Urgencia y vigencia de Albert Camus
Publicada el Mie, Ene 29, 2020

Por Carlos Castillo.

El año 2019 fue escenario de una serie de protestas violentas que, sobre todo, sacudieron a Latinoamérica, Europa y Asia.

Los movimientos feministas en México, exigiendo justicia para las víctimas de la violencia contra las mujeres y acciones efectivas contra el feminicidio; en Bolivia, la oposición que terminó por echar a Evo Morales del gobierno; en Chile, el clamor contra un sistema social que poco hace por reducir las brechas de desigualdad… por mencionar los más sonados de la región.

En Europa, el movimiento contra el cambio climático se manifestó en diversas ciudades; en Francia, los llamados “chalecos amarillos” celebraron un año de protestas contra las políticas económicas de Macron; en Hong Kong, el año entero estuvo marcado por manifestaciones contra la extradición a China y la democracia.

Así, en cuestión de meses, las calles se llenaron de inconformes, de exigencias que la mayor parte de las veces recurrieron a la violencia y que, también la mayor parte de las veces, tuvieron como respuesta de las autoridades represión, intervención excesiva e inclusive brutal de la fuerza pública, en esa espiral que conduce a asumir al oponente como un enemigo, al inconforme como una amenaza, al crítico como un rival al que debe reducirse.

Más allá de las causas múltiples y complejas que han originado esa andanada de protestas, resulta llamativa precisamente esa crispación que pareciera extenderse como parte cada vez más habitual del debate público: monólogos que le hablan a sus iguales, que no quieren saber nada de quien piensa distinto, que se aferran a sus propias verdades y consideran falso, en el mejor de los casos, o ni siquiera digno de ser considerado, en el peor, aquellas posturas que no coincidan a plenitud con lo que se piensa de uno y otro lados.

Y esa tendencia se aprecia no sólo en las redes sociales sino, sobre todo, en el modo en que la vida pública se desarrolla en las principales democracias del mundo. La violencia que niega al otro su derecho a ser considerado, la inflexibilidad o el radicalismo llevados al grado de virtud, el todo o nada donde la política fracasa porque antes ya fracasó la palabra. El triunfo de la pereza mental de quienes reducen el mundo a dos opciones irreconciliables, donde sólo cuenta la visión incompleta y siempre limitada de lo propio.

Buen momento, sin duda, para recordar a Albert Camus, el filósofo argelino de nacimiento que supo como muy pocos, en medio del mundo bipolar que fue el siglo XX, salir de la comodidad de las concepciones cerradas para situar por encima de cualquier idea, opinión o postura política, a la persona.

La persona desde su complejidad y su diferencia.

La persona que vale por serlo y que debe ser considerada, escuchada, atendida desde sus ideas, sus costumbres y su cultura.

La persona que no puede encerrarse en ideologías, en dogmas ni en filosofías porque siempre –porque es libre– estará por encima de cualquier intento de reducirla o limitarla.

Camus falleció hace sesenta años y acudir de nuevo a su pensamiento es refrescante porque sus ideas gozan de una vigencia y una frescura que bien hace falta para arrancar del radicalismo a quienes incluso terminan por tergiversar la idea del bien al asumir que el suyo, su propia idea de bien, es el único posible y válida.

Y no se trata de ese relativismo que convierte a la persona en prescindible: es, por el contrario, asumir que la inabarcable naturaleza humana debe considerarse en toda la riqueza y multiplicidad que forma parte de cada persona.

No es casualidad, así, que El hombre rebelde sea ayer como hoy ese texto que celebra el momento en que alguien se atreve a decir no, porque ese no está lejos del capricho y es más bien el punto final a una situación de hartazgo que se torna insoportable para la existencia.

Tampoco lo es que El extranjero siga siendo, ayer como hoy, no sólo el inmigrante sino aquel que padece la injusticia de ser reducido a un acto y no entendido desde su complejidad (la película Joker es claramente esa voluntad de entender al diferente, al asesino, desde una existencia que no puede limitarse a un acto aislado).

Releer a Camus es así desempolvar el espejo de una obra que supo, ya desde el tratado filosófico, la novela o el teatro, pero también desde su propia biografía, entender que, en épocas de extremos, la prudencia y la mesura se señalan como timoratas, como debilidades, porque el triunfo del extremista es lograr que su interlocutor se vuelva también ciego a razones y se ubique en el otro extremo para que la conciliación sea imposible.

Camus supo librar la trampa del extremismo sin huir a la comodidad de las ideas y proponiendo como centro de todo pensamiento a la persona: por eso sigue siendo referencia, porque ni las ideas ni los dogmas lo llevaron a claudicar en su empeño de asumir al otro como interlocutor y no como rival.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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