Paisaje de la literatura rumana
Publicada el Jue, Mar 21, 2019

Por Carlos Castillo.

La muerte como espectáculo se presenta en las distintas culturas como degeneración de aquellos sacrificios que buscaban aplacar la furia de dioses, de la naturaleza o de lo desconocido, para banalizarse y volverse entretenimiento, distracción o mero placer que linda entre lo macabro y lo asesino.

Ya sean los gladiadores de la Roma de los césares, las justas medievales, las propias corridas de toros o las crudas peleas de perros y gallos, ser testigo de cómo dos seres luchan por sobrevivir a costa de la vida del otro tiene un atractivo que no deja de tener públicos y aficionados, de reunir muchedumbres que encuentran en esa exhibición alguna forma de placer o de al menos ocupar el tiempo del ocio.

Eran así también masas las que se reunían para aplaudir las decapitaciones reales en la Inglaterra renacentista o las ejecuciones por vía de la guillotina en la Francia revolucionaria, espectáculos brutales que si bien buscaban aplicar la justicia eran asimismo escarmiento y advertencia sobre el poder de los Estados absolutistas.

La forma en que los grupos humanos se enfrentan al espectáculo de la muerte de un semejante es precisamente el tema de El Ruletista (Impedimenta, 2010), del rumano Mircea Cărtărescu, una breve narración que transcurre en sótanos oscuros donde mediante el juego de la ruleta rusa, un hombre deja en manos del azar su vida ante un público expectante de que llegue un desenlace fatal.

Apuestas de por medio, la historia relata el ingreso de un nuevo espectador a las selectas reuniones donde se desenvuelve el crudo ritual. A través de la propia experiencia del personaje principal, se describe de forma precisa todo un sistema de participación que, como si de un culto secreto se tratara, lleva en sí mismo códigos y ceremonias en torno al espectáculo de la muerte.

Los ruletistas son así elegidos entre los desesperados, los desposeídos, los que sin mucho que perder y con fuertes sumas de dinero por ganar, acceden a subir al cadalso de su propia destrucción para probar si la fortuna sonríe o simplemente anticipa el desenlace de vidas miserables y condenadas de antemano.

La maestría narrativa de Cărtărescu se plasma en el modo en que es capaz de retratar y transmitir al lector ese ambiente decadente, de miseria humana, donde el gozo de los apostadores es la muerte y su furia la consecuencia de aquel que logra sobrevivir; se manifiesta también en la expectativa de saber qué ocurrirá cuando las potenciales víctimas suben al patíbulo, tomen el arma entre las manos y aprieten el gatillo en un movimiento mínimo de resultado impredecible.

El giro de la historia llega a través del azar. El sobreviviente de un primer intento descubre que, tras un segundo y un tercero, hay una forma de vida con beneficios económicos que se multiplican conforme el riesgo avanza: ironía que lleva poco a poco a desplazar el eje narrativo hacia el propio cronista, quien comienza de manera paralela a depender cada vez más de asistir a esa suerte de función, de sentir la tensión que late en la incertidumbre, de constatar lo efímero de todo aquello y la forma en que la conciencia va cediendo y acostumbrándose a la muerte ajena.

Y con el azar como escenario, la escena final se convierte en un auténtico circo, en una masa que acude indolente a lo que se anuncia como inédito en ese bajo mundo: el ruletista decide que subirá el nivel del reto mediante el uso de, primero, una bala en el tambor del arma, luego dos, luego tres, luego cuatro, luego cinco, hasta que un desenlace impredecible convierte aquella histeria colectiva en un viraje que ronda en lo surreal.

Editado de manera independiente del libro de cuentos que lo incluye, El Ruletista es un acercamiento al autor más notable de la actual literatura rumana, candidato al Nobel; un breve prólogo a cargo de la traductora, Marian Ochoa de Eribe, permite además acercarse no sólo a la obra de Cărtărescu sino también a las letras de un país que no suele figurar en la traducciones al español, pero que ofrece, como toda literatura, la puerta de acceso a un mundo donde, con el telón de fondo de dictaduras, obras prohibidas y autores clandestinos, la naturaleza humana se retrata desde sus cimas y desde sus abismos, los extremos donde queda, en medio, la posibilidad siempre latente de la vida.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común:

Twitter: @altanerias

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