Desde tiempos ancestrales, la educación de niños y jóvenes ha estado en la mira de dictadores y autócratas, quienes saben el enorme poder que otorga la posibilidad de influir en el sistema de creencias de las próximas generaciones.

Sin demasiado pudor, Plutarco Elías Calles aseguraba en 1934 que “es necesario que entremos al nuevo periodo de la Revolución, que yo llamo el periodo revolucionario psicológico; debemos apoderarnos de las conciencias de la niñez, de las conciencias de la juventud porque son y deben pertenecer a la Revolución. Es absolutamente necesario sacar al enemigo de esa trinchera donde está la clerecía, donde están los conservadores; me refiero a la escuela.”

Esas afirmaciones, conocidas como “el grito de Guadalajara”, cobran fuerza 88 años después. Andrés Manuel López Obrador pretende reinventar completamente el sistema educativo en México, en este caso para eliminar los contenidos “neoliberales”. A través de un tal Marx (sic) Arriaga, director general de Contenidos Educativos, se dio a conocer un nuevo plan de estudios, que contiene aberraciones como transitar de los actuales grados escolares al establecimiento de “fases de aprendizaje”; la eliminación de las asignaturas y su sustitución por “campos formativos”; la desaparición de la evaluación como práctica vinculada el cumplimiento de estándares para validar y revalidar la calidad educativa y su sustitución por autoevaluaciones; o la eliminación de pruebas estandarizadas como ENLACE, PISA o PLANEA.

Es evidente que detrás de estas propuestas hay un propósito nítidamente ideológico. Se busca que las nuevas generaciones de mexicanos hagan suyas ideologías tan trasnochadas como el nacionalismo revolucionario o el socialismo bolivariano. En este sentido, es una propuesta totalitaria que vulnera el derecho humano de los padres de familia a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos, consagrado en el artículo 26 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Es una mala copia de lo que intentó Calles hace casi un siglo, con funestos resultados.

Pero, además, la propuesta obradorista tiene otros componentes muy negativos. El nuevo modelo critica al anterior por meritocrático, lo cual puede traducirse en un fomento a una mediocridad igualitarista en la que se desincentive el esfuerzo personal de cada estudiante. No se incluye ninguna propuesta para mejorar la calidad de la educación e incluso se desprecia este término, al que se le considera como una creación de las reformas educativas impulsadas por el neoliberalismo. Al eliminar las pruebas estandarizadas, tanto las nacionales como las de comparativo internacional, impide hacer un análisis objetivo sobre los avances, retos y pendientes de nuestro propio sistema educativo, ya que sin medición y sin indicadores cuantitativos, no puede haber un diagnóstico adecuado, por lo que tampoco pueden proponerse soluciones correctas.

La propuesta de nuevo modelo educativo no tiene en el centro al alumno, sino a una etérea y casi mitológica “comunidad”. En consecuencia, el escenario principal del proceso educativo no es la escuela, sino nuevamente la comunidad. Cae así en una aproximación colectivista que desconoce la libre individualidad de cada persona.

Al igual que casi todos los proyectos de la mal llamada “4T”, la propuesta de nuevo modelo educativo se basa únicamente en prejuicios ideológicos, y no en evidencia técnica y científica.

Ante esta realidad, cabe preguntarse: ¿qué hará la sociedad civil organizada? Hasta ahora, hay que reconocerlo con lamento, solamente se han escuchado algunas voces aisladas. Es el momento para que las asociaciones de padres de familia, de maestros y de académicos se alcen contra esta barbaridad.

De todas las propuestas del gobierno de AMLO, quizá la educativa sea la más perversa. No solamente porque busca la perpetuación en el poder de su grupo político, mediante el apoderamiento de las conciencias de los niños y jóvenes, sino también porque condena a éstos al atraso, a la pobreza, a la falta de oportunidades.

En un mundo globalizado, los niños mexicanos carecerán de las aptitudes y capacidades más básicas para salir adelante en el mundo laboral y profesional. Serán estadísticas de la pobreza y rehenes de los apoyos gubernamentales. Carecerán, pues, de libertad. Quizá esto sea, en el fondo, lo que este gobierno realmente busca.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval