Tiempos que terminan, épocas que nacen
Publicada el Vie, Ene 26, 2018

Por Carlos Castillo.

Hay generaciones a las que toca ver finales y principios de época, siempre fruto de una guerra, de un cambio abrupto, de situaciones que transformen el orden de la realidad para arrojar, tras un tiempo de caos, una nueva manera de entender, enfrentar y vivir la realidad.
El siglo XX fue –con sus guerras mundiales y fría– uno que condensó sucesos cruciales en un transcurso breve de años, hechos que revolucionaron el desarrollo de la humanidad: no por generación espontánea, pues mucho de lo que ocurrió ya venía gestándose desde la centuria anterior, pero sí presentó desde su primera década una serie de acontecimientos que redibujaron desde las fronteras hasta el modo de interpretar la mente humana, con el psicoanálisis freudiano como telón de fondo.
Ahí está la gran Historia universal para conocer los detalles, hechos y nombres que protagonizaron una suma de cambios sin precedente. Están asimismo la historia de las ideas, de la ciencia o del arte para atestiguar sus manifestaciones, teorías e incluso objetos. Todo ello como parte de ese avance que de pronto comenzó a ser acelerado, vertiginoso, difícil de asir o prever, mucho menos de interpretar o entender en sus consecuencias futuras.
La senda de la aventura humana puede así estudiarse desde la destrucción de los valores que habían sido durante al menos mil novecientos años el sino de la civilización, y que la pensadora Hannah Arendt traduce en la inversión, ocurrida durante el nazismo, de la consigna “no matarás” por la de “matarás”, hasta la fusión del átomo capaz de borrar de la faz de la tierra ciudades enteras en segundos, o alumbrarlas transformando así la noche en un día perpetuo.
También puede hacerse el relato de cómo esos cambios afectaron la vida cotidiana de poblados que de ser minúsculos y marginales se convirtieron en centros urbanos, y es esa en apariencia irrelevante existencia de una comunidad la que el autor Goran Petrovic relata en Bajo el cielo que se desmorona (Sexto Piso, 2014), novela que sucede en la entonces Yugoslavia y cuyo escenario es una sala de cine en una aldea serbia.
La historia de la novela es la de ese tránsito de una alta sociedad local que acudía a las funciones ataviada en sus mejores galas, a un salón de oropeles, grandes telones y exquisitez decimonónica en el decorado, y que toma precisamente ese gran salón como principal protagonista de la narración. Personajes que crecen conforme el séptimo arte lo hace, envueltos en el ambiente de la oscuridad a la luz, de las películas mudas y en blanco y negro a la aparición del sonido y luego del color, desarrollando su existencia entre cortos breves que ceden paso a los largometrajes que consolidan actores, escenas entrañables y melodías célebres que las acompañan hasta convertirse en parte esencial de la memoria colectiva.
Un país que es parte de la entonces Yugoslavia, territorio de su capital, Belgrado, y sede del poder que al paso de los años encarnará en el mariscal Tito. Un régimen que, como lo hacía un mundo que resultaba ajeno al pequeño poblado, decidía qué era aquello que sus gobernados podían ver y dictaba las normas de una existencia que siempre con la sala de cine de fondo, transcurre entre el acomodador que pierde su razón de ser, las filas reservadas a la aristocracia que son tomadas por las masas, y la aparición de nuevas costumbres que merecen la reprobación de quienes crecieron en el orden anterior.
Crítica que se realiza en silencio, que hace sátira de las palabras prohibidas y elige bautizar a sus mascotas con el nombre de “Democracia”; que busca del mismo modo rescoldos de libertad para hallar siempre el final de un túnel donde la represión busca mantener el nuevo orden de las cosas. Hasta que, en medio de una función, la noticia de la muerte del dictador abre posibilidades de libertad y emancipación que se engrandecen con la caída del muro de Berlín, el arribo de la democracia y, en esa región, concluyen en una guerra civil de la que el mundo entero escucha pero nadie se esfuerza por evitar, mucho menos detener.
La ruptura de Yugoslavia y las masacres que la acompañan cierran los acontecimientos de ese siglo XX caótico y complejo, de esperanzas de libertad y padecimientos dictatoriales, de uniformados asesinos que resguardaban las calles y el hallazgo de un Occidente que ofrecía el consumo, la riqueza rápida y el materialismo como una alternativa que bien valía le pena explorar tras épocas de racionamientos, penurias y represión.
La elegancia y fastuosidad de la sala de cine que todavía era posible visitar en los años ochenta cede así su glamour ante la cultura popular, la de la homogeneidad y la moda que uniforma para igualar los gustos y las alternativas. Y el edificio que es testigo de esa evolución es la metáfora precisa para que Petrovic, con su trazo fino y detallado de personajes, su capacidad de encontrar la historia humana en las historias particulares, y una trama que recorre las vicisitudes del siglo XX, nos entregue la trama de un cielo que decorado con un gran candil y dibujado con la bóveda celeste, se torne un cúmulo de escombros de los que, como ocurre tras cualquier guerra, algo nuevo será, deberá ser capaz de crecer.

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