Los fenómenos sociales que acompañan y se desarrollan durante el siglo XXI han transformado la manera en que las personas nos relacionamos, las reglas con las que regulamos esa convivencia y los hábitos que desarrollamos para instalarnos en la realidad.

Los cambios en las dinámicas sociales modifican nuestras conductas privadas y públicas, nuestra forma de habitar el mundo: la migración, el acceso a la información y el conocimiento, la manifestación de la pluralidad y el progresivo expandirse de los derechos representan, entre otros tantos, sucesos que se insertan en la vida común y dan nueva forma a lo cotidiano.

Los retos a los que la política se enfrenta en una época transicional como la nuestra son complejos porque la incapacidad de los moldes y formas tradicionales de enfrentarse a la realidad, demuestran la necesidad de modificarlos, de adaptarlos en un entorno incierto y móvil.

Ante ello existen posturas centristas y moderadas, ubicadas en partidos políticos ubicados lejos de los extremos del espectro ideológico. Fuerzas políticas que desde hace décadas han protagonizado, tanto en Europa como en Latinoamérica, transformaciones pacíficas y ordenadas, transiciones políticas y económicas hacia modelos democráticos y de libre mercado, regímenes de libertades, garantías y derechos.

Durante la segunda mitad del siglo XX, estas fuerzas moderadas representaron y en muchas ocasiones encabezaron (Chile, Venezuela, México, Alemania) épocas complejas y convulsas, tiempos de incertidumbre. Sin embargo, poco a poco su vigencia, el desgaste natural de la labor de gobierno y los costos de fenómenos como la corrupción o la falta de capacidad para adaptarse a una realidad cambiante, las ha marginado o dejado fuera de la competencia política.

En ese vacío que queda tras el retraimiento de la derecha tradicional, las alternativas radicales aparecen como rupturas y escisiones de los partidos; o también como grupos organizados al margen de la participación partidista que buscan influir desde una certeza: radicalizar posturas, discurso, lenguaje; irrumpir de manera violenta en la esfera pública.

Y como esta irrupción aparece en un momento en que los cambios sacuden las estructuras tradicionales, su llamado a restaurar lo anterior resulta atractivo o, al menos, se hace escuchar a fuerza de radicalizarse, para ofrecer una alternativa que, en el entorno de las libertades que permite la democracia, se vuelve necesaria pero carga con esa paradoja de la propia democracia, que facilita la participación política incluso de quienes no creen en los valores comunes a la propia democracia.

Esto, en palabras de Beatriz Acha Ugarte, representa un peligro contra la democracia misma. Y ese peligro se encarna, de acuerdo con su libro Analizar el auge de la ultraderecha. Surgimiento y ascenso de los nuevos partidos de ultraderecha (Gedisa, 2021), en partidos políticos radicales que ya participan de manera activa en la mayor parte de los países, y que describe con profundidad y a detalle a lo largo de páginas donde se desentrañan las estrategias, los programas, la ideología y el origen de estas fuerzas políticas.

Partidos de ultraderecha, que llama también, radicales, extremistas, racistas, fascistas, antisistema, y que tienen en común el llamado a recuperar una unidad nacional, ya sea en nombre del territorio (nacionalistas), de la religión (culto) o de una tradición que se asumen en peligro de desaparecer, amenazadas frente a ese otro fenómeno de nuestro tiempo que es el miedo a la otra, al otro, al multiculturalismo, a la pluralidad.

El enemigo, el culpable de que esa unidad se fracture es, precisamente, una persona o grupo de personas que representan lo diferente. Y si esa diferencia se manifiesta y busca participar desde su mismidad en el espacio público, será descalificada de manera violenta, serán cuestionados sus derechos y será condicionada su decisión de participar o de ser reconocida: “el papel de la mujer en la sociedad, la concepción de familia, los derechos de la comunidad LGTBI+” (pos. 577) atentan precisamente contra modelos que se buscan conservar, así sea por la fuerza.

Porque la respuesta de la ultraderecha tiende a la criminalización de muchos de esos fenómenos que hoy se presentan en nuestras sociedades: la migración, el aborto, la libre manifestación de preferencias son, entre otros, eventos ante los que se debe enjuiciar y perseguir, sea mediante la violencia que a diario sacude las fronteras de Latinoamérica, sea mediante la violencia en el espacio público o virtual que descalifica y denuesta las expresiones de quien piensa distinto, del diferente, ya sea mediante las múltiples y cada vez más visibles manifestaciones de la violencia.

La moderación queda entonces asumida como debilidad. Los frutos del acuerdo democrático, que pretenden sumar posturas coincidentes, son vistos como signos de debilidad, como derrota y flaqueza, incapacidad de imponer una postura única que no acepta ni ceder ni conceder no reconocer; acudir por el “todo o nada” que es parte del simplismo con el que esa extrema derecha –y también la izquierda– pretende resolver la complejidad de nuestro tiempo.

Frente a ese radicalismo, ante esas posturas que una vez en el gobierno llevan a regímenes más cercanos al autoritarismo –como pasó ya en Estados Unidos, como pasa ahora mismo en Polonia o Hungría–, entender la complejidad de la propia ultraderecha, tanto la española neofranquista de Vox como su manifestación en organizaciones en México, así como sus estrategias, programas y medios, resulta fundamental para valorar el riesgo que implica para la propia democracia, para tener capacidad de identificar sus acciones y para denunciarla y enfrentarla desde el fortalecimiento de los propios valores de la democracia: el diálogo, la palabra, le prudencia, el pluralismo, la legalidad, la libertad.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias