Puentes para una sociedad dividida
Publicada el Mar, May 26, 2020

Por Carlos Castillo.

Hay destinos que intentan trazarse desde la cuna: nacer en un lugar determinado, en un entorno social preciso, conlleva una serie de ambientes y situaciones que dan forma al espacio vital de la persona, eso que se llama ambiente familiar y que se extiende hasta reforzar una especie de muro donde lo común y lo similar se repite y se reproduce.

Esta condición cerrada puede prevalecer a lo largo de la existencia y perpetuarse en tanto se mantengan los límites trazados y firmes, círculos delimitados que aborrecen de lo ajeno y de lo diferente, en busca de mantener una especie de protección frente a un mundo que fuera de sus fronteras se imagina hostil y amenazante.

De este modo se construyen y se consolidan las divisiones sociales que, en países donde la desigualdad parece un abismo infranqueable, aseguran que cada extremo se mantenga en su sitio, perpetuando dinastías y apellidos, permitiendo solamente que lo igual se relacione con lo igual, rechazando cualquier intento de intromisión por parte de quienes habitan en el extremo de las brechas abiertas por ese azar que implica el nacer en uno u otro lado.

Guillermo Arriaga, en su novela Salvemos el fuego (reconocida con el Premio Alfaguara 2020), se asoma a esos dos universos irreconciliables que se dan cita en México: por una parte, la riqueza indiferente de quienes gozan los privilegios heredados y ven transcurrir sus vidas ajenos a ese otro país que desde la marginalidad, la pobreza y la miseria, sobrevive –cuando lo logra– entrampado en espirales de violencia que atrapan a todo aquel o aquella que intente liberarse de lo que podría parecer un destino ineludible.

El mundo que puede gozar y deleitarse con el lujo del arte y la opulencia, de un lado, y el crimen organizado como esa condena que al menos ofrece la posibilidad de alcanzar por un instante los beneficios de una sociedad donde el éxito se confunde con lo material, lo superfluo y lo banal. ¿Qué ocurre, no obstante, cuando esas murallas ceden a la libertad y las y los cautivos se arrojan a franquearlas más allá de las consecuencias que esa irrupción pudiera traer? ¿Cómo es que la libertad logra convertirse en esa fuerza capaz de arrancar, a quien sea capaz de soportarla, de lo que suele recibir el nombre de destino?

Una profesora de danza acomodada en los más altos círculos de la clase más afortunada encuentra así, siempre con el azar de por medio, un puente que la lleva a conocer a un presidiario que, si bien se distingue por una educación sólida fruto de un padre que logró salir del laberinto de la miseria, condenó sus días por un crimen en el que refulgen los instintos más básicos y primigenios de la naturaleza humana.

Y ese choque de dos mundos, ese encuentro violento entre quienes se asoman a lo ajeno siempre con recato y precaución, va poco a poco convirtiéndose en el hallazgo del otro, del diferente, con todo lo que las vistas de otros ojos, los olores de otro olfato o los sonidos de otras voces puede ofrecer a quien está dispuesto a abandonar prejuicios y dejarse llevar por aquello que lo distinto ofrece a quien está dispuesto a encontrar.

Las casas de campo para fines de semana alejados de lo mundano se entremezclan así con las celdas de prisiones donde la humanidad llega a cuestionarse y vulnerarse en sus últimos límites; las infancias sometidas a la formación rigurosa y cruda contrastan con la educación relajada y afortunada en la Europa clásica: las diferencias que al final dejan de importar para fundirse en una amalgama que para ser futuro debe abandonar su respectivo pasado.

Y en esa lucha que rompe distancias para obligar a tender puentes, el amor se convierte en el móvil más fuerte. Amor en estado puro, que sacrifica lo que sea necesario con tal de realizarse. Amor en estado salvaje, que trastoca lo establecido para intentar fundar un orden nuevo que aspira a dar la espalda a todo lo que no sea él mismo. Amor que rompe y reconstruye, que tropieza y se empecina, que arde de sí mismo hasta convertirse en hoguera que al menor descuido se convierte en incendio.

Una historia que desde las muchas voces que Arriaga ha sabido incorporar a su trabajo como escritor de guiones cinematográficos –Amores perros y Babel son de su autoría–, refleja a una sociedad dividida que condena y castiga la irrupción del otro, que mantiene espacios infranqueables para cualquiera ajeno a la tribu, que no obstante es capaz de, en silencio, en secreto, regalar un guiño de complicidad porque quizá en el fondo toda mujer y todo hombre saben que esos límites deben, tienen que lograrse franquear de algún modo.

El precio es alto. El camino complejo. La maravilla del hallazgo al otro lado de cada muro es, no obstante, el milagro del otro, el encuentro con lo diverso, con todo lo trágico y lo sublime que esa conquista puede ser.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

Comentarios

comentarios