Política maniquea
Publicada el Lun, Abr 22, 2019

Por Javier Brown César.

La democracia tiene la virtud indiscutible de no imponer sino de tolerar, de en lugar de estigmatizar a los diversos, abrazar la pluralidad; para la democracia y los demócratas el primer principio fundamental es lo que los griegos llamaban eleutería, la libertad. Así, la democracia garantiza la libertad para disentir sin ser vituperado, para ser diferente sin ser estigmatizado, para criticar, aún sin razón, sin ser asediado ni vejado.

La democracia tiene muchos enemigos y pocos aliados, es un régimen frágil, con instituciones que pueden ser vulneradas, con leyes tolerantes que pueden ser violadas en ocasiones sin consecuencias graves; pero a pesar de sus debilidades, la democracia es mejor que los autoritarismos que se basan en la imposición y la confrontación, en la división y la política maniquea.

El maniqueísmo, religión fundada por el persa Mani o Manes, dividía a la comunidad entre elegidos y oyentes, siendo estos últimos los siervos de los primeros. La religión maniquea postulaba la existencia de dos principios: el del bien y el del mal, asociando este último a las tinieblas (Ahrimán) en clara y abierta contraposición al reino de la luz.

Por lo menos desde San Agustín de Hipona el maniqueísmo ha sido condenado por sus nocivos efectos para la convivencia humana: es contrario al cosmopolitismo, al universalismo y al pluralismo; construye sus cimientos sobre la base de la negación del otro concebido no como adversario o contendiente, sino como antagonista o enemigo. El otro se vuelve execrable, prescindible, sustituible, puede y debe ser recluido, perseguido, torturado, vejado, vituperado e incluso asesinado o masacrado.

La polarización maniquea comienza con el lenguaje: la etiqueta que se pone en la frente del otro, la descalificación a ultranza de quien se atreve a disentir. El término polémica tiene su raíz en el griego y expresa la guerra; con el maniqueísmo lo verbal se vuelve venablo, la palabra metralla y el discurso campo de batalla. Así, la política se convierte en lo que es para Foucault en seguimiento de Clausewitz: la continuación de la guerra por otros medios.

La lógica del maniqueísmo es la de la guerra justificada y justificable: si hay quienes pueden ser considerados como “malos” entonces no sólo es legal, sino indispensable acabar con ellos. Es la lógica de las películas de súper héroes y villanos, pero más preocupante aún, es la lógica de la guerra interminable, que renuncia a la política para instaurar la violencia, que confiesa abiertamente el fracaso de la diplomacia para promover la confrontación.

El maniqueísmo es hermano predilecto de la cultura del mural, aquélla de la que habló Carlos Castillo Peraza, como parte fundamental de nuestra identidad nacionalista revolucionaria. Los murales expresan una concepción de la historia mexicana maniquea: “Lados luminosos, personajes rutilantes y erguidos, escenas victoriosas, y lados tenebrosos, personajes grotescos y encogidos, escenas de desastre. Murales-destinos-manifiestos, sin parar mientes en los hechos: Cuauhtémoc perdió, pero como debió haber vencido de acuerdo con la partitura intelectual de la histórica, aparece pintado con los ganadores. Cortés triunfo, pero como según la misma pauta debió haber salido derrotado, aparece dibujado con los vencidos. O dicho de otro modo, los mexicanos divididos para siempre en nacidos para perder y nacidos para ganar, en tolerados como víctimas necesarias y predestinados como inevitables propietarios de la silla”.

La concepción maniquea hunde en el fango interminable de lo oscuro, de lo tenebroso, a todos aquellos no considerados como iniciados en el culto, de ahí su deriva ideológica que lleva a la estigmatización del diferente, del otro que no es como yo, o de los otros que no son como nosotros. En este afán separatista, el maniqueísmo es la base de una visión de la realidad que favorece y fomenta los extremismos.

El problema práctico del maniqueísmo político es el hecho de que alguien o algunos se arrogan arbitrariamente la capacidad de definir quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Este problema lo resuelven los autoritarismos y totalitarismos a partir de la imposición de una ideología. La ideología oficial sea cual sea y llámese como se llame, historia patria, doctrina política, filosofía, es el principio del fin de la tolerancia, de la apertura, de la pluralidad y del diálogo: es el colapso del ideal democrático, no sólo liberal, sino principalmente republicano, ya que este último postula la necesidad de una sociedad civil fuerte, organizada, ilustrada y participativa.

El maniqueísmo político introduce el oscurantismo en la realidad, es aliado fiel de la opacidad, de la negociación subrepticia, de los acuerdos privatistas, de las decisiones discrecionales, del dispendio sin rendición de cuentas, de la ceguera moral; y más grave aún, no sólo ha sido el padre de la improvisación y la irresponsabilidad políticas, también lo fue de Auschwhitz y del Gulag.

En la lógica de la confrontación y la división no hay reconciliación ni superación posibles, el estigma sobre los “malos” prevalece mientras existan. El maniqueísmo político lleva la confrontación estéril y absurda a los espacios donde no debería darse, en lugar de encaminar los debates por las vías institucionales; genera violencia innecesaria en calles, plazas y jardines, en vez de llevar la polémica a los foros y las ágoras por excelencia: los parlamentos y los cabildos.

Con la visión maniquea de la política se anula la pluralidad en aras de la simplicidad y se inmola la técnica en el altar de la ocurrencia sin mesura y de la improvisación sin media. El prejuicio hacia quienes son diferentes lleva en su seno las semillas del odio y la confrontación y puede resultar en la guerra civil encubierta o abierta, silenciosa o vociferante. Como decía Carlos Castillo Peraza: “Basta que una parte del todo nacional identifique a otra como “un extraño enemigo” para justificar el desastre político mayor, que es la guerra civil, aunque sea verbal. Ya ha sucedido”.

Oponer unos a otros, confrontar, dividir, fraccionar, son las mejores estrategias para destruir la democracia, devastar las instituciones, degradar la palabra, denigrar a los oponentes, legitimar latrocinios y atrocidades, legalizar lo ilegal, regularizar lo irregular y legitimar lo ilegítimo; son la puerta de entrada al mundo del autoritarismo abyecto y la puerta de salida de una democracia que creímos que era el peligro, cuando en el fondo, era nuestra gran oportunidad histórica.

 

Twitter: @JavierBrownC

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