Odebrecht, la corrupción personificada
Publicada el Lun, Ago 28, 2017

Por Miguel Ángel López Lozano.

Aunque hayan pasado dos largos años desde que la policía brasileña detuviera a Marcelo Odebrecht en el marco de la investigación de la macrotrama corrupta de la petrolera estatal PETROBAS, las revelaciones que se van conociendo, poco a poco, no dejan de golpear abruptamente a gobiernos nacionales, regionales y locales. El caso Odebrecht no es asunto baladí, ha paralizado países, sacudido economías en crecimiento reduciendo el PIB en más de un punto porcentual, ha dejado al descubierto la opacidad en los mecanismos de adjudicación de contratos de las administraciones públicas en una decena de países, y ha puesto en duda la procedencia de los fondos de las campañas de los principales dirigentes que actualmente rigen en Iberoamérica.

Pocos países se han salvado de los tentáculos de Odebrecht, siendo Perú uno de los más golpeados, puesto que tres de los cuatro ex presidentes recientes del país andino están en entredicho a raíz de las revelaciones de los testigos cualificados del caso. Entre ellos, encontramos a un ex mandatario y la ex Primera Dama en la cárcel bajo una orden de prisión preventiva de 18 meses por un presunto delito de lavado de activos, procedentes del presunto pago de aportes de campaña que habrían recibido de las empresas brasileñas Odebrecht y OAS en los años 2006 y 2011; otro ex presidente se encuentra en Estados Unidos a la espera de que las autoridades norteamericanas reciban la orden de arresto de la fiscalía peruana y puedan proceder a su extradición, en este caso, por entre otros motivos, una presunta mordida de casi 20 millones de dólares de la constructora en cuestión; respecto al tercer ex presidente, no existe ninguna prueba concreta, únicamente el conocimiento de que durante la primera mitad de su mandato, según palabras de los principales testigos del caso Odebrechet, se habrían pagado casi 10 millones de dólares en sobornos a funcionarios peruanos para ganar las principales licitaciones de infraestructura.

Pero como hemos dicho, se trata de un escándalo de dimensión internacional. Pocos países del entorno se salvan, según un informe del Juzgado del Distrito Este de Nueva York dado a conocer por el Departamento de Justicia norteamericano, Odebrecht llegó a pagar entre 2001 y 2016 alrededor de 800 millones de dólares en mordidas relacionadas con un centenar de proyectos en 12 países, la mayoría de Iberoamérica. La constructora brasileña llegó a institucionalizar en su estructura organizativa un departamento cuya única finalidad era repartir mordidas para adquirir contratos en la región. Además del propio Brasil, en la lista figuran Argentina, Colombia, República Dominicana, México, Ecuador, Guatemala, Perú, Venezuela, Panamá, Mozambique y Angola. Gracias a ello, se garantizaron contratos que les reportaron casi 3 mil 500 millones de dólares.

La lista de corruptos es interminable y los pormenores aún se encuentran bajo secreto de sumario, únicamente conocemos la punta del iceberg. Al menos, hay una evidencia que ha quedado clara: el Caso Odebrecht ha roto todo tipo de paradigmas, nos encontramos ante una estructura corrupta generada a la sombra de un Estado que ha tratado de saquear las riquezas de sus vecinos mediante una serie de constructoras que apostaron por corromper a los candidatos presidenciables mediante la financiación de sus campañas, para posteriormente recuperar la inversión gracias a megacontratos de obras públicas amañados. Los países afectados, poco a poco, están reaccionando mediante el empuje de algunos gobernantes, a pesar de las reticencias de algunos personajes que se oponen a abandonar ese estilo de vida adictivo.

La corrupción daña gravemente el desarrollo económico, social y político de los países que afecta, es el cáncer de las sociedades modernas. En primer lugar, porque cuando se favorece a una empresa a cambio de una mordida, el usuario final recibe una opción peor y más cara, dado que el costo de la corrupción se suma al precio final; en segundo lugar, se daña gravemente la sana competencia que rige el libre mercado y hace que las empresas compitan en precio y calidad, puesto que la adjudicación de contratos dependerá de una decisión viciada que evitará que entren nuevos players en los mercados mejorando la competitividad y a la larga la productividad; en tercer lugar, daña a la sociedad porque la corrupción, al igual que cualquier enfermedad contagiosa, se extiende viciando toda conducta y relación entre las personas. Podemos afirmar que la corrupción acaba con el sistema político, el económico y con los valores morales.

La corrupción debe ser un enemigo prioritario a batir, no se trata de un eslogan vacío de campaña, sino ha de ser una realidad. La tolerancia cero que se marca frente a otros males que acosan la sociedad debe ser replicable a este fenómeno que desvela las miserias más íntimas del ser humano: la codicia, la avaricia y el egoísmo. No es tarea fácil, se trata de todo un reto generacional que ha de transformar una conducta que en algunas relaciones se ha llegado a normalizar fruto de una práctica cotidiana.

Al cierre de este artículo conocíamos que tres ex directivos de Odebrecht aseguran que el ex director de Pemex, Emilio Lozoya, habría recibido presuntamente 10 millones de dólares en sobornos. Estaremos atentos.

 

Miguel Ángel López Lozano es analista político. Twitter: @malopezlozano

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