Siria, un polvorín en ebullición
Publicada el Jue, Abr 20, 2017

Por Miguel Ángel López Lozano.

Donald Trump se ha propuesto ser el perejil de todas las salsas, no ha cumplido el primer año de mandato, y tal y como anunciamos en esta misma revista, acelera los pasos para emular a Atila, el rey de los Unos. Sus provocaciones van camino de ser el centro de las preocupaciones de la Comunidad Internacional, pudiendo dar lugar a enfrentamientos incontrolables. En las últimas semanas ha bombardeado Siria, ha trasladado portaviones a Corea del Norte, y ha titubeado con China. Los frentes se multiplican para la diplomacia norteamericana, que tendrá que hacer malabares ante los desaires de un presidente que ha olvidado que el concepto de llanero solitario no tiene cabida en un mundo que prioriza la estabilidad ante los conflictos.

Tras seis años de interrumpidas batallas entre una amalgama de grupos, disidencias, terroristas y fanáticos que han provocado un éxodo sin precedentes, el conflicto sirio vuelve a las portadas de los medios internacionales a raíz del primer ataque militar en territorio soberano de la administración Trump. Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, hasta marzo de 2017, la cifra de muertos es de 465 mil. Según la ONU, hasta marzo de 2017, 4.8 millones de personas han huido de Siria, la mayoría mujeres y niños, de los cuales, un 10 por ciento de refugiados ha buscado asilo en Europa. Un drama que no ha recibido la misma respuesta en los países de la Unión Europea, generando controversias humanitarias de difícil respuesta, debido a que entre los refugiados han penetrado en suelo europeo parte de los terroristas que han atentado recientemente. Según la ONU se necesitan 3.200 millones de dólares de ayuda para los 13.5 millones de personas, incluidos seis millones de niños, que requieren asistencia humanitaria dentro del país.

El conflicto sirio tuvo su origen hace seis años cuando un grupo de jóvenes fueron arrestados y torturados violentamente como castigo por unos grafitis revolucionarios en el muro de su colegio al calor de la primavera árabe. Acontecimiento que provocó mayores manifestaciones que exigían libertad ante un dictador cuya familia acumula 50 años de tiranía. Bashar Al-Assad ha usado la fuerza militar para intentar aplastar a la disidencia, lo que sólo ha servido para alentar aún más a los diversos grupos que ansían su salida.

Pero este conflicto tiene difícil lectura, porque como es costumbre en los países árabes, subyace una guerra entre diferentes facciones del islam. Por un lado, la disidencia, mayoritariamente Suní, y por otro, la familia del dictador, de confesión Chií Alauita. A ello, hay que sumarle los diferentes intereses en la región de los aliados y detractores, así como un tercer jugador, el Estado Islámico, que aprovecha la ocasión para instaurar su ficticio Califato entre Siria e Irak.

Dentro del conglomerado de grupos que desean la destitución de Al-Assad, encontramos combatientes moderados y laicos, el Ejército Libre Sirio (ELS), grupos islamistas y yihadistas (Estado Islámico), el Frente al Nusra (un grupo que en sus comienzos estaba afiliado a Al Qaeda) y los grupos kurdos basados en el norte de Siria, apoyados por Estados Unidos.

Pero a este difícil rompecabezas hemos de añadir los intervinientes internacionales, agrupados en detractores y simpatizantes del régimen sirio. Por el lado de los detractores y por tanto simpatizantes de los rebeldes, encontramos a Estados Unidos, junto con Reino Unido, Francia y otros seis países, quienes habían dirigido incursiones aéreas contra el Estado Islámico en Siria, pero había evitado atacar a las fuerzas del gobierno sirio.

Otro país que se ha sumado a la causa de la disidencia, es Arabia Saudita, con la intención de contrarrestar la influencia de Irán, su principal rival en la región. Para ello, ha enviado ayuda militar y financiera importante a los rebeldes, incluidos los grupos con ideologías islamistas. También hemos de incluir a Turquía que, asustada por el avance cerca de su frontera de las fuerzas kurdas, decidió apoyar al Ejército Libre Sirio (ELS). Finalmente, también han sumado el apoyo de otras potencias regionales, como Qatar y Jordania.

Por otro lado, Bashar Al-Assad ha encontrado en Rusia a su principal apoyo, que lanzó una campaña aérea sostenida en 2015 para “estabilizar” al gobierno sirio tras una serie de derrotas infligidas por la oposición. Irán, que es chiita, es el aliado más cercano del dictador sirio. Siria es el principal punto de tránsito de armamentos que Teherán envía al movimiento chiita Hezbolá en Líbano, el cual también ha enviado a miles de combatientes para apoyar a las fuerzas sirias.

La región vive horas decisivas tras el ataque de Al-Assad a su población con armas químicas. Estados Unidos reaccionó el pasado viernes con 59 misiles Tomahawk. Los actores se mueven, nunca podemos justificar un ataque, pero es llamativo como aquellos que callaron ante el uso de armas químicas sobre población civil por parte del dictador sirio, Basar Al-Assad, ahora se lleven las manos a la cabeza por la respuesta americana ante las bases militares de donde esas armas químicas.

Veremos cómo se posicionan los demás países y como actúa la Comunidad Internacional ante un drama humanitario que como se ha descrito, tiene diferentes aristas y difícil cuadratura.