Tiempos aciagos y heroicos
Mayo 2026
Javier Brown César
Después de sus primeros triunfos electorales en 1946, el PAN vivió décadas extremadamente difíciles, ensombrecidas por la reiterada represión orquestada desde el aparato del Estado mexicano para impedir la erosión del régimen de partido hegemónico. Todos los métodos de fraude imaginables fueron puestos en práctica contra la naciente organización: coacción de electores, compra de votos, urnas embarazadas, votantes falsos, casillas reubicadas repentinamente, funcionarios gubernamentales y pistoleros para disuadir a electores y una larga lista de tácticas arteras diseñadas para escamotear los triunfos electorales.
A pesar de la maquinaria hegemónica, el PAN logró triunfos, aunque modestos: en 1947 tuvo su primer diputado local en Michoacán en la figura de Alfonso Hernández Sánchez; en 1948 se ganó el segundo municipio después de Quiroga, con Conrado Díaz Infante, en El Grullo, Jalisco; y en 1949, además de postular al primer candidato a gobernador por Nuevo León, en la figura de Antonio L. Rodríguez, se ganaron cuatro diputaciones federales, las segundas de la historia.
En la Convención Nacional de 1949, don Manuel Gómez Morin recordó a las y los asistentes la importancia de la formación ciudadana: “Hay que prender la esperanza en lo medular, que es la ciudadanía… Ciudadanía, como tarea individual de renovación y como empresa colectiva de ordenación de fuerza social y de creación de los instrumentos para que esa fuerza se exprese y se haga valer incontrastablemente. Este empeño reclama, primero, en cada hombre y cada mujer de México, el precioso sentido de su vinculación, venturosa e ineludible, con la comunidad. Frente al egoísmo helado y anárquico de la dispersión individualista, frente a la masa indiscriminada, sombría e infrahumana del totalitarismo de cualquier color, rehacer el sentido exacto, ardiente, luminoso, de la persona y de la comunidad humana”.
Y más adelante en su mensaje profundizaba en la importancia de una ciudadanía formada y comprometida: “Siendo elemental, no es sencillo el deber ciudadano, porque no es imperativo teórico sino obligación práctica. Es categoría moral y simultáneamente es un oficio que hemos de aprender para que el cumplimiento de la obligación no quede en gesto que salva la insignificancia de una reputación o tranquiliza la superficie de la conciencia; pero no tiene eficacia trascendente ni para la salvación propia ni para el bien común. Oficio complejo y no exento de molestias y de riesgos profesionales, entre los que no es ciertamente el mayor el de tropezar con los pistoleros físicos o intelectuales del régimen”.
Ese mismo año de 1949, Gómez Morin dejaba la jefatura del Partido, para siempre, no sin antes recordar la importancia de “seguir continuando” en la ruta ya señalada: “La siguiente etapa será siempre de esmerada lealtad a las convicciones proclamadas de despierta sensibilidad ante la realidad social, política y económica de México, de ´amor visceral´ que advierte y comprende las carencias, la angustia, los anhelos de todos los mexicanos y los adivina y se anticipa a ellos y busca y encuentra a la luz de principios verdaderos caminos y soluciones….Pero, deberá ser, más acentuadamente que la anterior, orientada a la organización, a la creación de instrumentos que requiere la acción ciudadana para alcanzar plenitud y eficacia”.
La llamada década católica comenzó con Juan Gutiérrez Lascuráin. Al año siguiente, en 1950, se tuvo la primera candidatura al gobierno estatal de Chihuahua, en manos de Juan J. Miramontes. Ese mismo año se ganaron tres municipios: Santa Clara, Durango; y Quiroga y Tzintzuntzan en Michoacán. Con estos escasos triunfos en la bolsa el PAN se lanzó a la campaña presidencial de 1952, con su primer candidato presidencial, en la figura de don Efraín González Luna, quien fue víctima de un nuevo fraude; a pesar de ello, se lograron triunfos en Oaxaca con siete municipios y en Jalisco con uno, además de 5 diputaciones federales.
La historia de la década de los cincuenta se dio bajo la sombra de fraudes brutales y con el fantasma permanente del delito de disolución social incluido en el Código Penal en 1941, el cual daba al gobierno la causa ideal para encarcelar panistas presentes en mítines y eventos del Partido. Paradigmática de esta represión fue la elección de Baja California de 1953, en la que un nuevo fraude fue evidente. El extremo del cinismo gubernamental se dio en la campaña presidencial de 1958, en la que nuestro segundo candidato Luis H. Álvarez recibió amenazas de muerte, hubo connatos de atentado e incluso don Luis pasó un día en la cárcel pueblerina de Jalpa.
El fraude de 1958 fue tan brutal que obligó al Partido a retirar a sus diputados electos, instrucción que sólo acataron dos de nuestros diputados, quedando los restantes cuatro como diputados sin partido. Adolfo Christlieb, quien sería una figura clave para sacar al PAN de la crisis en la que se sumió después de la elección argumentaba: “[Hay] causas justísimas y gravísimas para abstenerse de integrar un Congreso espurio… Acción Nacional no vende su primogenitura temporal y moral en la política mexicana por el mísero plato de lentejas de unas dietas congresionales”.
La crisis fue tan profunda que, hacia el final de su gestión, el último presidente de la década católica, José González Torres decía en su informe: “Las actividades de los comités en toda su variedad, son realizadas por el mismo y reducido grupo de personas. El problema económico es gravísimo. No se tienen los recursos indispensables para las actividades vitales mínimas de los Comités Nacionales, Regionales, Distritales y Municipales. La deuda consolidada del Comité Ejecutivo Nacional es fuerte y la paciencia de los acreedores tiene un límite”.