Viviendo con el enemigo
Publicada el Jue, May 16, 2019

Por Mabel Salinas.

Keira Knightley se ha convertido en musa de la infidelidad en la cinematografía. Interpretó a una de las infieles más simbólicas y trágicas de la literatura universal: Anna Karenina –aún tiene pendiente a Madame Bobary–, también dio vida a Sidonie-Gabrielle Colette, quien mantuvo algunos amoríos al margen de su matrimonio; fue Joanna en Solo una noche, una mujer que se reencuentra con un viejo amor y arriesga su relación marital, o Georgiana, duquesa de Devonshire, quien mantuvo un peculiar y abierto arreglo matrimonial. Incluso, la actriz británica pareciera ser devota de las producciones de época, y en su más reciente filme, Viviendo con el enemigo (The Aftermath), convergen ambos factores temáticos y ambientales.

La adaptación de la novela Rhidian Brook nos traslada a la Austria de la posguerra cuando, cinco meses después del derrocamiento del nazismo, un contingente británico se queda a cargo de la región para reinstaurar la estabilidad. Sin embargo, esa definición de orden tiene diferentes significados para los oficiales. Para algunos, como en el caso de Lewis Morgan (Jason Clarke), debía ser humanista, respetuosa, cordial. Para otros, las células supremacistas de resistencia debían eliminarse con mano firme, sin titubeos y con balas de por medio.

Bajo este contexto de nacionalismo destrozado –los húngaros han perdido sus tradiciones e identidad–, igual que la mayor parte de la ciudad, Morgan recibe a su esposa Rachael (Keira Knighley), quien deja Londres para acompañar a su marido en su puesto. Tras su arribo, ella observa la destrucción, pero no deja que la afecte, pues, como muchos ciudadanos aliados, está convencida de ser del bando “correcto”, y se olvida de los daños colaterales o de los alemanes opositores de Hitler y obligados a mantener las apariencias ante el régimen nacional socialista.

Para ella, lo peor es darse cuenta que una de las casas que se mantienen en pie y en la cual vive su esposo pertenece a Stephen Lubert (Alexander Skarsgard), quien junto con su hija no sólo sobrevivió a la guerra, sino que aún habitan en la mansión y serán desalojados. Al final, su desarraigo se posterga porque Lewis Morgan les permite compartir morada, siempre y cuando los Lubert se mantengan en el ático y se apeguen a sus “zonas”. Este es el pretexto para que en Viviendo con el enemigo, Keira Knighley vuelve a tocarle la puerta a la infidelidad.

Con cadencia, la película de James Kent (Testamento de Juventud) explora los miedos, prejuicios y las incomodidades desatadas en las relaciones humanas una vez terminado el conflicto bélico. A cinco meses de distancia, la situación en que se ven obligados a convivir los personajes exige mucho de cada una de las partes a nivel personal y humano. Para unos, es un símbolo de conquista, otros deben lidiar con pérdidas materiales y humanas abrazados por un sentimiento de opresión.

Viviendo con el enemigo explora con sigilo, delicadeza y un magnífico diseño de producción –particularmente los edificios en ruinas y sus moradores expuestos a permanecer en hogares sin paredes o techos– los estragos de la guerra y su convivencia posterior. Vemos a sobrevivientes levantando escombros para rescatar cadáveres, a jóvenes que se rehúsan a dejar morir el nazismo, así como la tensión entre dos bandos “enemigos” tratando de reencontrar el significado de la paz.  Lo más loable son las actuaciones de Knightley y Jason Clarke. Ella siempre es sólida y a él nunca lo habíamos visto de esta manera: tan vulnerable, quebrado y desgarrador.

 

Mabel Salinas es Directora Editorial de enlaButaca.com y colaboradora de Cine Premiere

@mabsalinas @EnlaButaca

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