Una antropolítica para la oposición
Publicada el mar, Dic 11, 2018

Por Fernando Rodríguez Doval.

El nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador se ha estrenado con las mismas actitudes que el citado personaje ha mostrado durante décadas y que algunos, con cierta ingenuidad, pensamos que iba a modificar una vez que estuviera al frente de la Jefatura del Estado. Vemos a un Presidente que más bien se asume como el líder de una facción –desconociendo que entre sus votantes hay pluralidad de clases, ideologías y todo tipo de preferencias—, que polariza, que excluye, que divide, que abusa de la violencia verbal. Que lo mismo estigmatiza a “los de arriba” que a los que estudian en universidades extranjeras “y son hasta doctores”; que ha decidido voluntariamente dividir en dos a la sociedad y él convertirse en el jefe de uno de los dos bandos, en lugar de asumirse como Presidente de todos y convocar a la unidad.

Una pregunta que surca el horizonte político de este país es aquella que cuestiona la forma más eficaz de construir una alternativa a la hegemonía lopezobradorista. ¿Cómo lograr convencer a los ciudadanos que otra manera de hacer las cosas es posible y preferible? ¿Cómo hacerle ver a una mayoría que votó por AMLO que muchas de sus propuestas en realidad son ocurrencias de una mente autoritaria y mesiánica?

Hay que partir de una realidad nítida: Andrés Manuel López Obrador obtuvo el voto mayoritario de una sociedad profundamente agraviada. Una sociedad que considera, con razón, que la lucha democratizadora de los últimos 25 años ha servido poco para mejorar su nivel de vida. Una sociedad que ha visto morir violentamente a personas cercanas, después de la irracional violencia que se ha desatado en nuestro país en los últimos diez años. Una sociedad irritada por la descomunal corrupción de buena parte de nuestra clase política.

Frente a esa situación, López Obrador lleva dos décadas hablando en el lenguaje de la gente. Ciertamente ha polarizado, dividido, confrontado. La responsabilidad no ha sido su virtud. Pero hay que reconocerle que su comunicación ha sido efectiva. No recurrió a cifras técnicas, ni a retruécanos culteranos, sino que buscó aparecer como un personaje sencillo, franco, que apelaba a los valores más profundos de las personas. En su reciente campaña, AMLO llamó a hacer el bien (“es el principal de nuestros deberes morales”, escribió en su libro), a buscar la felicidad mediante la armonía con nuestra conciencia y con el prójimo, a redactar una Constitución moral inspirada en principios éticos.

La oposición a AMLO debe ser racional, pero también sentimental y emocional. Debe llegar al espíritu de las personas, no solamente a su cerebro. Es indispensable una política que sin ser totalitaria, si abarque la totalidad de las preocupaciones de las personas. Una política del hombre, como bien la bautizó en el siglo pasado el pensador francés Edgar Morin.

Morin afirmaba que en los últimos años del siglo XX se había vivido una paradoja en Occidente. Por un lado, los totalitarismos habían demostrado su fracaso, al pretender controlar todos los aspectos de la vida humana y convertirse en religiones laicas que a través de las revoluciones ofrecían paraísos terrenales que, en la mayor parte de las ocasiones, terminaron en auténticos infiernos. Pero, por otro lado, la política democrática se había vaciado de contenidos, se había fragmentado al privilegiar únicamente la gestión y la administración en detrimento de las ideas y de los proyectos de fondo. Las gestiones gubernamentales de los proyectos de centro-derecha en el mundo parecieran ir en esa dimensión. Es urgente, decía el filósofo francés, recuperar la política con una visión humanista, integral, multidimensional, que no se deje disolver por lo administrativo, lo técnico, lo económico. Una política, en suma, humanista, del ser humano. Una antropolítica.

He ahí una receta de cómo construir un relato alternativo al de López Obrador. Desde el humanismo político, la oposición debe volver a hablar con claridad y con posturas definidas acerca de los grandes temas humanos, de los valores, de la cultura, de los principios, del desarrollo integral, de la historia, del sentido de las cosas, de aquello que es capaz de estremecer a los ciudadanos y llevarlos a la acción.

 

Fernando Rodríguez Doval es Consejero Nacional

Twitter: @ferdoval

 

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