Una ciudad que cae
Publicada el Lun, Abr 22, 2019

Por Carlos Castillo.

Los registros históricos marcan el 16 de abril de 1945 como el inicio del ataque por parte del ejército de Rusia contra la capital alemana, Berlín, y que culminaría el 2 de mayo con la toma de esta ciudad y el inicio del final de la Segunda Guerra Mundial.

Películas, reportajes, teleseries y crónicas han recreado con lujo de detalle los diversos aspectos de aquellos últimos días: desde las video grabaciones en blanco y negro que muestran la destrucción de la ciudad y el avance de las tropas invasoras hasta recreaciones de los últimos días de Hitler, encerrado en su búnker y encerrado en sí mismo, derrotado en lo militar y derruido en lo personal, atrapado en la madriguera que terminó por ser su lecho de muerte.

Entre ambas fechas, la vida del berlinés común, de los ciudadanos de esa metrópoli en decadencia, apenas aparece documentada y suele quedar relegada frente al registro gráfico de las acciones bélicas o los nombres que encabezaron, mas no protagonizaron, aquella última batalla.

¿Qué ocurría pues entre aquellos que acudían expectantes y deseosos, algunos, aterrados y vencidos, otros, al fracaso de una idea que arrastró a la muerte a millones de seres humanos?, ¿cómo era la vida cotidiana entre bombardeos, células insurgentes, una autoridad ávida de hallar soldados entre viejos y niños porque ya no había manos suficientes, y la incertidumbre de días que se sucedían uno tras otro en busca de alguna información que esclareciera las nubes negras de incendios, desapariciones y agonía?

La novela Final en Berlín apareció por primera vez en 1947, se le relegó al olvido durante décadas y fue recuperada hasta el año 2015. Su autor, Heinz Rein, fue proscrito durante la segunda guerra, su obra prohibida y poco después reivindicada. Y la editorial Sexto Piso (2017) la pone a disposición del lector de habla hispana como una forma no sólo de reivindicar un libro que mezcla con maestría la crónica, el reportaje, la narrativa histórica y el testimonio sino, sobre todo, como un retrato de lo cotidiano, lo brutalmente cotidiano de una ciudad en guerra, a punto del colapso, en donde todo apunta a la decadencia y donde cada mujer y cada hombre se convierten en individualidades con un único objetivo: sobrevivir.

La división de capítulos que propone el autor semeja los apuntes de un diario que, jornada tras jornada, y a veces hora tras hora, registra las actividades de una célula de resistencia compacta y minúscula donde convergen católicos y miembros de la izquierda, desertores y médicos, rebeldes y veteranos, todos impotentes frente a un gobierno al que ya le importa poco si la acción del fuego propio daña a quienes debe proteger, y cuya principal misión es, más que defender una plaza, demostrar que el sacrificio en nombre de una causa perdida es aún válido y necesario, un deber que erige al líder supremo como dueño de la vida de sus gobernados-súbditos.

Así, junto a esos crudos avatares de lo humano, aparece asimismo la crítica a un régimen desde sus detractores, que exhiben el modo en que un sistema perverso sometió a un pueblo desde la cultura, las artes, y la propaganda; que destacan la manera en que a través de la educación militarizada, la separación de padres e hijos y la exaltación de las virtudes de la guerra como máximas en torno a las cuales debía construirse una nación, se logra transformar un orden social para dar una legitimidad que, a falta de la convicción libre, sólo puede usar diversos grados de la fuerza; que, en fin de cuentas, detallan las estrategias de quienes aprovechando la apatía y la indiferencia, dominan el espacio público para erigir un culto a la personalidad que se convierte en todopoderosa, poseedora absoluta de respuestas, hacedora única de preguntas, dictaminadora exclusiva del mal y del bien.

Rein ahonda así en las entrañas de la Alemania nazi para diseccionarla y exhibirla en sus más ruines bajezas, como escarba también entre las ruinas de edificios donde la muerte, el terror, la bajeza y lo más vil de la humanidad, pero también sus cimas más loables, se entremezclan para reflejar la desolación de un paisaje que hace de la destrucción y las ruinas una normalidad que termina por aceptarse o por lo menos, con la cual se aprende a convivir. Héroes que son tiranos, tiranos que se tornan ejemplares, valores y antivalores que se confunden ahí donde todo está al borde del colapso y los puntos de referencia se tornan confusos hasta desvanecerse y perderse.

Un texto extenso y sin desperdicio, necesario para entender cómo, incluso hasta nuestros días, la humanidad y los sistemas de convivencia que ha desarrollado terminan siendo frágiles si detrás de ellos no se encuentra la virtud de lo humano, manifiesta y expresada desde la pluralidad y la paz que permite la democracia, dispuesta a levantarse de la noche más oscura para construir y reconstruir nuevas formas de amanecer.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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