Opinión

Crisol de liderazgos y legitimidad democrática

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Por Maricarmen Rizo
democracia Por Gildardo López Hernández. Las grandes luchas y transformaciones en favor de las libertades políticas, la construcción de ciudadanía y, finalmente, la transición a la democracia en nuestro país serían impensables sin las contribuciones decisivas del PAN. Desde su formación, el Partido se distinguió por la firmeza de sus principios, la solvencia de su organización interna y la tenacidad en la defensa de sus causas. Con los años, por encima de diferencias ideológicas, estas cualidades le fueron confiriendo una autoridad ética y política irrebatible, primero como motor de las incipientes reformas, más tarde como pieza clave del cambio democrático y, por último, como protagonista de la alternancia en la Presidencia de la República. Aunque parezca una obviedad no está de más recordar que los partidos políticos son elementos fundamentales de un régimen democrático, al constituir el instrumento que mediatiza la relación de los ciudadanos con el poder, permitiendo que éstos, al incorporarse a ellos libremente o eligiendo a sus representantes de entre sus miembros, puedan participar en la formación de la voluntad estatal. Pero, por otra parte, también son organizaciones cuya esencia y finalidad radica en la consecución del poder político, a través de elecciones dentro de un marco legal e institucional, de manera pacífica y sin el uso de la violencia. La democratización interna de los partidos es un requisito ineludible para un correcto funcionamiento de nuestro sistema político y no sólo porque lo diga nuestra Constitución, sino porque, en caso contrario, se corre el riesgo de que el ciudadano se desencante definitivamente del instrumento “partido” y no tengamos modelos alternativos, al menos, en sentido democrático. A pesar del recurrente comentario sobre la crisis de los partidos, éstos siguen constituyendo el mecanismo asociativo más adecuado para canalizar la pluralidad política de la sociedad y para estructurar democráticamente los órganos de poder político del Estado. De aquí la necesidad de seguir profundizando en la democratización interna de los partidos y en la plena vigencia en el interior de los mismos de los derechos constitucionales de sus militantes, ya que constituyen el momento inicial del proceso de participación política democrática. En el PAN, históricamente conseguir una democracia interna más sólida es y ha sido un elemento imprescindible, aunque no el único, para construir la confianza de la ciudadanía en el papel que los partidos políticos desempeñan como instrumento esencial de participación política en nuestro sistema democrático. Pero la democracia interna va más allá de una cuestión coyuntural. El éxito del PAN se basa en parte en su conexión con esta demanda, gracias a su propuesta de constituirse como herramienta ciudadana, radicalmente democrática, para democratizar las instituciones. La democracia interna y el empoderamiento de los militantes son claves para seguir representando esta alternativa. Sin embargo, no es sólo una cuestión de principios, también es necesario construir un proyecto sano, serio y dinámico a medio y largo plazo. Es cierto que la militancia del PAN es sumamente participativa, pero la mejor forma de adquirir experiencia democrática es con la práctica, tomando decisiones y dirigiendo nuestro propio destino. Los procesos internos en el PAN son hoy un instrumento orientado, desde esa vocación, para mejorar esa democracia interna, con la finalidad última de restaurar su papel como forma de participación política de la ciudadanía en el ejercicio del poder, que en el fondo es el que justifica el papel instrumental de los partidos políticos en una democracia madura.   Gildardo López Hernández es Presidente de la Comisión Organizadora Electoral. Twitter: @gidardolopez
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.