Tiempo de definiciones
Publicada el Mar, Jun 23, 2020

Por Humberto Aguilar Coronado.

Hace unos días, desde Minatitlán, Veracruz, en las instalaciones de la refinería, en el escenario más propicio para arropar la visión del país que impulsan las acciones del lopezobradorismo, el Presidente de la República pronunció uno de los discursos más viles y vergonzosos para la Democracia Mexicana del siglo XXI.

López Obrador llamó a los mexicanos a definirse a favor o en contra de su proyecto. El presidente advirtió que las posturas moderadas no tienen cabida en los años por venir; acusó que cualquiera que se le oponga es prácticamente un traidor a la patria, un agente al servicio de las oligarquías corruptas y un déspota decidido a mantener en la pobreza y en el sometimiento a los pobres del país.

Unos días después, desde el patio central del Palacio Nacional, otro escenario privilegiado, el Presidente dio a conocer un documento, cuyo origen, autoría y procedencia desconoce el gobierno, tal como, textualmente lo informó Jesús Ramírez Cuevas, Coordinador General de Comunicación Social y Vocero del Gobierno de la República, en el que se incluyen, como integrantes de un “Bloque Opositor Amplio”, además de a un nutrido grupo de personajes de distintos sectores sociales, a integrantes de los dos órganos del Estado mexicano centrales en la organización de los procesos electorales: el Instituto Nacional Electoral (INE) y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TE).

Con estos dos mensajes, independientemente de la lógica electoral que los explica, y sin profundizar en la posible intervención desde el gobierno en el proceso electoral del año próximo, el Presidente dejó claro su talante antidemocrático.

Frente a ello, la invitación a definirse a su favor o en su contra, se resuelve con naturalidad: todos aquéllos que defendamos la democracia como sistema de vida y de organización política, nos tenemos que colocar en el bando que combate a los autoritarios; todos los que creamos en la libertad de pensamiento, como sustento de la acción política, nos tenemos que alinear frente a los antidemocráticos; todos los que confiemos en la libertad de expresión como nutriente de la reflexión y la crítica, estamos obligados a enfrentar decididamente a los promotores de la mentira y la postverdad como herramienta de control político.

En los primeros veinte años del siglo XXI vimos cómo la democracia mexicana adquiría carta de nacionalidad en nuestras costumbres y quehaceres políticos. Nos acostumbramos a la alternancia política, al fortalecimiento de los mecanismos de control y a la proliferación de las herramientas de rendición de cuentas. Vivimos la normalidad de la transmisión de poderes en todos los espacios de gobierno y fuimos testigos del nacimiento y la consolidación de representaciones políticas y sociales de todos los grupos que convivimos en México.

Nunca, como en los primeros años del siglo XXI vivimos como una realidad que la nación mexicana es única e indivisible, a partir de su composición pluricultural. Supimos con certeza que todos cabemos en México y que desde el ejercicio de los derechos políticos, todos podemos incidir en el curso de la vida nacional.

En México se alcanzó un amplio consenso en el sentido de que las injusticias, las desigualdades y las crueldades que viven millones de mexicanos pueden y deben ser resueltas con decisiones tomadas en las urnas, respetadas por todos y, sobre todo, con acciones instrumentadas por los poderes legítimamente constituidos, con apego al Estado de Derecho y sujetas a las revisiones y controles políticos, jurídicos, electorales y sociales que prevé nuestra Constitución.

Ese consenso explica el arribo al poder político del movimiento encabezado por López Obrador.

Ese consenso explica la composición de las Cámaras del Congreso de la Unión y explica el avance de las reformas de rango constitucional que ha impulsado el Ejecutivo Federal.

Ese consenso explica el comportamiento institucional del resto de los partidos políticos nacionales, respecto al rol y a las responsabilidades que les corresponden en la actual realidad política. Ese consenso explica, también, el comportamiento de los medios de comunicación y la proliferación de voces críticas como parte del sistema.

Así, el exabrupto discursivo del presidente se refleja como una clara ruptura del consenso. Para el presidente la realidad plural del país no es parte de su riqueza, sino la explicación de sus frenos; la crítica no es parte de los valores que sustentan el sistema democrático, sino la manifestación de las conspiraciones en su contra; los disensos no se explican como una valoración de los méritos técnicos de las políticas públicas, sino como la prédica malsana y mal intencionada de voces que vieron desaparecer sus privilegios.

El presidente cree ciegamente que él, y sólo él, representa a la nación. Que su visión, y sólo su visión, caben en México. Que la resistencia a su proyecto y a los cambios que propone, aunque se manifieste con las herramientas de los contrapesos democráticos, deben ser erradicados de la vida pública.

Con toda convicción nos colocamos en contra de un proyecto cuyo sustento es la división radical de la patria. Mantendremos la resistencia frente a los discursos que quieren un México de buenos enfrentado a un México de malos; rechazamos un proyecto con visiones maniqueas y mantendremos nuestras posturas para representar y defender visiones de México y formas de quehacer público en las que creemos, pero que conviven con otras visiones y formas de hacer. Defenderemos nuestro derecho a ser parte de la patria y a aportar nuestra pasión y nuestros sueños por el bien de todos. Al final, estamos acostumbrados a defender a las instituciones de nuestro país, porque desde hace más de 80 años, nosotros ya éramos demócratas.

 

Humberto Aguilar Coronado es Director General de la Fundación Rafael Preciado Hernández.

Twitter: @Tigre_Aguilar_C

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