Solidaridad, subsidiariedad y reconstrucción
Publicada el Mar, Oct 24, 2017

Por Javier Brown César.

Existe una fuerza social extraordinaria, que en ocasiones se manifiesta esporádicamente, pero obra como auténtico cemento de la sociedad: la solidaridad. Anclada en lo más profundo de nuestro ser, la solidaridad es un dinamismo fundamental, un motor de la acción colectiva que es insustituible y que parece estar dormido en sociedades en las que las formas comunes de relación con la autoridad son el individualismo o el corporativismo.

Los fundadores de Acción Nacional percibieron con gran claridad que el principal problema de México era la autoridad: su falta de representatividad, su obrar arbitrario, su forma de actuar buscando en todo momento el beneficio propio y no el interés superior de la Nación. La autoridad está en la base de muchos de los principales males colectivos: su ineficacia o su inacción son causas del peor dolor concebible: el dolor evitable.

Cuando la autoridad falla en el ejercicio de sus labores sustantivas, por acción u omisión, el costo puede ser tan alto como la pérdida de una vida humana, costo que es inaceptable en una sociedad democrática y solidaria. La peor injusticia concebible es la que se origina en el deficiente ejercicio del poder público, el cual debe estar sometido, de forma permanente, al escrutinio ciudadano y a la realización de los fines superiores de la colectividad.

Después de eventos que alteran de forma significativa la vida de las personas, se da el espacio natural para el ejercicio de la solidaridad; los desastres naturales suelen ser impredecibles, pero la organización para hacer frente a tareas de salvamento y reconstrucción debe realizarse bajo imperativos de solidaridad. Se debe cuidar que la acción organizada sea eficaz, que los recursos lleguen de forma directa a los afectados, que la sociedad actúe en todas las tareas necesarias para reconstruir el tejido social, en muchas ocasiones lesionado por las acciones y omisiones de las propias autoridades.

Carlos Castillo Peraza explicaba la solidaridad de la siguiente manera: “¿En qué consiste la solidaridad que es parte integrante de un Bien Común? En evitar los males evitables. En el mundo hay males inevitables: el ciclón, el terremoto, el granizo. Eso no lo podemos evitar; podemos remediar sus efectos; podemos ir a curar a los heridos, asistir a los que perdieron la casa, pero el granizo o el ciclón no lo podemos evitar, son males inevitables. ¿Cuál es el mal evitable? El mal evitable es el que un hombre le hace a otro hombre. ¿Por qué es evitable? Porque el que lo hace, por malo que fuera, tiene conciencia y se le puede convencer de que ya no lo haga, o se pueden poner leyes y mecanismos de coacción para que no le gane su mala voluntad”.

Como afirmaba Mauro González Luna, en un artículo publicado en el primer número de la revista Palabra, la solidaridad, de acuerdo a la afortunada expresión de Unger no es otra cosa que “el rostro social del amor”. “Fundada en la dignidad del hombre, la solidaridad representa el núcleo fundamental de la cultura”; como tal, es forma de expresión humana que impulsa a la persona a salirse de sí misma “y hacerse vulnerable a los demás, para aceptarlos como personas y no como objetos o instrumentos. Por ello la solidaridad se opone a todas las formas de individualismo”.

En los Pilares del humanismo se establece que: “La solidaridad expresa la relación mutua, esencial, entre la persona humana y la sociedad. No puede entenderse la existencia de la persona sin la sociedad, ni la de ésta sin las personas. La solidaridad es un dinamismo noble, básico; creativo e incluyente; ordenado, generoso y fecundo de la vida social, que impulsa la búsqueda del Bien Común”.

Como dinamismo básico la solidaridad está naturalmente volcada al prójimo, es una relación activa, en la que el llamado del otro es un imperativo ético fundamental para la acción decidida en su favor. Es la incondicionalidad ética en su más plena expresión: se da todo sin recibir nada a cambio; es dinamismo noble, porque su acción se orienta el bien de las demás personas, imponiendo la renuncia voluntaria al bien propio.

La solidaridad, para concretarse, requiere atender a la natural disposición de la sociedad, constituida por quienes son desiguales. A la espontaneidad propia de la solidaridad, le sigue el momento de la subsidiariedad, un imperativo del orden social que guía la organización de las tareas del Estado en aras de la reconstrucción de las condiciones materiales y espirituales de vida de las comunidades. Como afirmaba Carlos Castillo Peraza: “¿En qué consiste la organización racional de la solidaridad? En algo que el PAN dice mucho y que a veces no se entiende bien, la subsidiariedad”.

La subsidiariedad es garantía de la autonomía de las comunidades, se ha llegado a formular como “tanta sociedad como sea posible, tanto Estado como sea necesario”. Esta fórmula, a decir de Pedro César Acosta Palomino, está inspirada en Messner: quien postula que este principio exige una práctica de bien común ceñida a la norma fundamental de la libertad: “tanta libertad como sea posible; tantas restricciones como sean necesarias”. Y añade Acosta Palomino que la subsidiariedad: “Armoniza, no suplanta. Prescribe a personas y comunidades –mayores y menores- dentro de la sociedad, derechos y obligaciones que, al cumplirse, promuevan el bien común sin detrimento de los derechos y deberes que atañen a la persona”.

Ante manifestaciones espontáneas u organizadas de solidaridad, la autoridad verticalista y burocrática puede reaccionar con miedo o colaborar activamente con la sociedad, canalizando sus esfuerzos, potenciándolos. Cuando la autoridad tiene la capacidad técnica y la claridad en sus objetivos ordenados al bien común, su actuación suele acompañarse de un esfuerzo complementario, subsidiario, siempre orientado a atender problemas inmediatos con eficacia, transparencia y honestidad.

El momento de la subsidiariedad es cuando el Estado debe canalizar los esfuerzos de la colectividad, pero nunca reemplazándola en sus tareas sustantivas. Sólo la autoridad tiene a su mano los medios para la realización de grandes tareas colectivas, pero cuando ésta es ineficaz e ineficiente, cuando consume vastos recursos económicos sin resultados tangibles, se vuelve obstructiva e incluso dañina. La autoridad aporta recursos que la sociedad no tiene en el esfuerzo voluntario de reconstrucción de su vida.

Es un imperativo de la subsidiariedad que la autoridad deba actuar ahí donde la sociedad, por sus limitaciones naturales, no puede hacerlo. La subsidiariedad es la forma natural como la autoridad encauza los esfuerzos sociales, aportando mayor capacidad de organización, apoyos institucionales directos, esfuerzos coordinados para la atención de las comunidades que más lo requieren, ayuda inmediata a quienes han perdido personas, patrimonio y familia. Sólo así, la acción del Estado es eficaz, transparente y pulcra, porque está guiada por principios superiores que ordenan la gran tarea colectiva en que consiste la reconstrucción nacional.

 

Twitter: @JavierBrownC

Comentarios

comentarios