El pasado 9 de febrero falleció Bernardo Margarito Téllez Juárez, ejemplar panista veracruzano. Hombre bueno y sencillo, no es exagerado afirmar que fue uno de los constructores del PAN en Veracruz, en donde fue secretario general, presidente estatal, regidor, diputado local y diputado federal. Pero, sobre todo, el doctor Téllez fue un hombre obsesionado con la formación y la capacitación en los principios y valores humanistas.

En un estado particularmente complejo, en donde las diferentes expresiones internas se realinean y se confrontan con demasiada frecuencia, el doctor Téllez era de los pocos a los que todos los grupos y actores políticos estimaban y respetaban. Un hombre con una gigantesca autoridad moral, producto de una trayectoria limpia y de una militancia generosa y desinteresada.

Al igual que tantos y tantos panistas, Bernardo Téllez incursionó en la política como consecuencia lógica de su compromiso religioso católico. Fue un activo promotor de la doctrina social de la Iglesia y un laico que participó en innumerables iniciativas en búsqueda del bien común. A propósito de esto es pertinente hacer una breve reflexión.

Un político católico congruente y correctamente formado no busca imponer a los demás sus creencias ni atentar contra la laicidad del Estado. Busca, sí, la promoción de principios morales objetivos, muchos de los cuales están inspirados legítimamente en su cosmovisión religiosa. El político católico considera, en comunión con las enseñanzas pontificas, que el fin de la política es el bien común, al que entiende como ese conjunto de condiciones materiales y espirituales que permiten el pleno desarrollo de cada persona. Para ello, impulsa y defiende valores como la paz, la libertad, la justicia o la solidaridad. El político católico busca que la democracia se funde sobre una recta concepción de la persona, cuya eminente dignidad debe ser defendida en todo momento, y cuya centralidad no está a discusión.

Por eso es que los católicos y los creyentes en cualquier religión tienen enormes aportaciones que hacer a la sociedad. La fe religiosa coloca al Estado en su justa dimensión y lo limita en su pretensión por buscar el dominio pleno sobre el ser humano, impidiendo que penetre en aquellas esferas que pertenecen únicamente a la persona y a las comunidades en que se desarrolla. Cuando esta fe en una esperanza superior decae por el materialismo o el relativismo, vuelve a surgir entonces el mito de la esperanza total en el gobierno. El Estado se convierte así en el único referente ético y moral, surgiendo un nuevo totalitarismo que se proyecta en el horizonte, el cual empieza por despojar al ciudadano de cualquier modelo axiológico que no esté en el propio Estado, por ejemplo, la religión o la familia.

De todo ello dio testimonio el buen Bernardo Téllez. Apenas el pasado 23 de enero apareció un artículo suyo en el periódico Alégrate, de la Arquidiócesis de Xalapa, en el cual hablaba de las virtudes necesarias para la vida pública:

“Seguro que hay virtudes para el actuar diario en el ejercicio de la función pública, esas virtudes son las teologales y cardinales; sin olvidar que antes de todo, está nuestra amistad con Dios, esa relación personalísima con nuestro Padre y Creador que nos hace sus hijos. Recordemos aquella contestación del Señor a San Pablo: Mi Gracia te basta, cuando pedía ayuda al Señor al pasar alguna tribulación”.

Hombre virtuoso, laico comprometido, político congruente, hoy Bernardo Téllez ha llegado ya a la plenitud de esa referida amistad divina. ¡Bendito sea!

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval