Tolkien: demasiada dulzura para demasiado dolor
Publicada el Mie, Jun 19, 2019

Por Mabel Salinas.

Desde muy joven, J.R.R. Tolkien se enfrentó a la pérdida. Primero su padre, luego su madre, su tierra y terminó viviendo con su hermano bajo el amparo de una mujer de sociedad de Birmingham. En vida no sólo lidió con la Primera Guerra Mundial, de la cual fue partícipe, sino que más tarde atestiguó el advenimiento del nazismo y sus consecuencias bélicas. No obstante, Tolkien, su acercamiento fílmico biográfico, se queda corto en los horrores y presenta una visión romantizada del dolor, del sufrimiento.

El motivo principal es que el filme del finlandés Dome Karukoski, escrito por David Gleeson y Stephen Beresford, es dulce y elegante en sus colores, fotografía, manufactura y musicalización. Pone una lupa fantástica a las desazones, la muerte, la injusticia social (apenas si hay apuntes sobre el clasismo de la Inglaterra previa a la guerra). Y esto tiene una razón de ser, pese a no ser reconocida por el Tolkien Estate (la organización legal que controla el patrimonio del autor).

Al hablar de J.R.R. Tolkien, uno de los autores de literatura fantástica más importantes de la historia, sus pesares se suavizan al alimentarse de imaginería. Una estructura no lineal nos presenta a un joven de mente intrépida, hambre de conocimiento e intelectualidad, en sus años formativos, el cual es interpretado por Harry Gilby. Desde entonces recorremos un desfile de influencias que más tarde lo llevarían a escribir El Hobbit, El Señor de los Anillos y El Silmarillion.

Éstas van desde la guerra misma, en donde él “vislumbra” –o alucina tal vez– esbozos del Ojo de Saurón o los Nazgûl; el Anillo del Nibelungo de Wagner, o el acompañamiento de un soldado llamado Sam –básicamente su propio Sam Gamyi– a lo largo y ancho de las ensangrentadas trincheras, mientras John Ronald Reuel Tolkien –“Frodo”– busca a su mejor amigo en la Batalla de Somme. Si bien las referencias y guiños a la obra que inmortalizaría a Tolkien pueden ser excesivas, trasladan al terreno visual lo que ocurría en la mente del brillante autor antes de siquiera consolidarse como tal. Antes de que sus historias y leyendas cobraran forma.

Para mostrar todo lo anterior, el filme nos traslada a los años mozos del protagonista, sus años estudiantiles y la comunidad que lo marcó. Ciertas similitudes a “La sociedad de los poetas muertos” hacen palpable la amistad entre Tolkien y tres compañeros de escuela: Robert Gilson, Christopher Wiseman y Geoffrey Smith en interacciones angeladas. De hecho, el cuarteto estableció su propia fraternidad llamada T.C.B.S. (Tea Club, Barrovian Society), la cual se conducía bajo un mismo grito de guerra: “Helheimer”. Era una especie de Carpe Diem, un himno para atreverse a hacer aquello que les generaba resquemor.

Tolkien oscila entre la fantasía, el drama y el romance. Una de sus líneas argumentales centrales es la relación entre el protagonista, interpretado por Nicholas Hoult en su versión “adulta”, y una joven que compartía su calidad de orfandad y vivienda: Edith Mary Bratt (Lily Collins), quien a la postre se convertiría en su esposa. Una presencia etérea y aparente inspiración de las subtramas élficas de su obra magna. A la par se inspecciona su otro gran amor: el lenguaje, su creación y estudio.

Es así como a través de su carga simbólica y el ensalzamiento de las artes, Tolkien habla sobre la importancia de la música, la poesía, la literatura, las palabras y sus significados para resarcir los males que arrasan. Son un vehículo para cambiar al mundo, para hacer creer y soñar. Para tener aventuras sin importar el tamaño o la circunstancia de donde se provenga.

 

 

Mabel Salinas es Directora Editorial de enlaButaca.com y colaboradora de Cine Premiere.

@mabsalinas @EnlaButaca

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