Comensales de la hipermodernidad
Carlos Castillo.
El escenario es la mesa de un restaurante de lujo en Ámsterdam, donde cuatro comensales se reúnen para resolver un conflicto familiar. Dos parejas, una conformada por un político que podría ser candidato a la presidencia de su país, y su esposa; la otra, el hermano menor del político, maestro de escuela con licencia por una afección nerviosa, y su esposa.
La calma y la serenidad con la que se desarrolla la trama contrasta de manera notable con la gravedad del asunto a tratar: los hijos de ambas parejas han cometido un crimen que revuela por los noticieros y los periódicos locales, que poco a poco es abordado entre bebidas, aperitivos, platos fuertes y digestivos que son depositados por personajes que si bien podrían ser secundarios, constituyen el hilo que da continuidad a la novela La cena, de Herman Koch (Salamandra, 2012).
Nada de lo que ocurre es accidental en el transcurso de la historia. La finura del capitán de meseros y el detalle de la explicación de cada plato choca con la crítica por la vacuidad de elevar un guiso al rango de arte; las porciones minúsculas que se pierden en las dimensiones exageradas de la vajilla contrastan con un asesinato que poco a poco va revelando su grado de infamia y perversión; la postura de protección y complicidad con los criminales encuentran su opuesto en la indiferencia con que el autor expone los hechos… Todo se disuelve –cuando apenas pareciera un viso de solución– en las interrupciones de otros comensales que requieren una fotografía con el afamado político, en un vodevil que insiste en replicar o al menos emular esa forma en que nuestro tiempo tolera y cierra los ojos –quizá a fuerza de costumbre– a lo atroz como parte de lo cotidiano.
Un indigente golpeado hasta la muerte y al que los asesinos prenden fuego detona la crisis familiar, y es al mismo tiempo el nudo que se intenta resolver durante la velada. Las versiones y distintos trozos de la historia salen a la luz para dar lugar a testigos que han dejado el registro de los hechos en video, nuevas aristas que aumentan y hacen más profunda y compleja la responsabilidad que debe ser asumida y que busca evadirse a toda costa, con el argumento de que deben ser los propios padres quienes denuncien a sus hijos. La cuestión es compleja y el final de esa cena pasa de un acuerdo a una discusión acalorada cuya conclusión se escapa de las manos de quienes se alejan del tema a tratar –como metáfora del mundo líquido de Bauman– con la nueva interrupción de un mesero que ofrece rellenar de nuevo las copas.
La cena juega con la tensión de la historia y teje una red en la que el pasado invade el presente y lo modifica de súbito, para luego traer la memoria a colación y modificar todo otra vez. El futuro que podría irse previendo se transforma de súbito e inclusive se trunca, se reconstruye y se derrumba conforme avanzan las páginas, hasta llegar a un final donde priva el sentimiento de protección, el caer de máscaras de escenarios, intereses políticos y el instinto de preservación que se mantiene incólume y no acepta intromisiones.
Un retrato fiel de nuestro tiempo, invadido de bienestar pero en el que se implican factores impredecibles, propios de la naturaleza humana, que yerra y busca el perdón, que ve a los menos beneficiados con dignidad inferior a la de quienes ya han logrado un estatus social, que enfrenta problemas cada vez más complejos incluso en aquellos países donde ya parecía estar todo resuelto. Una novela que captura y que, como quería Kafka, golpea hasta las certezas más firmes del más convencido lector. Tiempos hipermodernos cuando lo inmenso –el glamour, la fama, la riqueza, el desarrollo– pareciera solamente una máscara que oculta lo vulnerable del ser, sus flaquezas, sus vilezas, el lado oscuro revestido de un bienestar relativo.
Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.