Trincheras contra la vida posmoderna
Publicada el Jue, May 16, 2019

Por Carlos Castillo.

 

Nuestro tiempo trae consigo retos que, más allá de la cuestión social, de la convivencia o de la comunidad, enfrentan al ser humano contra sí mismo, lo enfrentan ante un vacío donde la individualidad, el egoísmo y, a fin de cuentas, la soledad, parecieran imponerse como reducto insalvable.

Las nuevas tecnologías y la virtualidad de las comunicaciones, que en un primer instante parecieron acercar más a las personas, terminaron por constituirse como una prisión donde, con acceso a cualquier cosa material, lo único que pareciera quedar fuera son los espacios de convivencia física, sustituidos por puntos de encuentro digitales que, en suma, no son sino algoritmos, claves binarias y aplicaciones que caben en la palma de la mano.

La diversidad del mundo pareciera entonces poder contenerse en un receptáculo que, de manera paradójica, abre cualquier horizonte capaz de imaginarse pero sujeta al ser a ser siempre espectador, testigo y pocas veces actor: una generación tras otra nacen en esta condición y, sin embrago, hay una a la que tocó asistir a un tránsito de lo real a lo virtual, que debió aprender y acostumbrarse a nuevas formas de entender la convivencia.

Michel Houellebecq da cuenta de esa generación y la retrata a través de Florent-Claude Labrouste, personaje de su más reciente novela, Serotonina (Anagrama, 2019), quien padece la depresión de saberse con la vida resuelta, con la estabilidad alcanzada pero, ante todo, con una falta de horizontes y un futuro incapaz de ofrecer alternativas que trasciendan más allá de lo material.

Este apego a los objetos, a lo que se puede pagar, es decir, este materialismo obcecado tiene en el propio estilo de la escritura un paralelo con el que hace ya cuatro décadas Georges Pérec manifestaba desde su obra: descripciones exhaustivas de productos, descripciones agotadoras de características destacadas con las que se busca construir la ilusión de que esa nueva adquisición, esa posesión, representa un logro que incluso podría tacharse de existencial.

Y esas descripciones minuciosas son asimismo las que ahondan en el pasado de Labrouste para detallar las relaciones con aquellas mujeres que han acompañado su vida, un recuento amoroso que desde la memoria de fracasos, de olvidos o de cimas constituye un recorrido que se extiende a lo largo de las 282 páginas que contiene esta obra.

Houellebecq construye así una vida que inspecciona y disecciona su propia biografía amorosa, que recapitula anécdotas, grandes encuentros o decepciones, rostros fugaces que se pierden en alguna anécdota y terminan cada uno por converger en un vacío –el presente­– donde la soledad pareciera instalarse como única alternativa, esa que acompaña viajes por carreteras abandonadas, encuentros con viejas amistades, parajes donde hoteles relegados son escenarios de una memoria que se exaspera y se llena de pasado, pero es incapaz de abrir rutas al futuro.

Todo ello lleva a un pasmo en el que cada búsqueda apunta al ayer, desde un presente que no encuentra puntos desde los cuales sostenerse: desarraigo que ve los sucesos acaecidos de manera fugaz, cada vez más borrosa y tomando la distancia que el propio tiempo impone. Una desesperación que se apodera de la existencia, que acude a la psiquiatría y sus recetas médicas para hallar soluciones capaces de paliar las consecuencias de un vacío que se expande y enceguece hasta el último resquicio de luz.

No obstante, queda un último puente capaz de conducir, sino a una salvación, sí a un consuelo. Ese paso es el que lleva al amor. El amor como la única forma de enfrentar una existencia que parece condenada, el amor y su fuerza en el recuerdo que, si bien no se materializa en una compañía, sí alcanza para arrojar la esperanza que sacude y se convierte en tabla de sobrevivencia.

Ese amor es el que, de manera inédita en la obra de Houellebecq, emerge como una fuerza que en medio de los escenarios más desoladores, logra instalarse y dejar en claro que los objetos o lo virtual, la estabilidad o la realización profesional, son indispensables más nunca suficientes. Serotonina se convierte en un homenaje a lo último que su autor entrevé como soporte y sostén de la humanidad: un sentimiento que trasciende hasta la realidad más oscura.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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