Una novela urgente
Publicada el Vie, Sep 27, 2019

Por Carlos Castillo.

Escrita y publicada por primera vez a mediados de los años ochenta del siglo XX, la novela El cuento de la criada (Salamandra, 2017), de Margaret Atwood, ha vuelto a aparecer entre las listas de mayores ventas a raíz del lanzamiento, este 2019, de su secuela, Los testamentos, libro que apunta a ser el fenómeno literario del año y que coloca a su autora de nueva cuenta en la vanguardia del feminismo, en una nueva oleada que vuelve una y otra vez, cobra nueva atención, nuevas voces y la conquista de cada vez nuevos espacios y defensores.

Como lucha por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, el feminismo ha mostrado que la gradualidad, la institucionalidad y la legalidad son los caminos para los cambios profundos en los regímenes democráticos o no. Sin embargo, sus retos aún dejan ver las enormes brechas que hace falta librar y en las que, por fortuna, este cambio cultural avanza –nunca sin dificultades– entre sociedades donde los cambios en el lenguaje, las costumbres, los marcos normativos y la convivencia se modifican poco a poco para alcanzar sociedades más igualitarias y justas.

¿Qué pasa, no obstante, cuando un gobierno, una sociedad, unos usos y costumbres o un cálculo político decide frenar esos avances y ejercer un control radical de la vida pública y privada de las mujeres? Esta posibilidad, presente incluso en nuestro tiempo, y en mayor o menor medida, en no pocos países, es la que Atwood explora en El cuento de la criada, distopía que imagina –no sin grandes dosis de realidad– a los Estados Unidos de América sometido a un régimen autoritario en el que las funciones sociales de hombres y mujeres quedan establecidas, limitadas y controladas por un Estado que decide imponer a sus ciudadanas y ciudadanos roles específicos e inamovibles.

Para el caso de las mujeres, esa función social se limita a la reproducción: recluidas en comunidades cerradas y controladas, y donde solamente se aguarda a ser inseminadas en fechas específicas por varones elegidos por el régimen, la protagonista, Defred, así como sus compañeras, llevan una vida dedicada a labores establecidas y obligatorias: la cocina, la limpieza y los trabajos domésticos, encargados a quienes no pueden embarazarse; la vigilancia, ejercida por las de mayor edad, compromiso y experiencia; la compañía a varones, realizada por esposas que son simple ornamento; la maternidad, asumida por quienes por edad y condiciones de salud y comportamiento gozan de los “privilegios” de cumplir con una sola función social: perpetuar la especie humana.

Sin margen para la libertad individual, en el encierro físico y colectivo, la mente de Defred aún conserva la memoria de la época previa: un tiempo en el que la emancipación de las mujeres, las posibilidades de decidir sobre el propio ejercicio de la sexualidad, del trabajo o del modo en que se elija vivir, quedan suprimidos por una “emergencia nacional” que permite a un grupo ultraconservador erigirse como guardián de las “buenas costumbres”, de la “decencia” y de la “corrección”, todas formas de la imposición y el atropello, maneras de imponer una moral pública que se torna obligatoria y que como toda imposición lleva consigo la supresión violenta de los derechos.

Las estrategias para lograrlo son así diseñadas e impuestas a través de la coerción y en nombre de un “interés nacional supremo”: se llama perversión a todo lo que sea distinto a lo establecido por el régimen dominante y se apela a las “tradiciones” para justificarlo, se celebra la dominación de un género sobre otro, se condena cualquier intento de ejercicio individual de la elección, la crítica o el disentir, se tacha de “insumisas” a quienes buscan liberarse de los estereotipos de género… Nada muy distinto a lo que, por desgracia, hoy día sería probablemente el anhelo de quienes usan términos como “feminazis” para descalificar la lucha por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres.

Atwood describe de este modo un país y una sociedad donde la doble moral –esa que impone una conducta pública pero es incapaz de asumir sus propios preceptos de manera individual– es regla general para disfrazar la hipocresía y el absurdo; lo hace, además, desde un mundo imaginario que, como toda obra cumbre de la literatura, es un poco espejo de la realidad y otro poco construcción de la fantasía. Una fantasía que, hay que decirlo, en nuestros días sería la dicha y el gozo de quienes deciden a toda costa perpetuar estereotipos y roles, decidir quién tiene qué derechos, y, en suma, limitar todo aquello que sea diferente a una cada vez menos homogénea mayoría.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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