanía podía expresarse libremente sobre los asuntos de la ciudad. El ágora era el ámbito del debate, la controversia y la discusión, que eran las bases para la construcción de acuerdos sobre los asuntos que competían a la ciudad (polis). Esta tradición de la democracia ateniense ha sido una de las grandes herencias de Occidente y es hoy la base para la conformación de sistemas democráticos vigorosos y auténticos. Es por ello que la defensa del espacio público, en el que concurren diferentes actores y sectores para formar una opinión pública ilustrada, es de primera importancia, ya que así se garantiza un ámbito abierto, plural, incluyente y transparente. La apertura es una condición fundamental para la constitución de un espacio público que haga valer el igual derecho de todos a hacer uso de la palabra (isegoría), este derecho no conoce otros límites que los que marcan las leyes: se debe garantizar inclusive que, en un ámbito de respeto, cualquiera opine sobre cualquier cosa, con el riesgo consiguiente de que prolifere la demagogia. En consecuencia, la democracia debe basarse en una opinión pública formada, ilustrada, que sea capaz de construir antídotos y anticuerpos contra las palabras de demagogos que dicen lo que el público quiere escuchar. La opinión pública ilustrada, opone los argumentos probables y fundamentados a la demagogia oportunista y maleable. La fecundidad del diálogo La democracia prospera gracias a la pluralidad. La participación de las diversas voces es lo que garantiza la existencia de un concierto democrático y no la supresión arbitraria de quienes quieren expresarse en el espacio público. Es por ello que se requieren ámbitos en los que proliferen la argumentación razonable y el razonamiento probable. En el ámbito de lo público es posible recurrir a argumentos científicos incuestionables, éstos son la base para la toma de decisiones de política pública fundadas, pero las cuestiones de justicia social, desarrollo económico y fortalecimiento del ámbito público están sujetas a controversia, no resultan de fórmulas matemáticas ni de ecuaciones químicas. En el ámbito de lo público, los argumentos históricos son de vital importancia, ya que asumen el devenir, lo someten a crítica y proponen un porvenir posible. En materia programática, los diferentes argumentos deben ponerse a prueba unos frente a otros para que sea el público el que opte por aquella alternativa que considera pueda ser la que produzca los mejores resultados. El Estado debe ser un importante promotor del diálogo, de ahí la necesaria conversión del actual modelo de propaganda gubernamental a un nuevo modelo de promoción informativa y cultural. Por definición, la propaganda debe tener como objetivo lograr que lo transmitido perdure. Sin embargo, la propaganda del gobierno suele ser la promoción de obras que debe ejecutar y de servicios que debe proporcionar, y no la transformación de las prácticas ciudadanas a través de la promoción de transformaciones culturales, vinculadas a aspectos sustantivos de la vida pública como la civilidad, el respeto a los derechos humanos, la transparencia y la legalidad. Un aspecto fundamental de la cultura política es la consideración del diálogo como el más fecundo y extraordinario mecanismo para llegar a acuerdos, para tomar decisiones públicas y para que quienes son diferentes se pongan de acuerdo sobre los grandes problemas públicos y las acciones que se deben llevar a cabo para transformar la vida de las comunidades. El debate y la argumentación En México, el primer debate televisado, transcrito en el número 1029 de La Nación, se dio el 27 de junio de 1961 entre los candidatos a diputados federales Tomás Carmona del PAN y Antonio Vargas McDonald del PRI. La victoria del candidato del PAN tuvo como consecuencia lamentable la vergonzante cerrazón de los espacios de discusión por más de tres décadas. Esta  cerrazón es inaceptable en una nación que aspira a fortalecer la democracia en todas sus dimensiones. El imperativo ético de fomentar el diálogo se debe plasmar en la transición del modelo de comunicación electoral, de un esquema centrado en propuestas de partidos a uno que privilegie el debate y la participación. El nivel de debate político es uno de los indicadores más claros de que estamos frente a una democracia vigorosa y robusta. Este nivel se refiere no sólo a la altura de miras de los debatientes, sino de manera principal a los ámbitos en los que proliferan los debates públicos: espacios en los medios de difusión, debates en clubes, cafés y lugares públicos, foros y mesas de discusión. Los espacios públicos abiertos al debate son los mecanismos ideales para fomentar prácticas democráticas a partir de la más amplia difusión y discusión de plataformas y programas, de ideas y propuestas de gobierno. Hoy, los medios de difusión están ante el dilema histórico de abrir los espacios para fomentar el debate o cerrarse en su propia dinámica perversa, reducidos a ser simples correas de transmisión de la propaganda gubernamental y partidista que las leyes les obligan a transmitir. Para que la democracia prospere y se robustezca es indispensable transformar el espacio público y cambiar el paradigma de la comunicación política. Se necesita un espacio en el que se pueda expresar la verdad y en el que el decir o manifestar lo verdadero (lo que los griegos llamaron parrhesía) no pueda ser objeto de censura, amenaza, silencio o represión. Esta es la base para que la democracia sea lo que los griegos llamaban eleuthería, o sea, una oferta de libertad, oferta que para Acción Nacional es la esencia misma de su vida interna, y el sello característico con el que nació a la vida pública, con intensos debates que marcaron las históricas jornadas del 14 al 17 de septiembre de 1939.   Twitter: @JavierBrownC
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.