Regímenes de la doble moral
Publicada el Vie, Ago 28, 2020

Por Carlos Castillo.

Un país construido sobre la pureza, sobre la pulcritud, sobre el lugar específico que cada mujer y cada hombre, de acuerdo con la tradición decidida por unos e impuesta a los más, deben desempeñar: así es Gilead, el lugar que hace treinta años la escritora canadiense Margaret Atwood ideó para dar vida a su novela ya clásica El cuento de la criada.

Lugar mítico e imaginario que, no obstante, toma de cada uno de los totalitarismos que acompañaron al siglo XX elementos para trazar lo que ocurrió cuando en Estados Unidos un grupo radical tomó por asalto el poder, canceló las libertades e impuso un orden basado en los parámetros de un sistema patriarcal que, elevado a categoría de régimen, fue decretado para todo un país.

Tres décadas después, Los testamentos (Salamandra, 2019) retoma la distopía de Gilead a través de la vida de sus principales protagonistas: la autoridad central, militar, masculina, impositiva; la autoridad moral, femenina, sutil pero enérgica; las mujeres que cumplen su papel de madres, de sirvientas o reproductivas, de acuerdo con su estamento social; la disidencia que, desde el vecino Canadá, se organiza para denunciar las atrocidades de un régimen instalado sobre la moral elevada a rango de ley y el cese de toda libertad.

Las historias de cada una y cada uno se entrelazan en la narración para condicionar destinos y construir una trama que, poco a poco, va revelando la perversidad que se esconde detrás de las apariencias.

Al interior del país, lo que se ha instalado como la “tradición” exhibe su origen criminal, sus costumbres salvajes, sus convencionalismos acallados y aceptados pero constitutivos de un orden que se erige sobre el miedo, la violencia, los estereotipos convertidos en normas y los roles sociales obligados con tal de preservar una estado de las cosas que, como ocurre en todo régimen absolutista, termina por derruirse desde adentro y por obra de quienes, ya en la vejez, caen en la cuenta del costo que se pagó con tal de no separarse de una idea.

La similitud, así, con los totalitarismos, es clara y velada: el ideal al que la realidad debe ajustarse, la perversión de los medios y los fines que llevan a justificar y a convertir en necesaria la delación, la tortura, la desaparición o el encierro; los muros para resguardar lo prohibido, lo que no puede ver nadie más, lo que es solo beneficio de una clase dirigente.

Y ahí están entre líneas pero con precisión Corea del Norte o Cuba, Trump y Venezuela, Bolsonaro, López Obrador o el bloque socialista durante la guerra fría. Ahí están asimismo los moralismos actuales que, en nombre de conservar unas costumbres que atentan contra los derechos humanos y los condena por no ajustarse a intereses gregarios y cerrados, son capaces de asumirse como determinantes de quién tiene derecho a expresarse y quien no.

Ahí están también las posturas absolutistas y las polarizaciones, el todo o nada donde todo aquello que provenga de alguien ajeno es descalificado y condenado al silencio o a la opresión. Ahí está esa cultura que no tolera la crítica ni el diálogo porque no hay razón fuera de la propia, y todo ceder es derrota, y toda disidencia, traición.

La descomposición individual y colectiva que a la larga se desarrolla a partir de estas posturas lleva a que la doble moral se instale como forma de vida, o de sobrevivencia, tal y como ocurrió con el régimen soviético, tal y como ocurre cuando una sola ideología se impone y la realidad demuestra que ni toda la moral pública ni toda la prédica alcanzan para encerrar la diversidad y la pluralidad humanas.

Y entonces esa doble moral se vuelve regla hasta elevar la complicidad a canon de convivencia, en donde sobreviven quienes pueden esconder lo suficiente sus secretos y exhibir los otros, de manera que gana no el mérito o el talento sino la astucia, la saña y la venganza. Doble moral que atrapa en una espiral de silencio hasta que alguien entiende cuánto daño, cuánta energía desperdiciada en negar al mundo tal y como es, cuánto es que se desgasta y al final de cuentas se desperdicia en nombre de acallar y someter la libertad.

Margaret Atwood ha construido un retrato que, ideado en el siglo XX, logra insertarse plenamente en el siglo XXI a partir de describir esa siempre retornante tendencia a establecer mediante la fuerza aquello que la razón, el diálogo y los argumentos son incapaces de sostener: tan triste ayer como trágico hoy constatar que ese péndulo no deja de volver.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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