Testimonios urgentes
Publicada el Mar, Oct 24, 2017

Por Carlos Castillo.

Hay sucesos en la historia de la humanidad que por su crudeza, su terror o su infamia merecen ser contados y vueltos a contar: analizarse desde distintas vistas, revisarse cada determinado tiempo para entenderlos a la luz del presente, estudiarse a partir de nuevos documentos, hallazgos o testimonios que permitan ahondar en su significado.

La Segunda Guerra Mundial y la persecución y asesinato de millones de judíos fue el conflicto bélico más crudo y atroz que vivió el siglo XX. Nada volvió a ser igual después de Auschwitz o Hiroshima, y la paz que hoy se vive entre las naciones de Occidente nació, precisamente, de asumir a toda costa la certeza de que nunca más debía repetirse una época como aquella.

Han sido muchos los recuentos escritos, filmados, pintados y plasmados del tiempo que corre entre 1939 y 1945, nunca suficientes para retratar la extrema deshumanización de esos años, apenas los justos para tener una vista somera de lo que la guerra trajo a la vida cotidiana de cada persona que se vio envuelta en ella de manera directa o indirecta.

La de Françoise Frenkel es una de esas vidas a la que la vorágine bélica sorprendió en Berlín. De origen polaco, de antepasados judíos, dueña de una librería que fue centro de la cultura francesa de entreguerras en la capital alemana, su historia es la de muchos otros que, bajo el anonimato de la muerte que no tiene lápida o de la aniquilación que pretendía el olvido, no tuvieron ocasión de hacer el relato de su propia existencia.

Ella, en cambio, muchas veces por tenacidad, otras por suerte o también por cuestiones más cercanas a la providencia, pudo construir la trama de una sobreviviente que es escape en ocasiones y fuga la mayor de las veces, que es asimismo negarse a la resignación de su circunstancia para atreverse y no claudicar; historia que da la espalda al conformismo para hallar luz propia en medio de una noche impuesta y obligada; relato que incluso en su destino como libro, ya a salvo, en Suiza, y después de tres años de trashumancia, quedó en el olvido para, décadas después, ser hallado y rescatado de los saldos de una librería de viejo en Niza.

Es así como llega Una librería en Berlín (Seix Barral, 2017) a los lectores de habla hispana: tras un olvido que, cruda paradoja, fue el que la propia Frenkel intentó evadir en vida, y que se inscribe entre el género de la autobiografía. Con prólogo del Nobel de Literatura Patrick Modiano, este recuperar de la historia de una mujer en medio de la persecución y la tragedia es ocasión, también, para acercarse a lo que fue la vida cotidiana de millones obligados a dejarlo todo, muchos eliminados en la capital francesa o en aquellos pueblos ocupados bajo el régimen nazi, vejados hasta la ignominia, arrastrados por una vorágine enferma y destructora.

El éxodo de Frenkel por tierra gala, su esconderse, disfrazarse, resignarse, esperanzarse y volverse a decepcionar, cuenta con la compañía de seres excepcionales, algunos por su vileza –el que busca aprovecharse, extorsionar, sacar tajada en medio de la desgracia–, otros por su magnanimidad, arriesgando incluso el bienestar propio, desobedeciendo de manera silente y discreta pero efectiva al enemigo, ayuda a quien va tejiendo una serie de relaciones que le permiten comprobar que no todo está perdido, que mientras un ser humano sea capaz de erigirse frente a la injusticia es posible salvar a la especie en su conjunto.

Y es que se pueden aprender los hechos terribles de esa guerra en los libros donde las fechas, las batallas, los triunfos, los lugares y las derrotas opacan el padecer cotidiano de miles que, desde lo individual, se encontraron de pronto sumidos en circunstancias de las que era imposible evadirse: esa particularidad, esa microhistoria es precisamente la que la autora expone para lograr que, en sus propias palabras, “los muertos no sean olvidados ni los oscuros sacrificios sean desconocidos”.

Devolver su rostro, sus caracteres, su individualidad a ese anonimato es siempre una urgencia y un deber. Urgencia porque cuando el tiempo transcurre sólo van quedando las efemérides anónimas, y deber porque cuando el sufrimiento tiene un rostro, un sentir, una memoria, una humanidad propia, deja de ser una cifra o una estadística para convertirse en persona plena.

Y ahí es donde el testimonio se convierte en puente para abatir las distancias con el pasado, para hacernos partícipes de cuán importante es asumir el dolor ajeno como parte sustancial de la historia colectiva: la de un pueblo, la de un país, la de la humanidad.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias

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