Cuando la violencia se disfraza de humor
La reciente polémica generada por las expresiones de un grupo de creadores de contenido en contra de las jugadoras del Cruz Azul Femenil volvió a poner sobre la mesa un problema que trasciende al futbol: la normalización de la violencia contra las mujeres a través de palabras, bromas y estereotipos que pretenden justificarse bajo el argumento del humor.
Después de un resultado adverso para el equipo, las futbolistas fueron objeto de comentarios denigrantes y sexualizados que poco tenían que ver con su desempeño deportivo. En lugar de analizar lo ocurrido en la cancha, las expresiones recurrieron a la cosificación y a estereotipos de género para descalificarlas.
El episodio abrió nuevamente una discusión necesaria: ¿todo puede justificarse en nombre del humor? La respuesta debe partir de un principio elemental: todas las personas poseen una dignidad que debe ser respetada.
Criticar es válido, violentar no
En el deporte profesional, como en cualquier actividad pública, la crítica es válida. Una futbolista puede tener una mala actuación, cometer errores o perder un partido. Su desempeño puede ser analizado y cuestionado. Lo que no es aceptable es utilizar su sexo, su cuerpo, su sexualidad o los estereotipos asociados a las mujeres para humillarla.
Cuando la crítica deja de referirse al desempeño y recurre a expresiones que cosifican, sexualizan o colocan a las mujeres en roles subordinados, estamos frente a conductas que reproducen discriminación y violencia. Las mujeres tienen derecho a practicar cualquier deporte, competir profesionalmente, ganar, perder y equivocarse, y ser evaluadas por eso: por su desempeño como deportistas y no por su condición de mujeres.
Cuando la discriminación se disfraza de broma
México tiene una enorme tradición humorística. La sátira, la ironía, el doble sentido y nuestra capacidad para reírnos de muchas cosas forman parte de nuestra cultura. Pero el llamado “humor mexicano” no puede convertirse en una justificación para vulnerar la dignidad de las personas.
El humor también puede reproducir prejuicios. Puede ser machista cuando convierte la cosificación o subordinación de las mujeres en motivo de risa; clasista cuando ridiculiza a alguien por su condición económica; racista cuando utiliza su origen o color de piel para humillar; u homofóbico cuando convierte la orientación sexual en objeto de burla.
Cuestionar estas expresiones no significa acabar con el sentido del humor ni limitar la crítica, la sátira o la irreverencia. Significa reconocer que la risa no vuelve inofensivas las palabras. Una expresión puede provocar carcajadas y, al mismo tiempo, discriminar, humillar, reforzar estereotipos o vulnerar derechos.
Más allá de las canchas
Lo ocurrido con las jugadoras de Cruz Azul no es un fenómeno exclusivo del deporte. Sucede en la política cuando las propuestas de una mujer pasan a segundo plano y la conversación se concentra en su físico, su ropa, su edad o su vida privada. Sucede con periodistas y comunicadoras que reciben insultos, amenazas o comentarios sexualizados por expresar una opinión. Sucede en los centros de trabajo, en las escuelas, en las universidades y todos los días en las plataformas digitales.
Cambian los escenarios, pero el mecanismo es similar: descalificar a una mujer no por aquello que hace, dice o propone, sino recurriendo a su condición de mujer para disminuirla.
Las redes sociales han multiplicado además el alcance de estas expresiones. Una frase pronunciada frente a un micrófono puede llegar a millones de personas, incluyendo niñas, niños y adolescentes que están construyendo su manera de entender las relaciones entre mujeres y hombres. La libertad de comunicar también implica responsabilidad.
La dignidad no admite excepciones
Los derechos de las mujeres no dependen del espacio en el que se encuentren. Su dignidad debe ser respetada en una cancha de futbol, una oficina, un salón de clases, una tribuna política, un medio de comunicación o una red social.
Avanzar hacia una sociedad con igualdad sustantiva también exige cuestionar conductas que durante generaciones fueron normalizadas. No todo lo que antes se consideraba normal era necesariamente correcto. La libertad de expresión y el respeto a la dignidad de las personas no son principios incompatibles. Podemos criticar sin humillar, disentir sin discriminar y hacer humor sin violentar.
Lo ocurrido con las jugadoras de Cruz Azul debe servir para mirar más allá de una polémica pasajera y preguntarnos qué tipo de expresiones queremos seguir normalizando.
Porque no se trata de construir una sociedad en la que nadie pueda bromear. Se trata de construir una sociedad en la que la violencia deje de causarnos gracia. Y en esa tarea todas y todos tenemos algo que aportar.