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Breve historia de la solidaridad

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Por Javier Brown César · 6 min de lectura

La idea de la solidaridad nació en Roma, de hecho, deriva del término latino solidus. Los griegos carecían de un concepto que definiera cabalmente lo que hoy entendemos por solidaridad, pero sentaron los fundamentos de las teorías de la amistad y del amor, bases indiscutibles de la solidaridad.

En el diálogo Lisis, Platón esboza la primera clasificación de las formas de amistad, distinguiendo entre la amistad por utilidad o beneficio, que existe cuando hay una relación de provecho; la amistad por semejantes y contrarios, siguiendo la teoría de Empédocles de que lo semejante y lo opuesto se atraen; la amistad y amor mutuo, en la que el amor puede no ser correspondido, y la amistad con base en lo bueno y útil, en la que se da un deseo recíproco de bien.

Aristóteles de Estagira quien perfeccionó la teoría de las formas de amistad al introducir la distinción crucial entre la amistad por utilidad (interés), en la que hay relación porque hay beneficio mutuo; la amistad por placer en la que se disfruta de la compañía del otro, y la amistad por virtud en la que las personas se reconocen, respetan y aprecian sus virtudes morales. De las formas de amistad sólo la última es duradera y estable porque se basa en la dinámica del encuentro, en el que las personas descubren horizontes insospechados y expanden sus capacidades gracias a la presencia de la otra persona.

Fue Cicerón quien introdujo la idea de solidaridad por vez primera en el pensamiento filosófico. En sus obras morales y políticas sentó algunas bases de la teoría contemporánea de la solidaridad. En su obra moral Sobre los deberes postula que no hemos nacido sólo para nosotros; nuestra patria reclama una parte de nosotros, y nuestros amigos otra. El Laelius, un diálogo sobre la amistad, establece que la amistad es esencial para la vida, y la filantropía y la solidaridad se dan entre personas que poseen virtudes excelsas. Por último, en su obra sobre La República, estima que los ciudadanos deben trabajar para el bien común.

La solidaridad aparece como un concepto jurídico en el Digesto de Justiniano del siglo VI en el que se prevé que, en ciertos casos de responsabilidad conjunta por delitos, el cumplimiento por uno extingue la obligación de los demás, reflejando un régimen solidario. Además, se distinguen tres especies de solidaridad: la pasiva, la cual se da entre deudores compartiendo una única obligación, donde el pago realizado por uno libera a los demás; la activa, en la que los acreedores pueden exigir la totalidad del crédito independientemente de los otros; y, la mixta en la que se da una pluralidad de deudores y acreedores simultáneamente, gestionando la misma prestación.

Santo Tomás de Aquino no tiene una teoría de la solidaridad, pero sus magnas obras ofrecen reflexiones fundamentales para comprender los vínculos solidarios al interior del Estado. En primer lugar, en su Tratado sobre la Ley, postula que las leyes humanas deben ser proporcionadas al bien común. Y además establece que “el bien común implica una multiplicidad, que puede ser tal en razón de las personas, de las actividades y de los tiempos. Porque la comunidad del Estado consta de muchas personas; su bien se alcanza por medio de muchos actos, y no se instituye para que dure solamente un poco de tiempo, sino para que se conserve siempre mediante la sucesión de los ciudadanos”.

En su importante Tratado sobre la Caridad, el Aquinate establece que “la razón del amor al prójimo es Dios, pues lo que debemos amar En el prójimo es que exista en Dios. Es… evidente que son de la misma especie el acto con que amamos a Dios y el acto con que amamos al prójimo”. La caridad hunde así sus firmes raíces en la divinidad que encontramos en el prójimo.

Ya en el siglo XX, Juan Pablo II definirá la solidaridad, en su magna Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, de la siguiente manera: la solidaridad “no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”. Solidaridad y bien común quedan así, estrechamente vinculados.

Con esta definición de solidaridad podemos desnudar las formas falsas e ilegítimas, así como caracterizar al vicio contrario: la insolidaridad, la cual se basa en la negación de la dignidad humana y de los trascendentales del ser: unidad, verdad, bondad y belleza. La insolidaridad lleva a la apatía, la indolencia, la indiferencia y el aislamiento. La persona insolidaria vive nutriéndose del odio, la envidia, la mezquindad y el resentimiento; busca dividir, confrontar y segregar; niega en sus raíces su deber irrenunciable con el bien común y provoca conflictos y violencia interminables.

Existe también la falsa o simulada solidaridad, muy propia en nuestros días de eventos de campaña y actos políticos manipulados; es la “solidaridad” de la fotografía y el marketing. Se basa en el montaje teatral, en el acto preparado de una campaña o evento político en el que la persona cuyas virtudes se quieren exaltar da muestras de condescendencia, conmiseración o apoyo, en fin, de “solidaridad”. Aquí la ayuda solidaria persiste como medio y no como fin para el perfeccionamiento de otra persona; en el fondo es solo pose y teatro.

La solidaridad es hermosa porque va más allá del interés y el placer, ya que las relaciones basadas sólo en el interés nunca serán solidarias, pero las relaciones de amor y amistad, son eternas. Quien mejor bosquejó esta forma virtuosa de solidaridad fue el filósofo lituano Emmanuel Lévinas quien postuló que la ética es la filosofía primera, y, por ende, fundamental. La cuestión fundamental sobre el ser que somos no es metafísica, es ética y refiere siempre al rostro de otra persona, el cual pone en evidencia la obligación ética: “la epifanía de lo absolutamente otro es rostro en el que Otro me interpela y me significa un orden, por su desnudez, por su indigencia”. Para Lévinas ser yo significa, no poder sustraerse a la responsabilidad, como si todo el edificio de la creación reposara sobre mis espaldas. Esta forma perfecta de solidaridad no sólo es permanente, es también santa y santificadora.