Tras la jornada electoral del pasado 5 de junio se percibe en muchos panistas un legítimo cuestionamiento acerca de las alianzas que Acción Nacional ha establecido con otros partidos, fundamentalmente con el PRI. Varios medios de comunicación y opinadores se han hecho eco también de estos cuestionamientos. La pregunta de fondo que subyace es si estas alianzas están siendo benéficas o no para el PAN.

La reflexión tiene sentido. Un partido, al igual que cualquier otra organización pública o privada, tiene que estar replanteando constantemente sus estrategias y revisar si le están permitiendo alcanzar los fines que se ha propuesto. También si estas estrategias son consistentes con su identidad y su reputación.

Lo primero que hay que decir es que la decisión de conformar una alianza electoral, legislativa o de gobierno con otros partidos, no es una decisión doctrinal, sino estratégica. Por lo tanto, al ser estratégica y no doctrinal, la definición acerca de las alianzas pertenece al ámbito de lo contingente, lo opinable, lo discutible.

Desde su fundación en 1939, el Partido Acción Nacional apostó a la vía electoral e institucional para lograr sus objetivos partidistas. Esta estrategia implicó, desde el mismo origen del Partido, el debate acerca de la relevancia o no de establecer alianzas con actores políticos externos. Este debate se mantuvo a lo largo de las décadas y se exacerbó cuando la transición a la democracia se veía como algo posible.

Una alianza partidista de ninguna manera implica que un partido se mimetice con el otro, o deje de ser lo que es; de hecho, las alianzas se hacen entre partidos diferentes, incluso antagónicos, pero que coyunturalmente comparten un propósito.

En el caso de las alianzas que el PAN ha establecido con el PRI y el PRD en los últimos dos años, el propósito común parece claro: coordinar fuerzas de manera eficiente para evitar la instauración en México de un régimen autoritario y hegemónico, como el que evidentemente pretende imponer Andrés Manuel López Obrador. Esta coordinación de fuerzas ha dado buenos resultados en la pista legislativa y el año pasado impidió que la coalición gubernamental mantuviera la mayoría calificada en la Cámara de Diputados.

Además de lo anterior, hay que tener en cuenta una restricción de tipo institucional: en México no existe la segunda vuelta en la elección presidencial. Esto implica que el partido más votado puede no ganar la elección si enfrente de él se coaligan otros partidos y obtienen juntos más votos. Morena mantendrá su coalición electoral para la elección de 2024. Parece casi imposible que un partido por sí mismo pueda tener más votos que la suma de Morena, Verde y Partido del Trabajo juntos.

Derrotar a la coalición de Morena en la elección presidencial de 2024 es una urgencia nacional, a fin de revertir el proceso de destrucción gubernamental que se ha padecido en los últimos cuatro años. Un proceso que ha ido de la mano de una inminente concentración de poder. No es exagerado afirmar que la elección presidencial de 2024 puede ser la última que se lleve a cabo en condiciones de competitividad. Si no se derrota a la coalición de Morena, es probable que su hegemonía pueda durar décadas. Y lo cierto es que hay elementos para suponer objetivamente que el objetivo prioritario de derrotar a Morena es más factible de conseguir mediante una alianza con otros partidos.

Suena muy bien decir que el PAN debe apostar por sí mismo. Todos podemos coincidir en esa aseveración. Pero apostar por sí mismo va más allá de temas electorales: significa que Acción Nacional debe tener una identidad clara, una doctrina precisa, un programa atractivo, una organización interna eficiente y justa, una estrategia legislativa propia. De nada sirve no ir eventualmente en una alianza electoral si no se trabaja en lo anterior.

Decía Carlos Castillo Peraza que querer los fines sin querer los medios también puede ser una inmoralidad, en la medida en que la carencia de los mismos nos torna impotentes para erradicar el mal que combatimos, y nos puede convertir en cómplices del mismo. El fin de mantener un régimen democrático implica los medios de trabajar de la mano con partidos que anteriormente han sido rivales del PAN. Los términos específicos de este trabajo coordinado deben repensarse, ciertamente. Pero nuevamente es necesario anteponer el interés superior de México.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval