Salvar la democracia
Publicada el Jue, Mar 21, 2019

Por Fernando Rodríguez Doval.

Se ha convertido en un best seller el libro Cómo mueren las democracias de los profesores de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Por sus páginas se hace un pormenorizado recuento de las acciones que llevan a cabo los autócratas potenciales para destruir la democracia y perpetuarse en el poder. Acciones, paradójicamente, que casi siempre se hacen en nombre del pueblo y de un eventual perfeccionamiento de la propia democracia.

Uno de los mensajes que más se repiten en este libro es que no basta con que exista un diseño institucional proclive a los equilibrios y a los pesos y contrapesos para evitar que una democracia pueda colapsar. Una democracia requiere también actitudes específicas de los diversos actores políticos para cuidarla y perfeccionarla día a día. Ninguna democracia está totalmente blindada contra posibles dictadores. La democracia requiere reglas e instituciones, sí, pero también demócratas.

En este sentido, hay dos elementos que Levitsky y Ziblatt mencionan como indispensables para que la democracia pueda pervivir: la tolerancia mutua y la contención institucional. Hablaremos brevemente de cada uno de ellos.

Tolerancia mutua significa reconocer en el adversario político exactamente el mismo derecho para acceder al poder que el que tenemos cada uno de nosotros. Implica dejar de verlo como un enemigo a exterminar para darle la condición de adversario legítimo al que se le deberá combatir por medios estrictamente democráticos.

El lenguaje y los términos que se utilizan son un buen indicador para medir qué tanta tolerancia mutua existe en un sistema político. Es alarmante, por ejemplo, que el presidente Andrés Manuel López Obrador utilice prácticamente a diario términos despectivos para referirse a sus adversarios: “fifís”, “mafia en el poder”, “conservadores”, “neoliberales”. Que un Presidente de la República actúe tan maniqueamente y se comporte como un líder de una facción y no como un Jefe de Estado es algo que debiera preocuparnos a todos. La polarización que provoca el Presidente de la República es innegable: basta echarse un clavado por las redes sociales para observar la forma en que sus seguidores repiten sus proclamas con una violencia verbal que no está lejos de la violencia física. Si al adversario político se le niega esta calidad y se le estigmatiza, entonces prácticamente cualquier cosa está permitida con tal de destruirlo.

La contención institucional supone que un gobernante tenga la convicción de que debe autolimitarse a la hora de ejercer el poder y que no todo lo que puede llegar a ser estrictamente legal es correcto o conveniente para la democracia. Levitsky y Ziblatt mencionan con insistencia un ejemplo: en la Constitución de los Estados Unidos no se establece con precisión el número de magistrados que debe tener el Tribunal Supremo, por lo que un presidente podría, legalmente, nombrar al número de magistrados que quisiera con tal de asegurarse una mayoría afín en el máximo órgano judicial del país. Sin embargo, son muy pocos los que lo hicieron y hace ya bastantes años. Desde hace varias décadas a ningún Presidente de Estados Unidos se le ha ocurrido una iniciativa semejante, porque están convencidos de que ello afectaría profundamente la convivencia democrática y desequilibraría las reglas del juego.

En este rubro, hay que reconocer con tristeza, que nuestro país está en pañales. Tanto Peña Nieto como López Obrador han abusado de su mandato legal ejerciendo el poder sin una contención democrática. Ejemplos sobran. Hace unos días se dio a conocer que la Procuraduría General de la República exoneró a Ricardo Anaya de los delitos de los que se le acusaban durante la campaña electoral del año pasado, con lo cual quedó claro que hubo toda una estrategia, orquestada desde la oficina presidencial, para descarrillar la campaña del candidato frentista, con las consecuencias que ya todos conocemos. Ahora, vemos al presidente López Obrador abusar de su poder para, entre otras muchas cosas, proponer ministros de la Suprema Corte de Justicia completamente incondicionales, incluso si ello implica postular a personajes completamente incompetentes para el cargo o, peor aún, con severos conflictos de intereses; o utilizar a las instituciones para perseguir a sus adversarios.

En materia democrática México está viviendo una clara regresión. Los síntomas son claros y ningún sentido tiene negarlos. Estamos a tiempo de evitarlo sólo si somos conscientes de que será necesario un gran pacto entre demócratas, independientemente de ideologías, para salvar la democracia.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval

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