Octavio Paz: tres estampas de la libertad
Publicada el Jue, Abr 26, 2018

Por Carlos Castillo.

El 19 de abril pasado se celebró el vigésimo aniversario luctuoso de Octavio Paz, ocasión para ahondar sin duda en su obra pero, también, en una vida que, desde la literatura, profundizó en una búsqueda que acompañó al poeta desde sus primeros versos y hasta sus últimos ensayos: la de la libertad.

Libertad en un tiempo, el siglo XX, de compromisos intelectuales como cadenas y yugos que se cargaban desde ideologías que de uno y otro lado exigían compromiso total; libertad que se sacrificó cada vez que fue necesario en nombre de utopías; libertad que estorbaba al colectivo en tanto era espacio para disentir, para contrariar, para denunciar.

Libertad en fin de cuentas que se mancillaba porque había que elegir entre un bando y otro, entre una doctrina u otra, entre ese mundo de extremos, bipolar y desquiciado donde el ejercicio de la individualidad y la excepcionalidad eran castigados con el exilio, la persecución, el aislamiento y otras formas de intentar dejar fuera a quien no sumara su voz al servicio de una causa.

Temprano en su vida, Paz eligió esa vía alterna: la que hizo de la crítica una pasión, de la poesía un espacio para la honestidad y de la palabra un remanso donde la única lealtad posible fue con la verdad.

Y ese recorrido es el que Guadalupe Nettel narra en Octavio Paz. Las palabras en libertad (Taurus-El Colegio de México, 2014), biografía que desde ese sublime y complejo concepto aborda la obra y la vida de quien en 1990 recibiera el Premio Nobel de Literatura. (Quizá no sea casualidad que un año después de la caída del muro de Berlín llegase esa condecoración: reconocimiento a una obra puntal de las letras modernas, y también a un actitud congruente y firme contra las tiranías y los abusos de ese siglo).

El trabajo de Nettel puede dividirse en tres momentos, tres estampas que retratan y relatan la lucha interna y frente al compromiso exigido por quienes alimentaban una visión maniquea, simplista, de las realidades complejas de la historia. La primera de esas estampas narra la juventud de Paz, que desde temprano eligió alinearse con la condena, durante la guerra civil española, a la embestida militar de Francisco Franco.

Conforme el mundo se ensancha y se vuelve complejo, y una vez que el rostro de la guerra se mira de frente, Paz reniega de cualquier postura que haga apología de la barbarie, abandona la escritura comprometida y asume que todo ideal que sacrifique el derecho a pensar distinto carga en sí mismo una inherente tendencia a la mentira, a la falsedad. La honestidad, así, por encima de cualquier lealtad. El único deber trasciende ideologías porque es parte del lenguaje mismo: la verdad.

La siguiente estampa que Nettel describe es, precisamente, la del lenguaje, la que proyecta en ensayos como El arco y la lira, y da título a su primer gran libro de poesía, Libertad bajo palabra; la que experimenta nuevas formas de expresión –el surrealismo, el orientalismo– o explora los yugos del pasado que escollan el presente –El laberinto de la soledad–. En suma, búsqueda constante e interminable bajo el signo de la congruencia.

Esa misma congruencia que en 1968 le lleva renunciar a la embajada en la India como protesta por la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco, con su posterior regreso a México para, lejos de atrincherarse en la torre de marfil del poeta célebre, arrojarse desde la edición de dos célebres revistas –Plural y más tarde Vuelta– a tomar el papel de intelectual crítico en un entorno autoritario que empezaba a dar visos, aún marginales pero ya aprehensibles, de una mínima apertura por la que años después acabaría por entrar la democracia.

La tercera y última estampa de la libertad en la vida de Paz fue esa travesía por el México de finales del último cuarto del siglo XX. Y padeció las consecuencias de no elegir otro bando que el suyo propio, un centro donde tomó distancia de la oposición violenta y del oficialismo complaciente: el abandono forzado de Excélsior, la descalificación de quienes desde la academia tachaban sus ensayos de poco “profesionales”, la intolerancia de los que aplaudían la guerrilla centroamericana y no soportaban que se cuestionara el asesinato en nombre del “ideal”, la condena por su cercanía con el gobierno de Carlos Salinas que en ese entonces sentaba las bases para que pudiera transitarse a un cambio de régimen.

El cuadro que conforma Guadalupe Nettel revela a ese espíritu que decide apostar por la verdad, sin otro compromiso que con la verdad, sin otra complacencia que aquella que cede paso a la verdad. Un camino complejo y a veces arduo porque así ha sido siempre esa incursión y esa vocación. Como lo fue en la vida de Paz. Como lo sigue siendo hasta nuestros días.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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