Poesía en tiempos oscuros
Publicada el Mie, Dic 20, 2017

Por Carlos Castillo.

La Primera Guerra Mundial cortó de tajo el desarrollo del Imperio Austro-Húngaro, lo desmembró y dejó tras de sí las secuelas crudas y dolorosas del primer gran conflicto bélico del siglo XX.

Viena fue así, hasta 1914, la última capital europea donde el arte y la literatura competían con las grandes urbes del continente, Londres y París: espacio donde confluyeron ideas nuevas, formas de expresión que experimentaron con lo hecho para construir formas de expresión no vistas antes.

En los cafés vieneses se dieron cita el periodista Karl Krauss y su pluma incisiva y crítica, el novelista premonitorio de lo que vendría, Robert Musil, el dramaturgo August Strindberg, el genio delirante de Kafka, la fantasía histórica de Hermann Broch, las músicas clásicas de Strauss y disonantes de Schönberg, las formas rotas de Gustav Klimt y los colores deformes de Egon Schiele, la búsqueda de los enigmas del subconsciente de Freud.

Un vórtice donde se entremezclaron el talento y la creatividad, uno de esos momentos en los que el genio se instala en un espacio y tiempo determinados para revolucionar conceptos, romper paradigmas y abrir puertas nuevas al modo en que se descifra la realidad.

Con todo eso acabó la llamada Gran Guerra. Vidas humanas sacrificadas en el altar del expansionismo militar y un sinnúmero de artistas que se dispersaron a donde el destino pudiera acogerlos. No estuvo entre los segundos el poeta Georg Trakl; más bien, sucumbió ante los horrores de lo inenarrable, de lo indecible, ahí donde la palabra, como revelaría el filósofo Ludwig Wittgenstein, elige el silencio porque ya no hay nada por decir.

Silencio que enmudece frente a las atrocidades atestiguadas. Silencio que absorta la pluma porque más nada se puede expresar. Silencio que se elige y es condena, presidio del que sólo se escapa por la locura o la muerte.

Trakl eligió la muerte autoinfringida. El suicido que es el acto de egoísmo más puro, el problema más profundo de la filosofía, como querría Camus. Pasó sus últimos días en un manicomio en Cracovia, atormentado por lo visto en el frente de batalla, con la sensibilidad devastada como afuera se derramaban vidas en el más infame de los actos colectivos humanos.

La escritora Adriana Abdó recrea esas últimas horas del poeta. Horas que pasaban sin certeza de la noche o el día, en el encierro entre enajenados, con las voces hablando memoria y pasado porque la esperanza se encuentra mancillada al punto de clausurar cualquier atisbo de futuro.

El libro Apreciable señor Wittgenstein (TusQuets, 2017) se conforma con el hallazgo imaginario de un puñado de cartas que Trakl le escribiría desde su reclusión al filósofo, pretexto para ahondar en ese pasado individual y hacer con ello el relato de una vida, su vida, la de poeta que se encuentra con sí mismo en la infancia, que descubre su propia tendencia autodestructiva, que se ensaña por recorrer los mundos más bajos de su entorno, que encuentra en esas travesías inspiración y culpa, refugio y delirio, cuerpos que adornan los temas de su poesía y causas que se instalan para enturbiar el alma.

Cartas, confesiones, desvaríos de la confidencia, augurio del conocido que llegará si no a librarle del encierro, sí a contagiar cierta calma. Abdó recurre apenas a los versos de Trakl; por el contrario, extrae de sus imágenes y sus letras la esencia de esa vida que el lector descubre poco a poco rota antes incluso de la guerra, del encierro, de la alucinación.

De lo escrito por el poeta surge así, a lo largo de una correspondencia sin respuesta, la biografía novelada, la literatura al servicio de la literatura, la narración de escenas y paisajes lejanos o la prosa poética que la autora maneja con finura, brusca cuando es necesario, desquiciada cuando sólo resta la angustia ante la nada.

Imaginación que es asimismo la oportunidad y el oportunismo de narrar lo que nadie constatará, lo que no podrá ser refutado, los secretos de la intimidad más relegada que la muerte se lleva con cada ser humano que no podrá afirmar o negar lo que se diga o escriba tras el suspiro final.

Ese silencio que queda es el que la literatura revela y comparte. Voces donde ya sólo hay mutismo, las formas que se entrevén cuando se ha extinto la luz postrera y sólo resta esa confusión entre lo último que se observó y el recuerdo de lo visto.

Apreciable señor Wittgenstein es, en suma, la oportunidad de asomarse a ese último resquicio, a un diálogo imaginario donde la ausencia de respuesta es, como los motivos de la guerra –y en palabras de Cioran–, la cima de la desesperación.

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

Comentarios

comentarios