Bastó una foto…
Por Carlos Castillo.
En nuestro tiempo, el poder de la imagen posee un valor que es capaz de superar cualquier texto, argumento o palabra, sea escrita o hablada.
Lo saben los publicistas y los mercadólogos del signo que se guste, empresariales, comerciales o políticos: la imagen es un impacto, un golpe ineludible que no exige una traducción compleja entre el emisor y el receptor.
Es ternura o crudeza. Es impacto y es instantánea. Su fuerza radica en que trasciende las barreras del lenguaje porque apela a sentimientos comunes, primordiales.
Y fue, precisamente, la imagen de una fotografía la que, luego de varios meses de una realidad dramática y atroz, puso en alerta al mundo sobre el drama que se vive hoy día en Siria, con el llamado Ejército Islamista o ISIS, que avanza sobre ciudades bajo el signo del Islam más radical, menos tolerante, donde el que piensa distinto debe ser aniquilado, donde el que opina de modo ajeno al que dictan los intérpretes del Corán no tiene cabida.
Ante esas realidades, huir o morir. No hay términos medios. No hay ese espacio de diálogo y acuerdo que genera la política y la democracia. Se acepta o se es exterminado. Se adopta el código o se perece.
Si el propio pasado es testimonio de algo ajeno al canon, tampoco hay oportunidad para el perdón o para retractarse. El cristiano muere por su fe. El liberal por su blasfemia. El ateo por su error. No hay acto de contrición o penitencia que valga.
Y la imagen más cruda de esa realidad que de unos meses a la fecha azota una porción cada vez más grande del Medio Oriente fue la de un niño ahogado en las costas turcas, tras caer del bote que lo llevaría a la ruta de la libertad.
No fueron pocos los avisos previos que pusieron sobre alerta al mundo del fenómeno que ocurre en Siria. Angela Merkel pasó varias semanas instando a Europa a solidarizarse con el dolor de la migración de aquel país.
Se le unieron otras voces que, sin embargo, no son ni la mayoría ni son suficientes para alojar a las decenas de miles de refugiados que todos los días llegan al continente en busca no de un futuro mejor sino, infeliz desgracia, al menos de salvar la vida.
En Estados Unidos, no han sido pocos los académicos que han puesto sobre alerta a través de diversas publicaciones, Foreign Affairs, por ejemplo, del enorme riesgo que entraña una fuerza militar que no respeta Estados ni naciones, mucho menos fronteras.
A ISIS han acudido personas nacidas, crecidas y educadas en Europa, para engrosar las filas de esa milicia armada. Su estrategia de terror contra cristianos ha cundido en videos la red, periódicos y noticieros del todo el mundo. Y nada de ello fue suficiente.
Bastó esa foto escabrosa, infame, que indigna y duele porque esa muerte es la de los valores más básicos y fundamentales de la humanidad, para que todo ello cobrara una importancia de primer orden.
¿Podría haber sido de otro modo? Probablemente no. Nuestro tiempo exige de ese tipo de imágenes para construir indignación y reaccionar ante ésta. De inmediato, se alzaron gestos solidarios, sociedades exigiendo a sus gobiernos abrir fronteras, ciudadanos ofreciendo sus propias casas para alojar a la emigración siria.
No era, empero, necesario llegar a tanto. Ese rostro de la migración es cotidiano en todo el mundo, ante una globalización que no alcanza a ser más que económica y de bienes y servicios. Como si los seres humanos no contasen, o fuesen prescindibles, o un estorbo.
Ese es el rostro más infame del drama sirio y del de quienes a diario abordan el tren que recorre desde Centroamérica hasta México y transporta cientos de mujeres y hombres en busca de mejores oportunidades, y el de quienes cada noche abordan en África una “patera” para alcanzar las costas de Italia o España, y el de quienes se lanzan al mar en una balsa porque su gobierno se abre a la libre empresa, pero no a la libertad de expresión.
En un niño ahogado en las costas turcas está el dolor de la humanidad, su propia deshumanización. Están décadas de injusticia, de repartición desigual de la riqueza, de permisividad ante las dictaduras, de vista gorda ante la guerra, de indiferencia ante lo que no conlleve riesgos financieros.
Está, en suma, el drama de nuestro tiempo: los extremos del liberalismo, las trampas obscuras y asesinas de la demagogia, el confort de las democracias encerradas en sí mismas e incapaces de ver más allá de sus propias fronteras.
Un niño que muere por esas causas alcanza a ser llamado mártir. Mártir del siglo XXI.
Quizá sin certeza de las razones que lo llevaron a fallecer.
Sin culpa alguna de lo que ocurría cuando sus padres decidieron depositarlo en el bote donde pasó sus últimas horas.
Víctima inadmisible de esta época nuestra cerrada al rostro, permisiva y tolerante a la barbarie cotidiana, repetida, que en el momento en que usted lee estas líneas no ha cesado y muy probablemente cobra nuevas vidas que no alcanzaran a ser imagen, y que no por ello dejan de ser.
Carlos Castillo es director de la Revista Bien Común.