Populismo: ¡al diablo con sus instituciones!
Publicada el Vie, Jun 16, 2017

Por Alan Ávila Magos.

Es evidente que en el país estamos pasando por una severa y bien merecida crisis institucional y como consecuencia, en la antesala de una crisis democrática. La gente confía cada vez menos en las instituciones que los representan y velan por sus intereses, y repudian con toda justicia a los titulares de las mismas que han llegado por el voto de confianza del pueblo, confianza que se han esmerado en defraudar. Existen análisis políticos que demuestran que la confianza en las instituciones está influenciada, además de por los malos resultados que los funcionarios públicos otorgan a sus electores,  por el interés y la participación activa en la política y en sus procesos; participación activa que se determina por el grado en el que el sistema responde a la participación de los ciudadanos, es decir, la creencia de cada ciudadano en su propia capacidad de incidir en los procesos políticos o la eficacia política de cada individuo, lo cual nos muestra que la confianza en las instituciones públicas depende de los resultados que den los dirigentes de las mismas y la influencia real que puedan tener los ciudadanos en las decisiones políticas a partir de su participación activa.

Ambos aspectos que aportan a la consolidación de la confianza en las instituciones están notoriamente en crisis y los grupos políticos mexicanos tienen que hacer algo más que dar un buen discurso para recuperar la confianza perdida y para estructurar un proyecto firme que permita responder a la participación política de la ciudadanía. Obvio es que esto no se va a lograr de un momento a otro y que no habrá un remedio mágico para revertir la crisis de las instituciones y de la participación ciudadana.

Pero como dicen por ahí: “a río revuelto, ganancia de pescadores” y en medio de esta coyuntura política y social antes mencionada, hay un personaje como muchos otros en el mundo que quiere aprovecharse del momento para lograr sus enfermas aspiraciones de poder “legitimo”. Personaje que respeto, pero que al respetar más mi vocación política tengo que señalar por sus características y trayectoria; lo podemos describir a la par que se describe a otros oportunistas políticos que se venden como la esperanza de un país entero y que caminan entre la gente como mesías redentores y poderosos, como incuestionables hombres de verdad, como inmaculados seres morales, como víctimas de los malvados y compañeros de lucha del pueblo, como revolucionarios sociales que van cambiando conciencias y que evitan la debacle de los países y como personajes dignos de ocupar un lugar en la historia heroica, pero que en realidad son sólo políticos sin escrúpulos, arribistas que no tienen reales intenciones de cambiar las cosas por un bien común, sino que lo que quieren es centralizar el poder en su persona para lograr la satisfacción de sus ambiciones ilegítimas y las de sus cercanos, seres intolerantes cerrados al diálogo que no conciben pensamientos opuestos a los de ellos, llenos de intransigencia, capaz de sentirse que están por encima de las instituciones, políticos que son en su naturaleza antidemocráticos y que en consecuencia son dictadores en potencia.

Con la crisis que atraviesa Venezuela es fácil ubicar en esta descripción a Nicolás Maduro y por relación de ideas pensar en Hugo Chávez, Fidel Castro, Rafael Correa, Evo Morales, Lula Da Silva o el recién electo Donald Trump, entre otros ejemplos, pero estoy seguro que igual de fácil es que a cualquier lector de este texto se le venga a la mente Andrés Manuel López Obrador, político que lleva 12 años buscando ser presidente y que en esta carrera se ha caracterizado por su populismo y demagogia, su intransigencia e intolerancia y por su ambición innegable y enferma de poder.

La situación en países hermanos del continente americano es un claro ejemplo de esta situación y debe hacernos pensar como políticos y más aún como ciudadanos en mejores estrategias para evitar lo que puede convertirse en un completo caos. En los últimos años, los líderes populistas latinoamericanos (en su mayoría de izquierda) han ganado espacios en el poder dejando a su paso devastadores resultados, esta tendencia se ha generado por distintas situaciones en cada uno de los casos que se han presentado, pero sin duda tiene el común denominador antes descrito: el  espíritu refundacional de los líderes mesiánicos que aprovechan la crisis institucional y del sistema representativo, y que hemos visto en países como Cuba, Brasil, Ecuador, Argentina, Bolivia o Venezuela con consecuencias lamentables por sus modelos económicos insostenibles y su autoritarismo.

Hoy, los políticos que tenemos vocación real de servicio tenemos enfrente dos tareas ineludibles: demostrar que se puede confiar en nosotros a partir de nuestro trabajo y nuestros resultados, y de la proyección de una agenda política que cumpla con las necesidades del país y se adapte a este tiempo de cambio en la percepción de la política y de la participación, en otras palabras, hacer política de la buena poniendo el ejemplo. Tenemos que trabajar por construir puentes de unidad y alianzas entre los políticos que trabajamos para servir a nuestro país y que creemos en que la esperanza de México está en el ejercicio legítimo de la democracia y de nuestros derechos políticos y no en las ideas utópicas de un hombre. En Acción Nacional tenemos está firme convicción y hemos logrado avanzar para lograr este objetivo y desde la Secretaría Nacional de Acción Juvenil estamos comprometidos con esta causa, porque está en nuestras manos dar a los mexicanos el gobierno que merecemos… ¡Se puede!

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