Internacional

Breve análisis sobre las elecciones en Brasil

Redacción Por Redacción · 6 min de lectura

La reelección de Lula da Silva deja importantes lecciones sobre la segunda vuelta electoral, los riesgos del exceso de confianza, la necesidad de nuevos liderazgos y los desafíos de gobernar sin mayoría legislativa.

Las elecciones presidenciales de Brasil dejan varias advertencias que merecen una reflexión, no solamente por lo que representan para el país más grande de América Latina, sino también por sus implicaciones para la democracia y el futuro político de nuestra región.

La primera es la importancia de la segunda vuelta electoral, un mecanismo que, lamentablemente, todavía no existe en países como México. Su principal ventaja consiste en permitir que quien llegue a la Presidencia cuente con el respaldo de la mayoría de los votos válidos emitidos en la elección definitiva. En sociedades políticamente fragmentadas, esta segunda oportunidad obliga a los candidatos a ampliar sus bases de apoyo, construir alianzas y buscar a los electores que no los acompañaron inicialmente.

Brasil acaba de ofrecer un ejemplo contundente. Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con el 47.03 % de los votos, frente al 45.16 % de Luiz Inácio Lula da Silva. Sin embargo, tres semanas después, el resultado se invirtió: Lula obtuvo el 51.79 % y Bolsonaro el 48.21 %. Una diferencia de poco más de 4.4 millones de votos le permitió al mandatario brasileño conquistar su cuarto periodo presidencial.

Un hecho que tampoco debe pasar inadvertido es que, durante la jornada electoral, el juez del Supremo Tribunal Federal, Cristiano Zanin, antiguo abogado personal de Lula y nombrado por él mismo para integrar la Corte, ordenó extender dos horas el horario de votación, de las 17:00 a las 19:00 horas, en todo el territorio nacional. Es importante distinguir que, si bien ambas candidaturas solicitaron una ampliación, sus peticiones fueron diferentes. Mientras que Flávio Bolsonaro pidió extender la votación únicamente en determinadas localidades de São Paulo, Paraná y Santa Catarina, debido a las fuertes lluvias, inundaciones y dificultades de acceso a las casillas, Lula solicitó expresamente que la ampliación se aplicara a nivel nacional, argumentando problemas en el transporte público de los electores. Fue esta última solicitud la que atendió el juez Zanin. La decisión, adoptada cuando algunas casillas ya habían cerrado y comenzado el recuento, generó confusión y controversia sobre la conducción del proceso electoral.

De aquí surge una segunda lección. En política, jamás debe darse una elección por ganada. El resultado de la primera vuelta parecía favorecer a Bolsonaro. Sin embargo, su campaña no logró conservar esa ventaja. Cabe preguntarse hasta qué punto el exceso de confianza, los errores estratégicos y la incapacidad de ampliar su electorado contribuyeron a su derrota.

Lula, por el contrario, entendió que necesitaba modificar la dinámica de la contienda. Reforzó su movilización territorial, intensificó su presencia en redes sociales y apeló a un discurso en el que se presentó reiteradamente como víctima de sus adversarios políticos. Más allá de la valoración que merezca esa estrategia, lo cierto es que consiguió movilizar suficientes apoyos para revertir el resultado.

La tercera lección tiene que ver con la necesidad de renovar los liderazgos políticos. Brasil sigue atrapado, en buena medida, en una confrontación entre el lulismo y el bolsonarismo. Son dos proyectos políticos que han marcado profundamente a la sociedad brasileña, pero cuya polarización también dificulta la aparición de alternativas capaces de construir nuevos consensos.

Un país de las dimensiones, la diversidad y la importancia económica de Brasil necesita abrir espacios a una nueva generación de liderazgos que pueda superar esa confrontación permanente. La democracia no puede limitarse indefinidamente a elegir entre los mismos proyectos y las mismas figuras políticas.

La cuarta lección es que ganar una elección presidencial no significa necesariamente tener el poder suficiente para gobernar sin negociar. Lula consiguió su reelección, pero los resultados legislativos muestran un escenario considerablemente más complejo. En la Cámara de Diputados, integrada por 513 legisladores, el Partido Liberal de Bolsonaro obtuvo 121 escaños, convirtiéndose en la principal fuerza política. La federación encabezada por el Partido de los Trabajadores alcanzó solamente 88. En el Senado, compuesto por 81 integrantes, el PL contará con 28 legisladores, mientras que el PT tendrá apenas nueve.

Estos números muestran que Lula tendrá que construir acuerdos y consensos con fuerzas políticas que no necesariamente comparten su proyecto. Su victoria presidencial no representa un cheque en blanco.

Y quizá ahí radique otra enseñanza democrática. Los contrapesos institucionales importan. Un Congreso plural puede obligar al Ejecutivo a negociar, moderar sus posiciones y reconocer que una victoria electoral no equivale a una autorización para gobernar unilateralmente.

Finalmente, existe una dimensión internacional que no puede pasar inadvertida. Con su cuarta victoria presidencial, Lula da Silva, fundador del Foro de São Paulo, conserva una posición de enorme influencia dentro de la izquierda latinoamericana.

Esto abre interrogantes sobre la postura que adoptará Brasil frente a los regímenes de Cuba, Nicaragua y Venezuela, especialmente en materia de libertades políticas, derechos humanos y procesos electorales.

Durante la campaña, Lula declaró que Venezuela debía convocar a elecciones lo antes posible para que sus ciudadanos pudieran elegir libremente a su presidente. Sin embargo, también cuestionó duramente la actuación de Estados Unidos en ese país y defendió el principio de soberanía nacional.

Lo mismo puede preguntarse respecto de Cuba y Nicaragua. ¿Estará dispuesto Lula a cuestionar los abusos de gobiernos ideológicamente cercanos?, ¿o prevalecerán las afinidades políticas sobre la defensa de los principios democráticos?

Son preguntas legítimas cuya respuesta conoceremos a través de las decisiones de su próximo gobierno. Las elecciones brasileñas dejan, en definitiva, una enseñanza fundamental y es que la democracia no termina cuando se cuentan los votos. También exige instituciones fuertes, contrapesos efectivos, renovación de liderazgos y respeto a las libertades.

Lula ganó nuevamente la Presidencia de Brasil. Pero tendrá que gobernar a un país profundamente dividido, con un Congreso en el que sus adversarios cuentan con una fuerza considerable y en un contexto regional que exigirá definiciones políticas. Porque una cosa es ganar una elección y otra, muy distinta, construir las condiciones para gobernar democráticamente.

Mariana Gómez del Campo es secretaria de Asuntos Internacionales y Mexicanos en el Exterior del Comité Ejecutivo Nacional del PAN.