Vigencia de Dostoievski
Publicada el Jue, May 24, 2018

Por Carlos Castillo.

Asomarse a los clásicos de la literatura es siempre una experiencia enriquecedora: su capacidad para ahondar en la naturaleza humana, a través del estilo y las características de su tiempo, proyecta situaciones que desde su particularidad arrojan luz sobre nuestra propia época, para de este modo reivindicar su condición de obras imperecederas, parte indudable de nuestra historia como humanidad.

La primera condición de un clásico es sobrevivir a lo largo del tiempo, y con ello demostrar su calidad de patrimonio universal. Su relectura es, asimismo, otra prueba, porque así mantienen una vigencia latente y siempre sorpresiva, a la espera de nuevos ojos y nuevas interpretaciones que sigan hablando a otras generaciones, construyendo así un diálogo que tarde o temprano se actualiza.

Fiódor Dostoievski es un ejemplo de esa doble condición de universalidad y revelación, inserta en las características de la novela del siglo XIX –cuya lectura exige del lector y llega incluso a ponerle a prueba–, en una época y un espacio geográfico –la Rusia zarista– que ya daba muestras de un fin de época convulso, rico en nuevas ideas y teorías, conflictivo en cuanto a un orden social con grietas profundas que anunciaban un cambio inminente y evidente… Una suma de contextos que son indispensables para comprender en su plenitud una obra vasta, extensa y prolija.

Costumbres que cambiaban y la respectiva resistencia de quienes se empeñaban en mantener el orden tradicional; una aristocracia que se alarmaba frente al empuje de una nueva clase –la obrera– que transformaba desde el paisaje citadino hasta los valores sociales; una serie de costumbres que eran remplazadas por nuevos modos, nuevas formas y nuevas modas, para ir poco a poco diseñando el mapa de un cambio de siglo que llevaría al viejo orden a sucumbir en los campos de batalla de la Revolución Rusa y la Primera Guerra Mundial.

Los personajes del autor ruso se encuentran siempre en esa encrucijada donde lo nuevo y lo viejo combaten y se enfrentan a veces en la reflexión individual, otras en los conflictos que se desatan entre las familias o la comunidad, algunas más en esa manifestación de la vida social que es el campo de la política. No hay en sus caracteres inocencia ni expiación: el conflicto nace del interior y se extiende a lo público, alterando la vida de quienes carecen de nuevos marcos y buscan ordenar su mundo en categorías que ya no corresponden con las exigencias de una realidad cambiante.

Tres son las principales novelas que demuestran esa vigencia que, hasta nuestros días, sigue planteando desafíos, lanzando advertencias y enseñando consecuencias acerca de situaciones límite donde la miseria humana o material asalta, ayer como hoy, para trastocar el orden establecido. En primer lugar, Los demonios, relato en el que la ideología juega un papel primordial y en cuyo nombre puede sacrificarse incluso la existencia de quienes piensan y actúan de manera distinta al canon que se impone, y que en ese ejercicio de libertad reflejan ya una nueva forma de entender la convivencia.

Crimen y castigo, por su parte, es la historia de quien enfrentado a la marginación que imponen la carestía y la necesidad, encuentra motivos para justificar el asesinato, pretensión que busca, al menos internamente, dar forma a un argumento que se convierte en la obligación de dignificar la propia existencia, y que en ese acto halla la perdición ante las leyes humanas, que se contradicen ante el padecimiento del hambre, la penuria y la desolación cotidianas.

Una familia es, en Los hermanos Karamazov, el escenario para que Dostoievski termine de tirar por tierra los lazos más íntimos y estrechos que unen a una comunidad, en una narración donde ninguno de los implicados desempeña el rol habitual que le corresponde: un padre que sólo lo es en cuanto al título, hermanos que desde la santidad, la locura o el crimen atentan contra su papel tradicional, relaciones en las que los sentidos opacan o desquician cualquier atisbo de razón, para demostrar que el egoísmo y el deseo personales tienen mayor fuerza, y la acción bajo su influjo que el arrepentimiento carezca de sentido: incapacidad para resarcir la magnitud del daño que se causa a un prójimo que pierde su calidad de persona, su condición humana, para tornarse mero instrumento de la voluntad de otros.

No hay salvación cuando se sobrepasan ciertos límites, podría ser la enseñanza que lega Dostoievski para nuestros días. Hay una frontera y atravesarla implica un punto de no retorno. O quizá sí, pero los agravios son tales que la reconciliación no logra trascender el sí mismo y reconstruir aquello que se ha roto en lo externo, en donde una herida y una grieta rompen los puentes por los que es posible volver al encuentro con el otro.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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