Weimar: esperanza y decadencia de una república
Publicada el Vie, Jun 16, 2017

Por Carlos Castillo.

El final de la Primera Guerra Mundial ha sido descrito como una época de auge, reconstrucción y esperanza, que tuvo en Francia, con sus múltiples manifestaciones artísticas, y en Estados Unidos, con su consolidación como potencia internacional, dos epicentros que dieron continuidad a los logros y avances del por entonces ya extinto Imperio Austro-Húngaro de inicios del siglo XX.

En Alemania, en cambio, la derrota y las condiciones de la rendición complicaron el renacer de un país que desde la parte política y pasando por la económica y la social, padeció obstáculos en su intento por convertirse en una democracia que apuntalara el futuro, esfuerzo que enfrentaba, como en todo periodo de transición, un pasado que se empeñaba en afianzar su permanencia y un futuro que no era capaz de ofrecer certezas claras ni derroteros asequibles.

Ese periodo que va de 1919 a 1933 lo relata el historiador Eric D. Weitz en La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia (Turner, 2009), radiografía detallada, precisa y estimulante de un país que no obstante las complicaciones que padeció, pudo demostrar que virtudes colectivas como el orden, la disciplina y la innovación fueron capaces de superar por momentos escollos complejos: la crisis económica mundial de 1929, o las divisiones políticas y sociales que fueron aprovechadas por movimientos partidistas como el nazismo o la izquierda más radical, para atentar contra un esfuerzo que como péndulo se movía entre la paz y el conflicto constante.

El primer capítulo de este libro aborda el ambiente del país tras la llamada gran guerra. Una sociedad donde el hombre era minoría y la mujer asumía, en la fábrica o en el campo, los roles tradicionalmente asociados con el otro género, de forma tal que la emancipación femenina llegaba, al mismo tiempo que en otros lugares de Occidente, sólo que en Alemania mucho más por necesidad que por conquistas colectivas. Una sociedad asimismo donde la política vacilaba entre la exaltación aristocrática de la grandeza de un pueblo y los movimientos obreros que, bajo la inspiración de la Revolución Rusa, eran actores y testigos del nacimiento de la nueva sociedad de masas.

Con ese escenario social, un segundo capítulo invita a imaginar, a partir de una descripción que es un gozo para la imaginación, el Berlín de los años veinte: sus calles, sus cafés, los nuevos estilos de la arquitectura o el diseño urbano, la vida cotidiana de una urbe donde convivían el lujo y la miseria, establecimientos donde el jazz norteamericano alarmaba a nostálgicos de un pasado donde la música de cámara era esparcimiento exclusivo de las clases altas, la recién estrenada iluminación eléctrica con rincones oscuros donde el frío atentaba contra los menos favorecidos.

Una sociedad altamente politizada, así como una economía que se tambaleaba entre deudas externas, déficits y superávits que enriquecían y empobrecían a clases sociales cada vez menos distinguibles, abarcan la tercera y cuarta parte, que aborda la ingobernabilidad general, la mezquindad de quienes apostaban al fracaso de la democracia, la demanda de una figura autoritaria que restableciera un orden que, no pocos, preferían a la emancipación, liberalidad e inclusive libertinaje de una sociedad que habiendo crecido en el temor a perderlo todo, incluso la vida, frente a un conflicto bélico, elegía la vida disipada, inmediata y apresurada que ofrecía un nuevo tiempo.

Ese nuevo estilo de vida se aborda en los siguientes cuatro capítulos, donde se describen los avances de las artes y la tecnología que influían en la cotidianidad de la ciudad: la fotografía, los medios impresos, la cultura, la música, el arte, el esparcimiento y el ocio que se llenaban de colores, formas, objetos o instrumentos nuevos, modas y tendencias que apuntaban a una época inédita, y que como tal, influía en algunos, los más poderosos, miedo, rechazo o franca condena.

Esos que se obstinaban por una vuelta a los “tiempos dorados” del Imperio –las iglesias, empresarios a quienes el derecho de huelga, la seguridad social o la jornada de ocho horas mermaban ganancias o políticos de monóculo, entre otros– fueron quienes, a la postre, terminaron volteando hacia un movimiento naciente, el nazismo, que ofrecía conservar las tradiciones y las buenas costumbres, ordenar lo que se salía de los moldes tradicionales y devolver la calma a un país altamente inestable.

El último capítulo narra, así, el ascenso de Hitler y del nacionalsocialismo al poder: sus aliados, sus estrategias, su programa político, las promesas que sustentadas en la violencia y el odio fueron el germen de la Segunda Guerra Mundial, para concluir así con la República de Weimar e iniciar la promesa de un imperio que “duraría mil años”. Una historia sin duda apasionante la que relata Weitz, de esperanza y fracaso, de ilusiones y frustraciones constantes: relato de cómo la falta de un proyecto claro de país y los intereses gregarios, así como una economía incapaz de mejorar la calidad de vida de la mayoría, pudieron más que cualquier avance y fueron el caldo de cultivo de una de las más grandes tragedias de la humanidad.

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