Yourcenar, universal
Publicada el Lun, Jun 18, 2018

Por Carlos Castillo.

La historia de la civilización –del paso del hombre por la Tierra y el legado que de ello permanece– es una suma de culturas, de hallazgos y hazañas, también de azares y nombres que se preservan gracias a ese sentido que marca un parteaguas en la concepción propia de la especie y que es el registro de la memoria.

Conocemos de la trascendencia egipcia por la herencia que la Grecia clásica logró captar y que Roma recibió como depositaria, que a su vez fue el cimiento sobre el cual se erigieron los mil años de la Edad Media.

En diálogo con ese pasado y luego rompiendo con él, con la caída de Bizancio como gran impulsor, el Renacimiento volteó hacia el legado ateniense y dio forma y fondo a lo que el Barroco convertiría en otra de las cimas de un recorrido que siguió hacia la razón, soñó durante el Romanticismo y exploró, sin conquistar jamás del todo, un Oriente que siempre se mantuvo como un habitante lejano pero real y presente durante ese milenario recorrido.

Está, sí, la Historia para conocer los hechos y sucesos que de uno y otro lado de, con Octavio Paz, las laderas este y oeste, dieron forma a la historia humana. Pero junto con ese relato de lo acaecido están también espacios que quedaron relegados, destruidos durante las innumerables guerras, dispersos en los miles de saqueos, enterrados bajo siglos de olvido que terminaron por relegar obras, historias particulares, detalles que solamente la imaginación puede reconstruir pero que exigen de un conocimiento profundo y vasto de ese ayer preservado.

La obra de Marguerite Yourcenar ofrece al lector esa oportunidad de recorrer los pasos de la humanidad en sus grandes épocas, pero lejos de una suma de nombres, fechas y sucesos que son el límite frío del historiador. Para ella, ese es solamente el punto de partida: la imaginación es, además, el factor que logra llenar los vacíos de lo cotidiano, de la forma en que se desarrollaba la vida, la intimidad, la subjetividad de una serie de personajes que, en cada uno de sus libros, en cada uno de sus relatos, humanizan lo que en otros casos es solamente efeméride.

Yourcenar dialoga cara a cara con los habitantes del pasado. Los recrea, los inventa, hace la disección de su sentir, de su pasión, de sus lastres y de sus logros… Humaniza, en la más sublime acepción de la palabra, y escribe su relato con la gran Historia de fondo, desde la particularidad de mujeres y hombres que, imperfectos, blasfemos, ilusos, pecadores, son quienes padecen y gozan, los que viven y habitan la Historia.

Puede ser la Roma imperial desde el cúmulo de males y padecimientos que es el cuerpo enfermo y desahuciado de un emperador (Memorias de Adriano); también las andanzas de un médico en el tránsito entre la Edad Media y el Renacimiento, cuando un mundo no acababa de ceder a las razones de la revolución científica y otro no acaba de erigirse sobre los aún magros descubrimientos que transformaban la alquimia en química (Opus nigrum). O la frustración de un escultor que, ceñido a los cánones el Islam, tiene vedada la representación de la belleza humana (Cuentos orientales).

Autodidacta, educada por su padre entre museos y bibliotecas, viajera voraz y sedentaria indomable, el “nada humano me es ajeno” define el conjunto de sus libros, suma de memorias (¿Qué? La eternidad; Archivos del Norte), ensayos (Peregrina y extranjera; A beneficio de inventario), narrativa y poemas en prosa (Fuegos), acuarela de colores tenues donde conviven el tantra de la India, la isla de Lesbos, mitologías y credos, tabú, liberación y cautiverios, encuentros y desencantos, recuerdos y fantasías, frustraciones y cimas: todo lo que conforma el espíritu humano.

El 8 de junio se cumplieron 115 años del nacimiento de Yourcenar (variación de su nombre real: Marguerite de Crayencour) y su vida puede leerse con detalle en dos grandes biografías: la de Josyane Savigneau (Marguerite Yourcenar, Alfaguara) y la de Michèle Goslar (Qué aburrido hubiera sido ser feliz, Paidós); también desde su correspondencia reunida por Alfaguara (Cartas a sus amigos).

Sin embargo, tomarse el tiempo para leer o releer su literatura es la oportunidad de entrar a un mundo en el que cada lectora, cada lector, se sentirá identificado de una u otra manera, recordará lo leído o aprendido en cursos ya remotos y encontrará que, más allá de lo anecdótico, existe la posibilidad de que cada individualidad alcance el carácter universal porque es representación, reflejo y retrato del género humano.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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