Carmen Aristegui: de la necesidad al abuso periodístico
Por Carlos Castillo.
Como parte indisociable de cualquier régimen democrático, el ejercicio periodístico representa el pilar sobre los que reposa la posibilidad de que la ciudadanía cuente con información ajena a la del gobierno, imparcial, fruto de investigaciones que no siempre resultan cómodas al poder y que, sin embargo, son necesarias para la libre formación de opiniones diversas, distintas a las oficiales. El periodismo, en suma, contribuye a la pluralidad que es la base de toda democracia.
Cada medio, cada periodista, posee un estilo y una línea editorial propia que es válida siempre y cuando se apegue a los criterios de objetividad y veracidad; en México, y luego de un régimen constituido sobre al autoritarismo que distinguió al siglo XX, estas condiciones se vieron vulneradas por el propio gobierno, que salvo casos contados y escasos, entre los que se encuentra La Nación, ejerció un control férreo, poco propicio para la democracia y más cercano a la censura y al dictado de contenidos.
Poco a poco, conforme el proceso democratizador avanzó, la prensa fue adquiriendo un espacio cada vez más relevante en la esfera pública, sobre todo con la aparición de nuevos periódicos y nuevas cadenas radiofónicas que a veces de manera convencida y a veces por intereses económicos, figuraron como espacios de libertad y apertura para los nuevos tiempos.
Así, entre esa multiplicidad de ofertas, la de Carmen Aristegui pronto cobró una relevancia que a fuerza de investigación, de búsqueda de la verdad y de información certera la convirtieron en una voz determinante para la construcción de opinión pública.
Fue Aristegui quien, en un último dardo certero desde Noticias MVS Primera Emisión, reveló la existencia de la llamada “Casa Blanca” de la esposa del presidente Enrique Peña Nieto, el conflicto de intereses entre contratistas y la autoridad, así como una cadena de corrupción que dejó en claro el poco respeto por la ley, la falta absoluta de ética y otros vicios de un PRI indiferente y cínico hasta el descaro. Y a pesar de ello, no todo lo que respecta al profesionalismo de Aristegui es tan impoluto y objetivo como muchos de sus seguidores defienden sin miramientos, sin capacidad crítica o decisión de cuestionar y diferenciar el periodismo de la opinión.
Esta distinción, crucial al momento de ejercer la profesión, es el hilo medular del libro El periodismo de ficción de Carmen Aristegui (Ediciones Urano, 2013), del analista Marco Levario Turcott, director de la revista etcétera, especializada en medios de información. Y es que, con puntual precisión y seguimiento de siete casos revelados por Aristegui, el autor hace un análisis de cada hecho, de cada prueba presentada, de cada opinión reunida, de cada información ofrecida al público, para concluir que: “El protagonismo de la voz cantante por encima de la noticia es una línea que entrecruza , y ello a menudo modifica la información en resortes que generan sensaciones de fiabilidad sin más soporte que las certezas o elucubraciones de la emisora […] La opinión por encima del hecho le implica a la audiencia del noticiero que ella conduce la dilución definitiva del hecho en el entramado de las conjeturas, aliteraciones permanentes, así como siembras de duda y sospechas”.
Entre los casos que Levario desglosa, y que demuestra cómo fueron más que construidos, imaginados a partir de suposiciones o hechos no comprobados, se encuentran la falacia ideada en torno al supuesto alcoholismo del ex presidente Calderón, los casos de Soriana y Monex durante la elección federal de 2012, y la supuesta caravana de camionetas en Nicaragua, con el logo de Televisa e implicadas en narcotráfico.
El tratamiento de la información en cada uno de estos casos, así como en los otros que constituyen el libro, se basa en lo que el autor llama las “costumbres más arraigadas que hieren al periodismo”, y que enumera en cinco puntos: “1) no ceñirse al hecho sino a las declaraciones, a rumores; 2) erigirse en portavoz de quienes sostienen con supuestos ese hecho; 3) inquirir la respuesta de quien es involucrado en ese presunto hecho y dejar de preguntar a quienes lo difunden para que prueben sus acusaciones; 4) guiarse mediante sospechas; 5) emplear tiempos condicionales (‘sería’ o ‘habría’ que son rechazados por los medios de comunicación serios que hay en el mundo)”.
La conclusión de Levario es tajante: el periodismo de Aristegui es “de declaraciones”, no de pruebas que lleven a demostraciones, sino, más bien, de indicios que conducen a suponer y a construir argumentos que, como puentes entre abismos, unan por la fuerza lo que está distante, sin precisión ni seriedad, con la fragilidad y la irresponsabilidad de quien incluso cuando se demuestra el error en el que cae, cierra la puerta, pasa la página y es incapaz de rectificar. No es, sin duda, la generalidad del trabajo de Aristegui, pero sí la de aquellos casos que hasta antes del escándalo de la Casa Blanca le dieron popularidad y celebridad en el gremio.
Cabe pues reflexionar respecto de los contrapesos que existen frente al llamado cuarto poder, de su capacidad de resistir la crítica, de su seriedad frente al error, de su capacidad de rectificar o corregir, acciones que caen en el ámbito de lo voluntario o de la buena fe cuando, sin duda, debieran ser obligaciones amparadas por la ley. La línea es frágil entre esos deberes que hasta el momento son sólo éticos, y la posibilidad de atentar contra la libertad de expresión.
Sin embargo, el debate es necesario, porque en democracia no hay temas vedados ni prohibidos ni tabú. Todo puede ser cuestionado, empezando por la infalibilidad; todo puede ser dialogado, todo puede y debe ser discutido. Los absolutos son, en cualquier sentido, el mayor daño a la democracia.
Carlos Castillo es editor de la revista Bien Común.