Vitalidad del humanismo político
Publicada el Jue, Feb 22, 2018

Por Javier Brown César.

En la III Convención Nacional del PAN, realizada en mayo de 1943, Efraín González Luna consideró que, al enfrentar el problema del campo, había dos criterios: el materialista, “que desprecia al hombre para subrayar datos que nosotros consideramos secundarios” y el nuestro, de un “radical humanismo político”. Ser radical significa ir a la raíz, que en el caso del humanismo político es la dignidad de la persona humana.

El reconocimiento de la eminente dignidad de la persona humana, como eje del humanismo político, implica luchar contra el olvido histórico del valor singular y único que cada ser humano tiene, por el mero hecho de existir. En los tiempos de González Luna, el marxismo reducía al ser humano a un fragmento de materia, hoy se dan diversas formas de materialismo que niegan la dignidad humana y minan sus posibilidades de desarrollo.

En la era del capitalismo global o de lo que Tzvetan Todorov llama ultraliberalismo, nos encontramos ante la realidad de sistemas capitalistas sin democracia y de la hegemonía del libre mercado sin libertad personal, o con la única libertad que se nos garantiza hoy: la de consumir.

Hoy parece haber triunfado una dinámica de globalización meramente material, basada en el intercambio de cosas o de personas tratadas como cosas. El globo, a decir de Carlos Castillo Peraza, es una esfera sujeta a tres revoluciones: “la de la internacionalización acelerada de los grupos industriales; la del desarrollo tecnológico cuya velocidad sólo tiene como límite la obsolescencia programada de las nuevas máquinas, y finalmente el ascenso, en términos de poder, de la esfera financiera, que tiende cada vez más a autonomizarse en relación con los otros componentes económicos”.

El mundo, en contraposición del globo, no es una comunidad material, sino humana, la misma palabra mundo (mundus) se refiere a un sitio habitado por personas: el mundo es el globo cuando se convierte en el ámbito propicio para el pleno desarrollo de la persona humana, como una realidad humanizada, como domicilio y hábitat de personas que todos los días se encuentran, colaboran y se solidarizan en un esfuerzo disciplinado por construir el bien común. Cada vez hay más globo y menos mundo, cada vez más personas cruzan las fronteras siendo tratadas como cosas, reducidas al carácter de clientes, electores y consumidores.

En este globo lo nacional ha cedido ante el creciente poder de lo transnacional, que no conoce fronteras, idiomas, ni límites, que busca aquellos paraísos con condiciones fiscales preferentes y salarios deprimidos, lo que produce la precarización permanente de la vida humana: hoy se generan empleos masivos mal pagados y se ata a las personas a maquinarias impersonales de explotación y sumisión. Lo transnacional no conoce lealtades, ni credos, valores, principios o naciones, a decir de Slavoj Zizek, se impone a los sistemas democráticos: “corporaciones transnacionales, que nadie ha elegido, pueden dictar las políticas de los gobiernos democráticamente electos”.

Esta dinámica global produce una desigualdad creciente: cada vez más personas tienen menos y menos personas tienen más. Hoy impera la transnacionalización del terrorismo, la criminalidad y la vida banal; la dinámica económica le da la espalda al dolor humano ante la creciente decadencia de los tradicionales centros de poder: los Estados nación.

En este orden mundial post-hegemónico el mercado ejerce una tiranía al parecer incuestionada, provocando la democratización aparente que se basa exclusivamente en el consumo de productos, generando amplias zonas de exclusión y una nueva clase precarizada, para la que lo más común es el hambre, la sed, la necesidad de justicia y de acceso a servicios públicos de calidad.

Pocas veces en la historia el género humano ha visto con tanta claridad las condiciones que llevan a la gradual desaparición de la vida. De la guerra fría del siglo pasado con su amenaza de hecatombe mundial hemos transitado a lo que Moisés Naím llama “guerra irregular perpetua”.

En este globo en que el modelo de los intercambios mercantiles parece ser hegemónico, el humanismo político tiene una vitalidad inusual: al hacer de la persona humana el centro y destinatario absoluto de la acción política, económica y social, reivindica el valor de la vida humana en el planeta, lo que significa luchar contra la pobreza, la ignorancia, el fanatismo sectario, la desigualdad, la marginación y la exclusión.

El humanismo político postula el carácter ético y espiritual de la política y promueve una nueva cultura planetaria caracterizada por la globalización de la solidaridad, como alternativa ante la “solitaridad” que afecta a millones de seres humanos, víctimas tanto del olvido como de la barbarie mercantilista.

Si la lucha política deviene estéril confrontación de ideas antagónicas, niega en sus raíces su cometido principal que, a decir de Manuel Gómez Morin, consiste en remediar males, en mejorar las condiciones de vida de las personas. Sin el compromiso denodado de luchar contra el sufrimiento, la política se convierte en un ejercicio descarnado de conquista del poder, sin razón y sin sentido.

Reivindicar el carácter espiritual de la política implica recuperar el valor de la palabra, para transitar de la desconfianza cotidiana a la construcción de redes sociales solidarias y subsidiarias que, con base en el diálogo y el consenso, colaboran para remediar problemas comunes, o sea, problemas públicos.

El humanismo político apela a lo más íntimo de cada uno de nosotros: a nuestro ser espiritual negado por materialismos y mercantilismos. Ante inercias mundiales que tienden a reducir al ser humano a cosa, el humanismo político se presenta como la alternativa necesaria para que nadie sea excluido del auténtico desarrollo, en un mundo que debe ser cada vez más solidario y humano.

 

Twitter: @JavierBrownC

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