Trump, el Rey de los Unos
Publicada el Vie, Feb 17, 2017

Por Miguel Ángel López Lozano.

Al igual que ocurriera con Atila, el Rey de los Unos, parece que Donald Trump se ha propuesto no dejar rastro de hierba allá por donde pase. Apenas alcanzamos los primeros treinta días de su toma de posesión y ya ha logrado un hito histórico en cuanto a rechazo internacional de un presidente norteamericano.

De todos es sabido que la diplomacia norteamericana tiene que hacer un esfuerzo extra en muchos países del mundo para alcanzar su aceptación, consentimiento que se encontraba en sus cotas más altas tras el paso de la administración de Obama. Su origen y talante habían humanizado a una potencia que le costaba acercarse a países tan complicados como Irán.

Sin embargo, Donald Trump, debido a su tono y talante, está consiguiendo tirar por tierra el excelente trabajo de la diplomacia norteamericana de las últimas décadas. Por un lado, está generando controversias con países que han mantenido una estrecha relación con Estados Unidos, pero por otro lado, no hemos de obviar que ha creado corriente solidaria de líderes internacionales a raíz de los decretos presidenciales que ha firmado desde el minuto uno de su mandato, muchos de ellos con un marcado carácter proteccionista y xenófobo en algunos casos.

Muchos creíamos que tras su toma de posesión atenuaría algunas de las promesas electorales que podrían provocar alteraciones en sus relaciones con los países de su entorno. Pero por desgracia, tal y como lo anunció en campaña, se ha diferenciado del resto de los políticos tradicionales en que él sí está ejecutando sus promesas electorales desde el primer minuto, le duelan a quien le duelan.

Dentro de sus promesas, hay una que ha estremecido al mundo occidental: la orden ejecutiva de la construcción del famoso muro en la frontera con México. No le bastó con cumplir semejante amenaza, sino que reafirmó que Estados Unidos adelantaría el dinero para poder construirlo más rápido, pero a la vez prometió que después pasaría la factura a México, garantizando que le reembolsaría a su país “el cien por ciento del dinero”.

Semejante provocación tiene más consecuencias que la bravuconería de un presidente que pretende ganar legitimidad a costa de provocaciones. Las consecuencias para México son alarmantes. Trump comenzó su campaña focalizando un odio irracional hacia todo lo que oliera a hispano, concretando su amenaza en la población mexicana, no sólo anunciando deportaciones y el “muro de la vergüenza”, sino prometiendo que desconocería el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), imponiendo aranceles a los productos hechos en México. El peligro reside en que poco a poco está llevando a cabo sus promesas electorales.

El impacto que pueden acarrear estas medidas a la economía mexicana pueden ser demoledoras, ya que del total de exportaciones de México en el primer trimestre de 2016, 69 mil 547 mmdd tuvieron como destino la nación norteamericana, lo que representa el 81.7 por ciento del total. La balanza comercial de México con Estados Unidos en el mismo periodo dio un superávit en favor de México por valor de 25 mil 614 mmdd, superávit que permite financiar los déficits comerciales con las naciones asiáticas.

Estas cifras denotan la dependencia de México con Estados Unidos, representando las exportaciones que México hizo a la nación americana el 27.0 por ciento del PIB nacional en el año 2015. Si finalmente decide aumentar los aranceles un 20 por ciento, provocarían una caída del volumen de comercio exterior, afectando gravemente al PIB, elevando el tipo de cambio hasta unos niveles insospechados y aumentando la inflación por encima del 10 por ciento, lo que provocaría un duro golpe a las expectativas de crecimiento.

Pero el giro en la diplomacia norteamericana, que tiene en México a su principal damnificado, trae consigo un cambio de actitud relevante hacia el resto de los países de Iberoamérica, provocando un cambio de escenario que generaría una crisis que puede suponer a la vez una interesante oportunidad. De todos es sabido que crisis en japonés significa oportunidad, y ante esta amenaza en las balanzas comerciales de los países de Iberoamérica surgen como alternativa las inversiones de otro gigante que pisa el acelerador en sus inversiones: China.

Antes de las elecciones, ya anunciaba The Economist, en una de sus editoriales, que la política de Trump le abría una oportunidad dorada a China en un mercado que se le resiste, pero en el que puede alcanzar unas sinergias insospechadas para ambas culturas. Por un lado, los asiáticos mueven unas reservas que a medio/largo plazo pueden acarrearles una bombona de oxígeno ante un presumible pinchazo de su economía, y por otro lado, algunos países de Iberoamérica van a poder financiar infraestructuras que requieren de una inversión inexistente en sus países.

Aún es pronto para predecir que va a ocurrir en el tablero internacional, pero hasta ahora lo que hemos visto es que Donald Trump se ha propuesto erigirse como el nuevo Atila de la actualidad. Esperemos que poco a poco tome conciencia de que el poder debe estar al servicio de los dirigentes en aras de fomentar el bien común de sus conciudadanos.

Foto Donald Trump 2

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