Opinión

Ante el populismo: educar en la democracia

MA
Por Maricarmen Rizo
opinon reding Por Salvador I. Reding Vidaña. Los populistas son, precisamente, populares y vendedores de ilusiones, con sentimentalismos se crean la imagen de defensores de causas populares, “hablan bonito” y reparten dádivas oportunas. Ofrecen castigar a los malos. Una vez en el poder, empiezan a hacer lo que les viene en gana para su provecho material y/o político (o el sueño de “pasar a la historia”); franquean la legalidad, subrepticia o abiertamente, “olvidan” dar cuenta de sus gestiones y se vuelven soberbios, con la ventaja de un poder público que se los permite. Impiden, de menos a más, la libertad de expresión cuando se les critica, acusa y exige, y usan el poder sobre medios de comunicación para vilipendiar a sus detractores o críticos, y finalmente usan la fuerza para anularlos, encarcelarlos, desterrarlos o matarlos. ¿Tienen los pueblos los gobiernos que merecen? Cuando libremente eligen, sí, para bien o para mal, según el caso. La historia política de elecciones más o menos libres está llena de casos de populistas elegidos por aclamación popular, con urnas o sin ellas. Los pueblos han encumbrado ídolos sociales que los llevarían a la ruina económica, y/o a alguna forma de dictadura, y luego tratan de corregir su mala elección por medios violentos: golpe de Estado, levantamiento armado o motín callejero. Las lecciones de democracias que encumbran populistas abundan en América Latina. Cansados de dictaduras, incompetencias ejecutivas, corrupción y prevalencia de intereses de grupo o clase sobre las necesidades de la población más necesitada, los pueblos han visto a los populistas mesiánicos como sus salvadores, pero ¡oh sorpresa! Han tenido peores remedios que sus males. La desesperación es madre de muchos errores y políticamente es esperarlo todo y rápido del populista mesiánico, que salvará a la sociedad casi en un abrir y cerrar de ojos. Pero finalmente los gobiernos populistas han costado mucho a sus pueblos en términos de libertad personal y empobrecimiento (o estancamiento), en vez de desarrollo, y para efectos electorales: vivir una democracia simbólica. La retórica política populista y/o manipuladora han llevado al poder a personajes tanto maniáticos como incapaces de gobernar. Algunos, populistas de larga carrera política y otros surgidos de pronto, de la nada, “de la sociedad civil”.   Educando al ciudadano El ciudadano debe aprender a distinguir lo que es un buen político popular de un mal político también popular, pero por populista. Personajes como De Gaulle, Churchill o Roosevelt hicieron mucho bien a sus respectivas patrias, siendo populares, más no populistas. ¿Qué hacer para que las masas populares no eleven al poder a líderes populistas? EDUCAR EN LA DEMOCRACIA. Es un proceso necesariamente continuo, a la mayor escala posible, enseñando al ciudadano el análisis sereno de personalidades, de propuestas electorales, discursos políticos e informes de gobierno, que evalúe si realmente podrán resolver sus problemas. También requieren análisis las doctrinas de partidos, plataformas ideológicas, declaraciones de principios y sobre todo su experiencia de acción política y si la hay, de gobierno. Pedir al ciudadano que “razone su voto” sólo sirve relativamente, al ser el hombre razón y emoción. Lo ideal es educarlo a usar más la razón (¡e intuición!) para saber lo que a futuro le conviene, no de inmediato, a no dejarse embaucar con sueños de opio, dádivas en efectivo, despensas o con ofertas incumplibles pero cautivadoras, porque no habrá dinero que alcance. La gente debe saber distinguir entre manipulación y convencimiento, o mesianismo y liderazgo de servicio público. Este proceso educativo –más informal que formal– dará ejemplos que el pueblo conozca o pueda conocer (¡mírate en ese espejo!), diferenciará el regalo populista y las verdaderas soluciones a la pobreza, pero de la mano con lo que el populista, cuando le conviene, llama “descalificación”, es decir, la verdadera denuncia –veraz y objetiva– y exhibir sus mentiras, intolerancias, derroches, ilegalidades e incompetencias ejecutivas. La frase evangélica “por sus hechos los conoceréis” se aplica de maravilla: qué dice hacer el gobernante y qué hace en realidad. Deben hacerse ejercicios de análisis de ofertas políticas y de historiales de candidatos y partidos. Pero denunciar al populista y a sus segundos, fieles seguidores, debe hacerse con toda certidumbre, sin caer en calumnias o difamaciones como él, pues su popularidad hará que quienes lo apoyan o defienden, vean todo como una afrenta y reacciones en su favor, pacífica o violentamente. Democracia sana es madurez de juicio. En cambio, una democracia no educada, sin sentido de la historia para aprender de ella, tanto en cabeza propia como ajena, puede ser el peor enemigo de un pueblo que vota manipulado por líderes populistas, que les ofrecen el cielo y las estrellas ¡para mañana! Si un pueblo no es educado en la democracia y sus realidades o falsedades, elegirá a mandatarios equivocados, y una vez bajo su férula, no sabrá cómo salirse, también por vías democráticas y a corto plazo, de tan desesperante y costosa situación.   Salvador I. Reding V. es Coordinador del Consejo de Plumas Azules.
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.